Ría de Pontevedra: playas, hórreos y furanchos entre mar y viñedos

De la isla de Ons a Combarro, una ruta entre playas, pueblos marineros, hórreos, furanchos y bodegas para descubrir el paisaje, los sabores y la esencia de las Rías Baixas

Isla de Ons, en Pontevedra. Foto: Mar Nuevo.

Madrugada. 24 de junio. Playa. Hogueras. En plena noche de San Juan, el músico Carlos Ares y el productor Baiuca actuaron en el Náutico de San Vicente. Por sorpresa, como son los mejores conciertos de este mítico chiringuito de O Grove. Escogieron además la noche más corta del año, la más mágica, para presentar Noitada. El sonido de Ares cruzado con música electrónica, con guitarras, flautas, pandereta, mandolina, banjo. Quero unha casa no medio do monte. Y quién no querría escapar, desaparecer, deshacerse del ruido -literal y figurado-. Irse al monte. O a la playa. Perderse entre viñedos y esconderse entre hórreos. En Pontevedra, en las Rías Baixas.

En el límite de las rías de Arousa y Pontevedra, O Grove es el perfecto resumen de un viaje por la ría de Pontevedra: playas de arena fina y aguas cristalinas -y frías, otro punto a su favor-, pueblos de pescadores, leyendas y una gastronomía de lujo.

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Desde aquí hasta la Punta Centoleira, al sur, tomando como eje la ciudad de Pontevedra, una cuña de agua marina se incrusta en el continente dando lugar a un estimulante destino, en cuyos márgenes encontramos hermosas villas como Marín o Bueu, animados pueblos como Sanxenxo o Portonovo, rincones llenos de encanto e historia como Aldán y Combarro, con sus hórreos alineados a la orilla del mar, y las Illas de Ons, a la entrada de la ría, tan indómitas como auténticas.

Hórreos en Combarro. Foto: Miguel Angel Sanz | Unsplash.

De ruta por la ría de Pontevedra

Por la margen norte y, aunque estrictamente no forma parte de la ría de Pontevedra, la península de O Grove es un buen punto de partida para adentrarse en este paisaje de mar, arena y viñedos. Aquí el Atlántico manda y la gastronomía también: pescados, mariscos y ese producto que llega a la mesa con la misma naturalidad con la que las bateas salpican las aguas de las Rías Baixas.

Ponemos rumbo al istmo de O Bao, donde la península de O Grove se une con el terreno continental formando la maravillosa playa de A Lanzada, uno de esos lugares que inspiraron los títulos de ‘Galifornia’ o el ‘Caribe gallego’. Más de dos kilómetros de arenal abierto al Atlántico, dunas, viento y un agua cristalina la hacen brillar sin necesidad de acudir a los tópicos.

Playa de A Lanzada. Foto: Mar Nuevo.

La playa se extiende a los pies de la antigua ermita de Nuestra Señora de A Lanzada y debe su nombre a antiguas leyendas y rituales relacionados con la fertilidad, por los que la mujer debía ‘lanzar’ el mal de ojo o los maleficios (feitizo o meigallo) dejando que nueve olas la golpeasen el último sábado del mes de agosto a la luz de la luna.

Rodeada de dunas, con duchas, baños y chiringuitos, la playa, de titularidad compartida por Sanxenxo y O Grove, es también un famoso spot de surfistas y permite contemplar en el horizonte las las islas que salpican la entrada de las rías.

Sanxenxo y Portonovo, la cara más viajera de la ría

Sanxenxo es probablemente la localidad más asociada al turismo de verano en las Rías Baixas. Sus playas urbanas, terrazas y restaurantes hacen de ella uno de los grandes destinos vacacionales de la zona, especialmente durante los meses de julio y agosto.

Sanxenxo. Foto: David Magalhaes | Unsplash.

