Jorge Fernández Díaz: el hombre devoto que no se mueve del pedestal conservador

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El ministro del Interior es una persona profundamente religiosa que proviene de una Barcelona mestiza y acomodada, una ciudad perteneciente a otro tiempo

Jorge Fernández Díaz en un acto en Montcada i Reixac. / EFE

Barcelona, 26 de junio de 2016 (01:00 CET)

Devoto de Teresa de Ávila, sobrino de capellán carmelita e hijo del oficial Eduardo Fernández Ortega, quien dirigió la represión del barraquismo en la Barcelona de los años 50. Ex gobernador civil de Oviedo y de Barcelona durante una Transición de afinidad suarista, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, confía tanto en la discreción del poder que hace un par de días llegó a enviar una unidad policial al diario Público.

Los agentes debían intervenir las cintas de la grabación entre el ministro y Daniel de Alfonso, el sujeto impropiamente pintoresco que dirige Antifraude de Cataluña. Pero los agentes volvieron de vacío porque no llevaban ni una orden del juez, lo que muestra la impunidad con la que algunos entienden el monopolio de la violencia. En la búsqueda de tesoros incriminatorios para sus contrincantes, el titular de Interior lo ha tirado todo por la borda, incluida la falsedad de las cuentas suizas del ex alcalde Xavier Trias.

La llegada a la vida política

Este ingeniero dedicado a ordenamiento laboral se hizo hombre público como Delegado de Trabajo en Barcelona, donde metió a familiares, amigos y conocidos. Cuando llegó la hora de la política, mostró reflejos: aceptó que la CDC de Jordi Pujol zanjara las cuentas ruinosas del PP catalán a cambio de liquidar a Vidal Quadras y colocarse él en el pedestal conservador.

Desde entonces, el virreinato de los Fernández Díaz en el PP catalán –primero Jorge y después Alberto, el eterno concejal opositor– se ha mantenido, salvo en paréntesis discretos, como los de Josep Piqué y Alicia Sánchez Camacho. Los Fernández Díaz son un bloque que politiquea en invierno y pasa escuetos veranos en el valle de Alhama, entre termas y pequeñas basílicas.

Heredero de una Barcelona desaparecida

Jorge está marcado por la Barcelona mestiza que retrató Eduardo Mendoza en Comedia ligera. El padre, oficial del ejército, el ecuestre de los años oscuros, la residencia de oficiales de Plaza Cataluña donde amenizaba al piano Jaime de Mora y Aragón y los desalojos en los altos del Carmel. Y, sobre todo, la sombra inolvidable de Acedo Colunga, aquel gobernador fiestero que se encaprichó de la gran Tania Doris, estrella de El Apolo desposada años después por el productor Matías Colsada.

Un producto del imaginario pre-democrático en el que no faltan los hermanos Creix en Vía Layetana, la huelga de tranvías, el empresario taurino Pedro Balañá y el interiorista Eduardo Tarragona, aquel procurador en Cortes elegido en representación de los tercios familiares.

La conversión religiosa

El ministro del Interior es hijo de un tiempo que puede pellizcarse a gusto de cada uno, como el bizcocho del té. Su afición a la quinta columna se consagró en Sarrià, el antiguo estadio del RCD Español, donde los Fernández encontraron el acomodo natural del palco cinco estrellas, junto a los Trias, Oliveró, Samaranch o Manuel Meler, el penúltimo presidente de Tabacos de Filipinas.

De la endogamia creativa, Jorge Fernández Díaz ha sacado solo la acidez de un estómago maltratado por la vida política. Para atemperar su espíritu se inventó un encuentro con el altísimo; una caída del caballo, como la de Pablo, solo que a Jorge le ocurrió en Las Vegas, el paraíso del juego y la noche hermafrodita que tanto disgusta al ministro puritano.

Desde entonces, murmura y reza sin parar. Pasa el rosario, regala estampitas, anuncia sus idas y venidas de misa al mejor estilo de los acólitos del santo Josemaría y refuerza su fe gracias a la devoción mariana. Tiene incluso, como es bien sabido, a su ángel de la guarda, un tal Marcelo, al que encomienda la vuelta a casa cuando va en coche y al que condecora cuando no tiene un héroe a mano.

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