Canfranc: auge, caída y renacimiento de la estación de tren más fascinante de España
De proeza de la ingeniería al olvido, de puente entre naciones a nido de espías, la estación de Canfranc firma un nuevo episodio de su increíble historia como hotel de lujo entre montañas
Canfranc Estación, a Royal Hideaway Hotel. Foto: Manolo Yllera.
42º 45’ 4.61” N | 0º 30’ 52.56” W. A 460 km de Madrid y 850 km de París, las capitales de los países que unió. A 120 km de Zaragoza y a 61 km de Pau, las ciudades española y francesa que conectó. En este punto exacto, en medio de los Pirineos y rodeado de montañas de más de 2.000 metros de altura, se encuentra la que posiblemente sea la estación de tren más fascinante de España, la de Canfranc.
Y lo es no solo por sus apabullantes dimensiones y fastuosa arquitectura de evocaciones parisinas, sino también por su importancia en episodios históricos como la Segunda Guerra Mundial, cuando fue un hervidero de espías y el lugar por donde los nazis importaban el preciado wolframio y por donde llegaba el pago en forma de vagones repletos de lingotes de oro, pero también por donde centenares de judíos escaparon de la muerte.

Paseando hoy por lo que queda del parque de vías hasta el inicio del túnel de Somport que conectaba, en 7,8 km, España y Francia, sigue resultando increíble que se construyese aquí esta estación, una suerte de gigantesco Titanic varado en medio de los Pirineos. Inaugurado en 1928, no es menos increíble que funcionase apenas 40 años y la majestuosa estación con su hotel, sus aduanas y sus almacenes se abandonase hasta amenazar ruina, mientras las vías apenas acogían trenes que conectaban esta zona de Huesca con Zaragoza.
Y que no fuese hasta 2023 cuando la estación volvió a la vida, ahora renacida como un hotel de lujo con 104 habitaciones, restaurantes, coctelería, spa y gimnasio que ha devuelto el brillo original a esta maravillosa infraestructura.
Qué hace una estación como tú en un sitio como este
El lugar que hoy ocupa Canfranc Estación, operado por el grupo hotelero Barceló bajo su marca premium Royal Hideaway Hotel es, sin duda, el sitio “más singular y más intervenido por el ser humano que hay en todo el Pirineo”.

Lo cuenta en una visita por las instalaciones Víctor López, exalcalde de Canfranc y coautor, junto al periodista Juan Navasa, del libro Canfranc. El ferrocarril de los Pirineos.
“Hace 120 años, aquí no existía nada; por no haber no había ni árboles”. Sin embargo, la construcción de una estación internacional de ferrocarril, la única que existe en España y una de las tres que conectan nuestro país con Francia a través de los Pirineos, cambiaría el entorno para siempre.
Para proteger la futura estación internacional se construyeron 300 diques, se canalizó un río, y se plantaron 7,8 millones de árboles
Nada parecía indicar que este estrecho valle pirenaico a 1194 m de altitud fuese el mejor lugar para levantar una estación internacional y que el Somport, el Summus Portus de los romanos, fuese la opción de los aragoneses que, desde mediados del siglo XIX dieron forma al sueño de una conexión ferroviaria con Europa a través de los Pirineos.
El empeño arrancó con la publicación en 1853, solo cinco años después de la inauguración del primer ferrocarril peninsular entre Barcelona y Mataró, del manifiesto Los aragoneses a la nación española: Consideraciones sobre las ventajas del Ferrocarril del Norte, Zaragoza y Canfranc y culminó 75 años después con la inauguración, el 18 de julio de 1928, de la estación internacional, una cita que no se perdieron ni el rey de España Alfonso XIII ni el presidente de la República Francesa Gastón Doumergue.