Hay que dejarse caer por el puerto deportivo -nombrado en honor a Juan Carlos I- y tomarse algo en la Taberna del Náutico o el Bar Berberecho, con un toque más creativo, así como recorrer y fotografiar cada rincón del paseo marítimo mientras se decide por qué restaurante, heladería o taberna dejarse tentar.

En la vecina Portonovo se encuentra una Galicia más marinera. El puerto, el mercado de abastos, las calles del centro y las mesas donde se sirven pescados y mariscos recuerdan que, antes de convertirse en destinos de vacaciones, estos pueblos vivían -y siguen viviendo- mirando al mar.

Entre las dos se localizan algunas de las playas más conocidas de este tramo de costa, entre las que destacan arenales urbanos como Silgar, en el centro de Sanxenxo, con bandera azul y la característica escultura de La Madama, del artista gallego Alfonso Vilar Lamelas, sobre la piedra del Corbeiro.

Playa de Montalvo. Foto: Mar Nuevo.

De carácter familiar, la playa de Areas ofrece aguas tranquilas y recogida de los vientos y, más salvaje, la preciosa playa de Montalvo, en Portonovo, las de Baltar, Canelas y Caneliñas, y las de Bascuas, Pragueira, y Paxariñas.

Isla de Ons

También Portonovo es el lugar perfecto para descubrir la isla de Ons. Desde aquí parten los barcos de varias navieras que ofrecen el viaje a la isla que, a diferencia de las Cíes, está habitada.

Isla de Ons. Foto: Mar Nuevo.

Además de recordar sacar con antelación el billete del barco, hay que rellenar un formulario para conseguir autorización de acceso en Semana Santa y verano, un sistema implantado para conservar este magnífico paraje que ser va relevando ya desde el barco, cuando comienzan a distinguirse sus acantilados, sus playas y su caprichosa orografía.

Parte del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia, la isla cuenta con un pequeño núcleo, de apenas dos calles, con una pequeña iglesia y alguna buena propuesta en restauración como Acuña, perfecto para probar pulpo en caldeirada (o pulpo al estilo Ons), que se sirve con una salsa elaborada con el agua de cocción, aceite de oliva, ajo, cebolla y pimentón.

El pulpo al estilo Ons. Foto: Mar Nuevo.

Más allá de reservar la mesa, o es necesario planificar mucho la visita a Ons: basta caminar para ir descubriendo sus rincones, acercarse a sus playas, entre las que destacan Melide, As Dornas, Canexol y Periró, además de la playa de Area dos Cans, donde se puede ver, cuando baja la marea, la sepultura de A Laxe do Crego.

La isla ofrece también preciosas panorámicas en los miradores en este paraíso insular, como O Centolo, al norte, con vistas sobre la playa de A Lanzada, o Fedorentos, al sur, que deja ver la isla de Onza y, más allá, las Cíes.

Una ruta asciende hasta el faro, en el punto más alto de la isla, mientras otro sendero conduce al Buraco do Inferno, un agujero de más de 30 m en el cual se dice que se oyen los lamentos de las almas condenadas y que llega a ser batido por las olas durante las tempestades.

Playa de Melide, en Ons. Foto: Mar Nuevo.

Combarro, hórreos mirando al mar

Retomamos la ruta por la ría de Pontevedra en Combarro, el lugar que mejor condesa la arquitectura tradicional de las Rías Baixas, que toma forma en la imagen de sus hórreos alineados junto al agua.

Las calles estrechas del casco histórico descienden entre casas de piedra, cruceiros y pequeñas plazas hasta encontrarse con la ría. Y allí están los hórreos, elevados sobre pilares para proteger el grano de cereal de la humedad y los animales, pero también convertidos con el paso del tiempo en parte inseparable de la cultura y el paisaje de Combarro.

Horreos en la costa de Combarro. Foto: Turismo Rías Baixas.

