Pedro Sánchez interviene durante la Fiesta de la Rosa que celebraron el sábado los socialistas valencianos. Foto: EFE/MB

Pedro Sánchez (distanciado de Rajoy por el 155) piensa sólo en Podemos

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Pedro Sánchez sigue apostando por el diálogo con la Generalitat, con la línea roja de que Carles Puigdemont declare unilateralmente la independencia de Cataluña

Carlos Carnicero

Pedro Sánchez interviene durante la Fiesta de la Rosa que celebraron el sábado los socialistas valencianos. Foto: EFE/MB

Barcelona, 08 de octubre de 2017 (04:55 CET)

Pedro Sánchez eligió ayer la Fiesta de la Rosa de la Comunidad Valenciana para un nuevo pronunciamiento sobre la posición del PSOE en el desafío independentista. La decisión de aclararlo obedece, sin duda, a las discrepancias aparecidas en el seno del partido, con dudas sobre la firmeza de la apuesta constitucional del secretario general.

Sánchez ha asegurado en Valencia que el PSOE estará con la Constitución ante la proclamación unilateral de independencia. Sigue apostando por el diálogo con la Generalitat, con la línea roja de que Carles Puigdemont declare unilateralmente la independencia de Cataluña.

El secretario general del PSOE rompió su silencio de casi una semana –mucho tiempo en la vorágine de estos días– en vísperas de una reunión extraordinaria de todos los órganos de dirección de su partido: Comisión Ejecutiva, Consejo territorial y Comité Federal. Sus miembros han recibido aviso que pueden ser convocados en cualquier momento. Objetivo, una definición clara y uniforme de la posición del PSOE.

Sucede después de las discrepancias ocurridas en el universo socialista tras anunciarse, por sorpresa y horas antes del discurso del Rey, la presentación de una moción de reprobación de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáez de Santamaría.

La reiteración de la oferta de negociación es un posicionamiento condicionado a las decisiones que vaya tomando la Generalitat.  Esa es la razón de mantener la convocatoria abierta, sin fecha, en espera de ver la reacción de Puigdemont el próximo martes, que es cuando está prevista la reunión del Parlament, retrasada veinticuatro horas para burlar la suspensión de la que estaba convocada el lunes por el Tribunal Constitucional.

La gran pregunta que todavía no tiene respuesta es si el presidente catalán se atreverá a cumplir lo que está obligado por la Ley de Transitoriedad, aprobada en el Parlament el pasado 7 de septiembre o buscará fórmulas para retrasar o condicionar la declaración de independencia.

Hay consenso en que la trepidante fuga de importantes empresas de Cataluña ha sembrado dudas en la hoja de ruta independentista.

Pedro Sánchez está atrapado en un triangulo cuyos vértices son muy difíciles de conjugar

Puigdemont está en una disyuntiva complicada. Obligado por su propia ley a proclamar la independencia a fecha fija, acuciado por la CUP y las organizaciones que apoyan y protagonizan el procés, que no permiten retrasos ni medias tientas, y con la entrada en pánico de importantes sectores del PDeCAT, que al parecer se acaban de enterar que esto de la independencia no era un fuego de artificio.

¿Qué pensará Artur Mas al ver los videos de 2015 en donde asegura que los bancos nunca se irían de una Cataluña independiente? ¿Qué pensarán los que le creyeron?

La declaración efectuada ayer por Pedro Sánchez no unifica doctrina en las discrepancias internas. Un sector del partido entiende que Puigdemont no es confiable y que mientras no rectifique y vuelva a la legalidad no puede ser intelocutor en ningún dialogo. Se aproximaba a esa posición la última declaración del secretario de organización del PSOE, José Luis Ábalos que, después del discurso del Rey, exigía esa condición previa para negociar.

En su intervención de ayer, el secretario general del PSOE, quitaba hierro a las discrepancias en su partido, en consonancia con la libertad de debate existente, pero llamaba a cerrar filas. Su condescendencia con la libertad de debate que ha existido difiere mucho con las descalificaciones efectuadas por el portavoz del PSOE, Óscar Puente, hacia los antiguos líderes del PSOE a los que negaba autoridad moral para discrepar con el secretario general.

