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Artur Mas es embestido por las revelaciones del caso Palau, mientras que el Pdecat busca apartarse de la sombra de corrupción del pujolismo

Agustí Colomines

Analista político

Artur Mas se ha negado a admitir los verdaderos resultados de las elecciones autonómicas. EFE/ED/archivo

Barcelona, 11 de marzo de 2017 (05:00 CET)

Esta última semana ha sido un auténtico calvario para Artur Mas y algunos de sus colaboradores en la extinta CDC. Quienes en su día confesaron sus fechorías con las cuentas del Palau de la Música, Fèlix Millet y Jordi Montull, ahora, sentados ante el juez, afirman lo que negaron durante la instrucción: que CDC les utilizó para financiarse.

Para paliar su culpa, o incluso para intentar rebajar la pena de alguno de los acusados, como reconoce el mismo Montull respecto a su hija, los dos malhechores ‘cantan’ como si fueran dos ruiseñores sin aportar nada nuevo a lo ya sabido. Los convenios que la Fundación Trias Fargas firmó con el Palau de la Música con anterioridad al 2009 puede que se ajustasen a la ley, pero no tenían ningún sentido ni debían haberse firmado jamás.

Aunque luego Artur Mas ordenase devolver los 600.000 euros al Palau en un convenio inverso, es verdad que nadie asumió ninguna responsabilidad política por la decisión anterior. Eso fue un error inmenso. El entorno de Mas sabe a quién debería haber fulminado sin ningún escrúpulo, pero el presidente a menudo se deja llevar por fidelidades absurdas, que no obstante no siempre aplica a todo el mundo en la misma proporción. A veces unos cargan con las culpas de otros simplemente porque son más ingenuos o porque no son del partido.

Los errores políticos de Mas pasan factura

Cuando uno actúa así, sin darse cuenta se convierte en cómplice de los que han provocado el embrollo y deja desprotegidos a los que padecen las consecuencias del desaguisado. Mas no lleva bien la tensión que arrastra desde que en 2012 siguió el consejo de quienes querían para CDC la mayoría absoluta. Estuvo muy mal aconsejado y lo sigue estando porque en caso contrario sabría que sus obligadas renuncias tienen su origen en lo que se descubrió en 2009. La corrupción es un delito que se paga más caro en Cataluña que en España y eso todo buen político debería tenerlo en cuenta.

Que exista un cierto puritanismo catalán contra la corrupción me parece de lo más saludable. Sin embargo, no me gustan los linchamientos mediáticos ni la demagogia barata, como la de Joan Llinares, un señor cuyas convicciones políticas, que están a la vista dada su adscripción a la señora Ada Colau, le permiten actuar de juez y parte sin que él haya aportado mayor prueba que las que esta semana han aportado los dos delincuentes. O sea, nada. Llinares, como los diputados de Ciudadanos y del PP (¡vaya unos para dar lecciones de rectitud!), utilizan el caso del Palau para cargar contra CDC y el perverso nacionalismo catalán. Es munición contra el independentismo.

Mientras el Pdecat no se sacuda la imagen de la corrupción de encima, da igual que sea un partido moderado, socialdemócrata o liberal

Pau Llonch, ese agresivo miembro de la CUP que insulta a diestro y siniestro en las redes sociales, hace lo mismo cuando quiere relacionar la oposición de su grupo a investir a Artur Mas como presidente después del 27S con lo que hemos podido escuchar esta semana en la Ciudad de la Justicia. Con propaganda no se ayuda a descubrir nada en absoluto. Al contrario, se confunde a la gente y se aprovecha su ignorancia para inculcar la idea de que CDC y sus huestes se abrazaron al soberanismo para que se les perdonasen los pecados de antaño. ¡Qué barbaridad! Como diría Michael Ignatieff, la política pone a prueba la capacidad de uno mismo de conocerse y de descubrirse ante los demás.

El lastre de la herencia de Pujol

CDC estaba obligada a morir por lo ocurrido con su fundador y con sus hijos. Eso sí que fue un golpe mortal en la línea de flotación de un grupo fundamentado en el personalismo. Nadie, absolutamente nadie, quiso tomar la responsabilidad de rebanarle el cuello a ese clan que tanto daño ha provocado a sus descendientes.

Yo celebro que Marta Pascal, que se reivindica como la líder de un nuevo partido surgido de un esqueje del antiguo árbol podrido, afirme que “quien quiera flirtear con la corrupción no tiene cabida en el Pdecat”. Pues si así lo cree, y no lo dudo en absoluto, debe ser consecuente y cortar por lo sano con el pasado. La historia ya se encargará de reivindicar lo que hubo de bueno en la larga etapa pujolista, pero hoy su recuerdo es un lastre.

Y en ese sentido, Mas puede ayudar a Pascal y al nuevo grupo dirigente, si es que asume de una vez por todas que los de su generación se equivocaron (nos equivocamos, porque parte de culpa tengo en ello) de tal modo en esta cuestión, que los jóvenes tienen derecho a pedirles prudencia y discreción.

Un poco de seriedad, por favor, y si Mas quiere ayudar con todas sus fuerzas a reconstruir el maltrecho espacio político que representa el Pdecat a los que no tuvieron nada que ver con los que firmaron los convenios con el Palau de la Música, debe sumarse a la condena de Pascal contra los hombres de negro que actuaron por iniciativa propia. De lo contrario, él mismo se convertiría en un problema. Mientras el Pdecat no se sacuda la imagen de la corrupción de encima, da igual que sea un partido moderado, socialdemócrata o liberal, porque el poder de convicción de su mensaje no tendrá fuelle.

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