Mucho antes de eso hubo que construir en el entorno, con pocos más medios que burros y mulos, hasta 300 diques, muros y muretes para la contención de avalanchas, canalizar un río, el Aragón, el mismo que da nombre a la región, y plantar 7,8 millones de árboles, especialmente abetos y hayas, para sujetar un terreno sobre el que cae, cada invierno, una media de 9 metros de nieve acumulada. O, lo que es lo mismo, el equivalente a tres plantas de un edificio.
Cuando se levantó la estación de Canfranc, proyectada por el ingeniero Fernando Ramírez de Dampierre -que murió el 14 de febrero de 1921 con solo 49 años y justo 2 semanas antes de que la obra fuese adjudicada- ya se habló de ella en los periódicos como la “plataforma de ferrocarril más grande en toda Europa”, recuerda López.
El edificio mide 241 metros de longitud por 12,5 de ancho, una enorme isla en un parque que llegó a contar con 27 vías. “Tanto el complejo ferroviario como el túnel que conecta España y Francia fueron costeados por los gobiernos francés y español a partes iguales”, recalca el antiguo alcalde del municipio que da nombre a la estación, férreo defensor de la reapertura de la línea internacional que vuelva a conectar Aragón con Nueva Aquitania.

Ideado como una auténtica estación internacional, tenía un andén francés y otro español (con la dificultad añadida de los diferentes anchos de vía, de 1,44 m en el lado francés -y en toda Europa- y 1,66 m en el español), así como la mayor parte de servicios duplicados, como el puesto de aduanas, la comisaría o la estafeta correos, “de ahí la explicación de un complejo tan sobredimensionado”.
Auge y declive de Canfranc
El tren funcionó con normalidad hasta agosto de 1936, cuando el bando franquista interrumpió la línea para evitar la intervención francesa. En 1940, con los nazis ocupando Francia en plena Segunda Guerra Mundial, volvió a abrirse, lo que daría lugar a algunos de los episodios más asombrosos de su historia.
La estación, controlada esos años por oficiales de la SS y la Gestapo, sirvió para enviar miles de toneladas de wolframio a Alemania -que usaban para blindar tanques y cañones-, un valiosísimo material que se pagaba con vagones repletos de lingotes de oro robado a los judíos (se ha documentado el paso por Canfranc de hasta 86 toneladas con destino a España y Portugal).

Nido de espías y contraespías, de muchachas del pueblo que transportaban en su ropa cartas con información secreta para los aliados y camioneros suizos que cargaban el oro y todo tipo de mercancías en una España sumida en la escasez de la posguerra, Canfranc fue también la vía de huida para muchos judíos que escaparon de una muerte segura en el continente y, paradójicamente, sirvió después para la fuga de alemanes perdedores.
Tras el final de la contienda, en 1948 se reabrió la estación de Canfranc y la circulación ferroviaria entre España y Francia se mantuvo hasta el 27 de marzo de 1970, cuando un tren descarriló en el lado francés y se hundió el puente de L’Estanguet, en el valle del Aspe. Las autoridades galas nunca quisieron reparar el trazado y tanto mercancías como pasajeros se desviaron por las estaciones a ambos lados del Pirineo: Hendaya y Cerbère, mientras Canfranc languidecía con una única conexión regional con Jaca y Zaragoza.
Pero Canfranc se negaba a capitular: mientras el rodaje de un anuncio de La Lotería permitió recuperar centenares de documentos que han permitido reconstruir la historia de sus años más trepidantes, el Gobierno de Aragón compraba a Adif las instalaciones con el objetivo de darle una nueva y más brillante vida, algo que culminaría en 2023 con la apertura del flamante Canfranc Estación, a Royal Hideaway Hotel.

La nueva vida de Canfranc Estación
Nada más poner un pie en la estación e impactados aún por la vista del magnífico edificio, de cinco cuerpos, 75 puertas y 425 ventanas, un par de empleados del hotel con uniformes que recuerdan a la vestimenta ferroviaria clásica dan la bienvenida.
La impresión continúa en el magnífico lobby que, como todo el edificio, fue rehabilitado por Ingennus y José Miguel Sancho Arquitectos y cuenta con interiorismo del estudio Ilmiodesign.
La época dorada del ferrocarril en Europa es la línea conductora de todo el proyecto, que mantiene elementos originales como suelos, escayolas y luminarias o las antiguas escaleras que daban acceso a la estación y que hoy dividen a un lado la zona de recepción, y a otro, una zona de sofás y bancadas abierta al público (el inmueble sigue perteneciendo al Gobierno de Aragón, con una concesión al Grupo Barceló para su gestión por 75 años).


