Patios, balcones y rejas que explotan de flores y color: el pueblo cordobés que hay que visitar en mayo

El Festival Balcones y Rincones coloca este precioso pueblo blanco, con fortaleza árabe y una increíble playa dulce, en el radar viajero

Iznájar se viste de gala en primavera. Foto: Archivo Fotográfico de Turismo Andaluz.

De él dijo Rafael Alberti que es “un pueblo perfecto, de una blancura maravillosa, encalado hasta el frenesí y con el carácter secreto de los romances de García Lorca”. Poco más se puede añadir para definir a Iznájar, una de las localidades más bonitas de Andalucía que se asienta a la orilla del río Genil, en la comarca de la Subbética cordobesa.

Y, como Córdoba, el pueblo brilla especialmente en primavera. Puede que su fiesta de los patios no tenga el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, pero sin duda ofrecen una explosión de color y belleza, que aquí se extiende a balcones, rejas y hasta el último rincón del pueblo, que justifica una visita.

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Desde una colina, el pueblo vigila el pantano. Foto: Turismo de Iznájar.

Propuestas como la Fiesta de la Cruz y la Feria Chica, pero también un entorno natural dominado por la playa de interior más grande de Andalucía, rutas como la Vía Verde del Aceite o un casco histórico que discurre entre callejones, calles empedradas y casitas blancas y, por supuesto, el castillo árabe al que debe incluso su nombre, completan este apetecible recorrido entre flores por Iznájar.

Balcones y Rincones de Iznájar

Los propios vecinos están en el origen del Festival Balcones y Rincones de Iznájar, que este año celebra su XV edición con una propuesta que invita a recorrer el municipio disfrutando de patios, balcones, rejas y rincones llenos de flores y dan forma a un itinerario que se disfruta caminando.

Festival Patios y Rincones. Foto: Turismo de Iznájar.

Gitanillas, geranios, rosas, claveles y clavellinas, entre otras muchas flores, habitualmente en tiestos de intensa tonalidad azul, marcan un paseo que se abre a las vistas del Embalse de Iznájar. El contraste entre el blanco de las fachadas y el verde del paisaje, el color de las flores y las macetas cambian en cada calle en una sucesión de escenas con las que llenar el carrete de tu cámara.

Se trata, además, de una iniciativa popular, ya que son los vecinos quienes, durante todo el año, cuidan sus patios, los transforman, prueban combinaciones, reorganizan espacios y afinan cada detalle para que, llegado el mes de mayo, en pleno cénit de la primavera, cada rincón luzca lo más hermosos posible, siempre con su propia personalidad.

Este esfuerzo colectivo en el que se ha cuidado hasta el más mínimo detalle se percibe en cada una de las calles y rincones, haciendo incluso más valioso el conjunto.

Son los vecinos quienes decoran con mimo hasta el último rincón. Foto: Turismo de Iznájar.
Festival Balcones y Rincones. Foto: Turismo de Iznájar.

Cómo visitar el festival de las flores de Iznájar

La propuesta, además, no responde a una única forma de visitarse. Se descubre caminando, avanzando sin un orden establecido y dejando que cada calle marque el ritmo. Más que seguir un trazado concreto, el festival Balcones y Rincones invita a detenerse, observar y dejarse llevar por el propio municipio.

Sin duda atraerá la atención ‘Iznájar floría’, un acción también popular en la que vecinas del pueblo han tejido una maceta gigante que, colocada como punto de encuentro y photocall en uno de los miradores sobre el embalse de Iznájar.

Muchas otras propuestas, la mayoría al aire libre, completan la programación del festival. Es el caso de las rutas senderistas que permiten descubrir el entorno natural de Iznájar, y entre las que destaca el tramo que pasa por la localidad de la Vía Verde del Aceite, la gran ruta de 128 km que conecta Jaén con Puente Genil, y el Sendero de Fuente del Conde, circular y de unos 5,5 km, perfecto para toda la familia.

Flores entre vistas panorámicas. Foto: Turismo de Iznájar.

