Inés Arrimadas y Miquel Iceta conversan detrás de Jordi Turull durante el debate de RTVE. Foto: EFE/QG
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Cataluña saldrá más pobre, atrapada entre el aventurismo independentista, la simpleza de los comunes y la incapacidad del “constitucionalismo”

Juan García

Editor Economía Digital

Inés Arrimadas y Miquel Iceta conversan detrás de Jordi Turull durante el debate de RTVE. Foto: EFE/QG

Barcelona, 08 de diciembre de 2017 (10:49 CET)

Jueves noche. A lo largo del día todos los programas de RTVE habían ido anunciando a bombo y platillo la celebración en los estudios catalanes de la cadena pública del primer debate entre todos los candidatos que concurren a las elecciones del 21-D.

Bueno, no todos. Faltaban el huido Carles Puigdemont, por Junts per Catalunya, y Oriol Junqueras, aún en prisión provisional por supuestos delitos de rebelión y sedición, entre otros. No estaba tampoco su número dos, Marta Rovira, defenestrada electoralmente desde que Inés Arrimadas se la merendara con una facilidad pasmosa ante Jordi Évole. Del resto, los primeros espadas.

¿Debate? No. Debate, nunca hubo. Una hora más o menos de consignas conocidas, lanzadas sin piedad a la cara del respectivo adversario. Sin piedad y sin ninguna preocupación porque reflejaran hechos concretos, demostrables, algo sobre lo que poder llegar o no a algún lugar común. Una hora más o menos de abundante desprecio repartido por rostros impasibles.

Y una constatación: no es que no hubiera debate, es que el debate es imposible. Y si el debate resulta imposible, habrá que olvidarse de posibles soluciones y acostumbrarse durante un tiempo probablemente largo a hacer de Cataluña una tierra donde deberán convivir dos comunidades profundamente enfrentadas, sin solución de encuentro. Así se vieron anoche las cosas.

¿En nombre de qué pueblo catalán hablan cuando no alcanzan ni el 50% de los votos?

Porque el bloque independentista es incapaz de explicar de qué nuevas estrategias se va a dotar para que su aventura resulte exitosa después del 21-D, cuando el experimento anterior hasta ellos mismos reconocen (no anoche) que ha sido un rotundo fracaso.

Porque... ¿en nombre de qué pueblo catalán hablan cuando tras más de dos años de extenuante procés; después de un 9-N; de un 1-O; de unas leyes aprobadas en el parlamento autonómico contra cualquier lógica democrática; de un dominio absoluto sobre TV3, Catalunya Ràdio, RAC1 y una larga lista de medios subvencionados hasta las trancas… las encuestas, cualquier encuesta, no les permite alcanzar ni el 50% de los votos? Y, sin embargo, es casi el 50%. Al menos, por ahora.

Tantas preguntas sin respuesta, como la que no podrá responder este proceso electoral, que no obstante, era la única solución posible al intento de golpe parlamentario lanzado al alimón desde la Ciutadella y la plaza de Sant Jaume.

La pregunta que debería resolver esta campaña y que es el fondo de la cuestión es cómo se va a gobernar esta comunidad autónoma tras el 21-D. Y ese interrogante nos lleva a un profundo agujero negro, de desconocida solución, hasta el momento, con algunas, muy pocas certezas: de ésta, Cataluña saldrá más pobre, atrapada entre el aventurerismo independentista, la simpleza de los comunes y la incapacidad del “constitucionalismo” para ampliar sus fronteras. Salvo que el tiempo lo arregle.

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