Tonos piedra para las paredes y materiales textiles en tonos marrones, beige y verdes contrastan con las molduras en blanco, los elementos metálicos en tono bronce y la madera de nogal, creando un conjunto cálido pese a las enormes dimensiones y aportando una mirada contemporánea y elegante que va más allá de la imitación de la estación original.
En la misma línea, las 104 habitaciones, todas con vistas al Pirineo aragonés y repartidas en dos plantas, combinan tonalidades cálidas y tejidos lujosos, como el terciopelo en los cabeceros, decorado con un estampado gráfico que emula los tapizados de los asientos de los vagones de los años 20.
Rastreles de madera en paramentos y techos, ventanas originales del edificio que hoy enmarcan fotos antiguas de Canfranc, tonos beige y tierra, detalles en latón y toda la tecnología que cabe esperar en un hotel cinco estrellas completan unas habitaciones amplias y confortables que nos envuelven.

Sin salir del hotel -capaz de llenar un fin de semana por sí mismo- hay que pasar por La Biblioteca, un sofisticado espacio de diseño clásico que nos devuelve a los cafés de tertulia parisinos del siglo pasado, perfecto para la charla tranquila mientras la chimenea crepita y, con suerte, la nieve cae en el exterior.
Una barra en negro Marquina con elementos dorados y cuero cobra vida para dispensar los cócteles más apetecibles para animar cualquier momento en este lugar donde pasan horas de puro placer.
También en la planta baja, el espacio wellness del hotel invita a relajarse en la zona de aguas y de relax, o bien en alguna de sus cabinas donde se puede reservar todo tipo de tratamientos y masajes terapéuticos.

Cenar en vagón con estrella Michelin
Y si la historia del hotel vale una visita, su oferta gastronómica merece otra. Comandada por el chef Eduardo Salanova y la jefa de sala Ana Acín, hablamos de tres espacios diferentes: desde el más informal El Internacional a los dos vagones clásicos y perfectamente restaurados que acogen Canfranc Express -con una estrella Michelin, que recibió el mismo año de su apertura- y el muy recomendable 1928, con una original cocina francesa elaborada con productos locales.
Salanova y Acín, que ya se movían con soltura en la alta gastronomía en Huesca con su Espacio N, también distinguido con una estrella en la famosa guía roja, se sumaron al gran proyecto de devolver a la vida a Canfranc respetando su historia y mirando al futuro.


Para ello optan por traducir el recetario tradicional aragonés a la actualidad, con mucho producto local que convive con altas dosis de técnica y aún más de identidad, dando lugar a una propuesta honesta y sólida.
El Café Art Decò, abierto en cualquier momento del día para un aperitivo o un picoteo, y los cócteles de La Biblioteca completan este viaje gastronómico.
Qué hacer en Canfranc Estación
Auténtico hotel-destino, Canfranc Estación no necesita nada más para garantizar unos días de desconexión y bienestar total. Sin embargo, además de conocer su historia -hay guías locales expertos- y los atractivos a su alrededor bien merecen una vistita.
La nieve de las estaciones de Candanchú y Astún, a pocos kilómetros y con conexión de transfer privado en vehículos BMW de alta gama desde la puerta del hotel es el principal atractivo durante el invierno, mientras que el hermoso paisaje montañoso del valle de los Arañones brilla en cualquier otro momento del año.

Ahora, con las flores brotando y el color verde declinándose en mil tonalidades, recomendamos recorrer el Paseo de los Melancólicos, para conocer de cerca la increíble transformación del valle a raíz de la construcción de la estación, donde aun pueden verse almacenes y antiguos vagones de madera.
También sorprendente es el recorrido por los antiguos búnkeres. Los guías de la zona desvelan in situ las mil y una anécdotas que rodean la desconocida historia de la Línea P, la barrera defensiva con la que Franco fortificó los Pirineos tras Segunda Guerra Mundial.
Como contención a una hipotética invasión por parte de los aliados, la Línea P, construida entre 1944 y 1948, se componía teóricamente de unos 10.000 búnkeres, de los que unos 6.000 fueron terminados, aunque nunca se usaron. Una docena de esos búnkeres, construidos para defender la Estación Internacional de Canfranc (el Sector 24 de la Línea P), pueden verse aún camuflados en los alrededores, vestigios de la historia que aún mira a Canfranc.