Pedro Sánchez está atrapado en un triangulo cuyos vértices son muy difíciles de conjugar. Obligado ante la grave crisis a cerrar filas con el gobierno de Mariano Rajoy por elemental lealtad constitucional; no renuncia, de hecho, a desgastar al Gobierno por los evidentes errores cometidos en la gestión de la crisis secesionista. Y tampoco renuncia, sin formularlo explícitamente, a dejar abierta la puerta a futuros acuerdos con Podemos para desplazar a Mariano Rajoy de La Moncloa, a pesar de la irresponsabilidad del partido de Iglesias en esta crisis.

Para Sánchez, es fundamental un consenso interno

Los discrepantes del PSOE lo son en esas dos últimas cuestiones. Piensan que ante una amenaza a la Constitución, que no dudan en calificar de "golpe de estado" desde las entrañas mismas del estado, no es momento para cálculos políticos de futuro.

No son discrepancias menores. Estiman que erosionar al gobierno por los errores cometidos pone casi en un mismo nivel la incompetencia del ejecutivo con una práctica golpista que no respeta ni la Constitución ni el Estatuto de autonomía de Cataluña.

En cuanto a los planes de dejar abierta la puerta a algún tipo de alianza con Podemos, los discrepantes también coinciden en un recelo antiguo hacia la organización morada. Les consideran pirómanos en este incendio. Ellos y Ada Colau, que sigue siendo socia de los socialistas catalanes en el ayuntamiento de Barcelona, han mantenido posiciones cambiantes en las últimas semanas, intentado nadar y guardar la ropa. Pero sin duda su llamada a participar en el referéndum ilegal del 1 de octubre, "como un ejercicio legítimo de movilización democrática" les sitúa en un lugar indeterminado de irresponsabilidad que no puede considerarse defensa de la Constitución, en el momento de mayor amenaza desde el golpe de estado del 23 de febrero de 1981.

Pedro Sánchez intentará lograr consenso para la convivencia de estas tres almas políticas en las reuniones de los organismos de dirección del partido, consciente que en los momentos actuales tan importante es la lealtad constitucional del PSOE como la necesidad de que no puedan existir dudas sobre la incondicionalidad de esa lealtad.

En las convicciones tácticas de Pedro Sánchez pesa mucho el eslogan acuñado durante las primarias. "Somos la izquierda", es complicado de conjugar con el apoyo al Gobierno de Mariano Rajoy en el imaginario de las nuevas izquierdas. Máxime cuando el Gobierno tan denostado ha cometido errores muy importantes en la gestión de la crisis en la que hasta ahora ha contado con el apoyo y lealtad del PSOE.

Para Sánchez, cuando todavía las heridas de las primarias están cicatrizando, es fundamental un consenso interno, al menos en que los debates sobre matices o discrepancias no salgan a la luz y se queden en el interior del partido.

Sin duda las diferencias tienen un alcance estratégico porque tratan de mantener posiciones a medio plazo en una crisis en donde resulta muy complicado el posicionamiento de unidad frente a una amenaza golpista con tácticas políticas sobre futuras de alianzas con partidos que no han cerrado filas con el estado en esta amenaza y además sin aplazar la labor de desgaste a un gobierno al que con toda legitimad se quiere sustituir.

Cualquier analista independiente pone en valor el apoyo sin fisuras del PSOE en la actual situación. Si ese apoyo aflojara o resultara tan matizado como para dejar abierta la impresión de que peligra, la resolución de esta crisis de Estado entraría en una zona de impredecibles consecuencias.

Esta semana, tanto el PP como Ciudadanos, contendrán el aliento ante las reuniones de la dirección del PSOE, porque además son conscientes de que frente a la Constitución y el compromiso de respetar las reglas del Estado de derecho, están unos sediciosos que no se someten a ninguna ley, ni siquiera a las suyas, y que tratarán de seguir haciendo trampas, ofreciendo diálogo por pura conveniencia sin voluntad de llegar a un acuerdo y, en su caso, dilatando objetivos sin renunciar a ellos, para ganar tiempo en un momento en que sus pretensiones secesionistas están cercadas por el aislamiento internacional y el pánico por la situación económica que han creado con sus ensoñaciones independentistas.

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