Además, actuaciones musicales en distintos espacios del municipio, encuentros vinculados a la tradición local y citas como la ‘Velailla’ de la Torre, con música y ‘El Chacarrá’, un baile folclórico iznajeño asociado a la recogida de la aceituna y caracterizado por su ritmo vibrante, instrumentos de percusión y su relación con los fandangos locales.

Una fortaleza nazarí

Encalado hasta el frenesí, como decía Alberti quien, por cierto, tiene su propia plaza en el pueblo como homenaje a su poema, Iznájar debe su nombre al término árabe Ḥiṣn Ašar, que significa castillo alegre. Precisamente su castillo, que marca el skyline del pueblo con su presencia a 533 metros de altitud, es imprescindible en cualquier visita.

El castillo, siempre presente en el perfil del pueblo. Foto: Turismo de Iznájar.

De origen árabe, fue construido en el siglo VIII y ha tenido una larga y azarosa vida a lo largo de los siglos, con diferentes remodelaciones e intervenciones hasta que, en el siglo XVIII, pasó a ser residencia del administrador del duque de Sessa. Actualmente propiedad del Ayuntamiento de Iznájar, está abierto a las visitas, con diferentes exposiciones y vistas impresionantes de los alrededores desde la Torre del Homenaje.

A los pies del castillo, el antiguo barrio de La Villa se revela como un laberinto de calles empedradas y encaladas, adornadas con macetas de flores y hermosos balcones. El corazón del pueblo es la Plaza de la Constitución, donde se concentran cafés, restaurantes y tiendecitas.

Justo al lado de la fortaleza, tras cruzar un arco que alberga la Oficina de Turismo en el casco histórico, se encuentra uno de los lugares más fotogénicos de Iznájar: el Patio de las Comedias. Lo que fuera el zoco en época medieval se convirtió a partir de 1531 en un lugar para las representaciones teatrales de donde le viene su actual nombre. Hoy, esta hermosa plaza está adornada también con macetas de azul intenso rebosantes de flores de todos los colores en torno a una fuente central.

Patio de las Comedias. Foto: Turismo de Iznájar.

Al fondo, destaca un mirador junto a una de las torres que todavía se conservan de la antigua muralla, la Torre de San Rafael, del siglo XVII, que aloja en su interior una casa cueva que aún se emplea como sede de una de las hermandades más antiguas de la Semana Santa iznajeña, la Hermandad de los Apóstoles.

Último vestigio del antiguo recinto fortificado, la torre se remata con una escultura de San Rafael al que, según la tradición, los soldados solían encender una vela cuando cruzaban el estrecho de Gibraltar.

Iznájar sobre el pantano del mismo nombre. Foto: Archivo Fotográfico de Turismo Andaluz.

La Parroquia de Santiago, la Casa de la Juventud -pequeñas salas donde se recuerdan oficios tradicionales ya desaparecidos-, el Museo de la Judea o la sala-museo del artista local Antonio Quintana son otros de los puntos que visitar dentro de la localidad.

Una playa de agua dulce

A poco más de un km del pueblo se encuentra otra de las joyitas de Iznájar: la playa de Valdearenas. Situada sobre el embalse de Iznájar, el más grande de Andalucía, el paraje ofrece una playa de arena de más de 1,5 km de largo y una superficie de más de 160.000 m2 en los que practicar deportes náuticos, pescar, realizar senderismo y, por supuesto, disfrutar del baño.

Playa de Valdearenas. Foto: Archivo Fotográfico de Turismo Andaluz.

De vuelta al pueblo, es hora de conocer las especialidades de la gastronomía local. Entre los platos tradicionales destacan las pavitas de San Marcos, los huevos volaos, las papuecas o los tejeringos, todo ello acompañado de vinos regionales amparados por la D.O. Montilla-Moriles. Para conocer los sabores locales, merece la pena acercarse a El Mesón La Abuela María (Calle del 9 de junio del 1910) es un imprescindible para probar diferentes salmorejos y ensaladas, huevos rotos y una gran variedad de carnes.

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