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La España constitucional, con sus banderas, ha despertado, al tiempo que se le brinda a Puigdemont una oportunidad para recuperar el diálogo

Madrid, 13 de octubre de 2017 (04:55 CET)

Este jueves, 12 de octubre. Fue un día de distensión después de una temporada de estrés, crispación y sombras oscuras. De repente amaneció luminoso en toda España. Fiesta Nacional insuflada de patriotismo constitucional a la sombra del desafío secesionista. Un sentimiento que ha cuajado más en una semana que en cuarenta años. Hasta ahora, solo cuando ganaba  la selección nacional de fútbol, con un Mundial en su palmarés, se incendiaba España de orgullo envuelto en banderas constitucionales.

Habrá que reconocerle a Pedro Sánchez que se adelantó a su tiempo al poner una gran bandera española para darle sombra en la puesta de largo de su liderazgo. De repente se ha puesto de moda, casi obligatoria, el orgullo de ser españoles. Que tome nota la izquierda más extrema porque no le será fácil encontrar hueco electoral si persiste en demonizar el patriotismo.

Quizá Carles Puigdemont y Oriol Junqueras hayan hecho un inmenso favor a los españoles con su desafío secesionista y antidemocrático.  Han despertado  un gigante bondadoso dormido. No hay sombra de una España autoritaria y ha emergido una España dialogante, ajena a la tentación de la revancha. El equilibrio de fuerzas se ha establecido.

Puigdemont ha despertado un gigante bondadoso dormido: la España constitucional

De repente, muchos españoles han descubierto que España es un país mucho más transitable de lo que creían. Que el afán por fustigarnos no tiene sentido como recurso permanente, y que es hora de poner en valor los logros conseguidos a la sombra de la Constitución de 1978 que hay quien ha querido ultrajar y destruir.

Quienes no hayan intuido lo que ocurrió este jueves tendrán problemas de adaptación. Quien persista en romper el estado democrático tiene enfrente un adversario mucho más poderoso que hace cuarenta y ocho horas. La España democrática se ha despertado.

Ambiente festivo y de optimismo en un desfile brillante, solo ensombrecido por la muerte del capitán Borja Aybar, cuando intentaba aterrizar su avión de combate después de participar en la parada militar. Probablemente no saltó a tiempo para evitar que su avión se estrellara en zona habitada. La tragedia hubiera sido mucho mayor. Lo sabremos cuando concluya la investigación del siniestro.

No se saca rédito por cuestionar la bandera española, porque ¿cuál es el tamaño adecuado?

No tuvieron eco los que quisieron ensombrecer la celebración pretendiendo que era una provocación que la Policía Nacional participara, por primera vez junto a lo servicios de protección civil, en el desfile. De repente, también, crujían los intentos de algunos tertulianos de cuestionar la presencia de la Policía Nacional, sacando a colación la famosa represión del referéndum.

Empezamos a recuperar la cordura cuando alguien llamó la atención sobre lo inaudito que resultaba que en un país democrático se  cuestionara que la Policía que nos protege, entre otras cosas del terrorismo, desfilara en la celebración de la fiesta nacional.

Tampoco sacó rédito quien intentó cuestionar el tamaño de la bandera gigante colgada por un empresario en el edificio que está construyendo en Madrid. ¿Cuál es el tamaño adecuado de una bandera?

De un plumazo, la pretensión de que, mostrar orgullo por España y su bandera, pueda esgrimirse como acusación de antidemócrata, en el mejor de los casos, o contundentemente de fascista, ya no podrá tener  más recorrido. Alguien reflexionó del contrasentido de pretender que ser patriota catalán sea un mérito, y al mismo tiempo, ser patriota de una España democrática algo que se tenga que justificar. Los principios y los derechos no pueden ser administrados al antojo.

Si Puigdemont decide persistir, estaremos ante un caso claro de suicidio en fases consecutivas

En medio de toda esta tormenta de emociones, los asistentes a la celebración del Palacio de Oriente decidieron ponérselo muy fácil a Carles Puigdemont y a los responsables de esta asonada que puede reconducirse con un solo y sencillo requisito. Que el president de la Generalitat confirme que la independencia no ha sido proclamada en Cataluña.

No es tan difícil. Porque lo ocurrido el martes en el Parlament es tan surrealista, kafkiano e inmaduro, que lo mejor para todos, y sobre todo para los protagonistas, sería que no se tomara constancia de tanto desvarío. Aunque fuera por vergüenza ajena, lo mejor sería dejarlo pasar.

En manifestaciones de responsables del Gobierno se estableció ayer que si el president solo dice que no hubo declaración de Independencia, se podría partir de la casilla de salida sin tener en consideración los atropellos cometidos.

Hay que ser justos y considerar que Carles Puigdemont puede tener un problema, desde luego menor que lo que le reportaría otra opción, con sus socios de la CUP y algunas organizaciones populares independentistas. Pero también hay que poner en valor que si Puigdemont hizo los malabarismos del pasado martes, fue porque le convencieron que lo contrario hubiera conducido a Cataluña a la penuria económica y al aislamiento internacional además de situarse definitivamente fuera de la ley de un Estado que nunca se lo hubiera permitido. Si persiste, estaremos ante un caso claro de suicidio en fases consecutivas.

Ahora, el único marco posible es una Constitución reformada y refrendada por todos los españoles

Hay optimismo pero respiración contenida mientras el reloj camina hacia los plazos contenidos en el requerimiento que ha enviado el presidente del Gobierno de España a Carles Puigdemont. Consenso en que sería un loco si desaprovechara la oportunidad que le están brindando los representantes del estado democrático, que además le ofrecen diálogo con el respaldo al completo de todos los presidentes de la Unión Europea. Diálogo dentro de la Constitución con la disposición a reformarla.

La única negociación posible también está ofrecida. Y habrá que reconocer la paternidad de esta iniciativa al PSOE. Un compromiso formal para abordar la reforma de la Constitución. Con la única mediación posible de los representantes de la soberanía popular que radica en Las Cortes Generales. Ha quedado claro que España no es Kosovo ni Etiopía.

Para negociar contenidos esenciales que pudieran razonablemente ser considerados por los representantes, actuales o futuros, de los catalanes que no están cómodos en España, el único marco posible es una Constitución reformada con los mecanismos que permiten su reforma y refrendados por todos los españoles.

Tal vez produzca rubor tener que exponer cuestiones tan elementales. Pero al nivel de desvarío que hemos llegado o que hemos estado a punto de llegar, la puesta en negro sobre blanco, la síntesis de la oferta que tiene encima de la mesa el president Puigdemont y sus compañeros de aventura, es un bombón, un regalo que solo un necio podría despreciar.

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