Pese a su pequeño tamaño, de alrededor de 1.500 habitantes, Combarro es uno de los lugares donde mejor se come de las Rías Baixas, especialmente mejillones, almejas finas, navajas, berberechos y pescados, que llegan recién salidos del mar a restaurantes como O Bocoi, Tapería Pedramar, Arroyo Mar y Tierra o el restaurante O Peirao.

Pontevedra, una pausa entre mar y mar

Desde Combarro, el viaje continúa rumbo hacia Pontevedra. Dejamos atrás las playas y los pequeños puertos para adentrarnos en un casco histórico de calles peatonales, soportales y plazas para caminar sin rumbo, sentarnos en alguna de sus plazas y visitar alguna de sus hermosas iglesias, como las ruinas de Santo Domingo, San Francisco, Santa María la Mayor, A Peregrina y un Museo Provincial que, posiblemente, sea el más visitado de Galicia por la riqueza de sus fondos.

Pontevedra. Foto: Turismo de Galicia.

Patria de ilustres marineros, almirantes, corsarios y exploradores como Pedro Sarmiento de Gamboa, los hermanos Nodales, o Isabel Barreto de Castro, considerada la primera mujer almirante de la historia de la navegación universal, Pontevedra es también perfecta para acercarse a la cocina del mar, con mesas tan sugerentes como las de O Eirado da Leña, primer estrella Michelin de la ciudad, Trasmallo, Loaira Xantar, Ultramar o Casa Fidel.

Marín y Bueu, la ría más marinera

Al otro lado de la ría aparecen Marín y Bueu, dos localidades profundamente vinculadas al mar. La actividad portuaria, la pesca y la tradición conservera forman parte de una identidad que aún se percibe en sus calles y en sus restaurantes.

Bueu merece una parada especialmente pausada. Su relación con el océano se entiende tanto desde el puerto como desde las playas y el paisaje que rodea la localidad. Es también una buena puerta de entrada a la península del Morrazo, donde la costa ofrece una sucesión de pequeñas playas, cabos y rincones naturales.

Historia de la industria y la navegación gallegas en el Museo Massó de Bueu.

Pero antes hay que pasear por el puerto, epicentro de Bueu, donde conviven barcos de pescadores y yates, y por el paseo marítimo, con vistas continuas a las Islas Ons, que parecen emerger entre la bruma.

La localidad cuenta también con un curioso museo, el Museo Massó, instalado en las naves industriales de una antigua conservera familiar con una curiosa selección de objetos que permiten adentrarse en la historia de la industria gallega, la navegación y el legado marinero de la zona, entre ellos maquetas de barcos, mapas antiguos, instrumentos de navegación y objetos recuperados de naufragios cercanos.

También recomendamos parada en la Playa de Beluso, en el antiguo barrio marinero, con restaurantes donde probar mariscos y arroces acompañados por el rumor de las olas. Si te gustan las centollas, A Centoleira. De nada.

Vista de Cabo Udra. Foto: Turismo de Galicia.

Cabo Udra y Aldán

En la península del Morrazo, continuamos hacia Cabo Udra y Aldán. De nuevo el paisaje cambia ante nuestros ojos y, frente a las grandes playas abiertas del principio aparecen pequeñas calas, bosques que llegan casi hasta el agua y carreteras que invitan a desviarse.

Cabo Udra es uno de esos lugares donde conviene bajar el ritmo y mirar. El paisaje se abre al Atlántico y las vistas permiten comprender la geografía de esta costa desde otra perspectiva.

Ría de Ardan. Foto: Pixabay.

Más adelante, Aldán ofrece una versión todavía más recogida de las Rías Baixas. Su ría, sus pequeñas playas y el entorno verde crean un paisaje casi íntimo que nos permite vislumbrar una Galicia más tranquila y rural.

La preferida del escritor Álvaro Cunqueiro, puede presumir -aunque no lo hace- de aguas turquesas y arenales blancos, como las de Castiñeira, una de las más bonitas de toda la costa gallega y la de Areabrava. Más desconocidas incluso, las de Lagoelas, Francón o Reventón, accesibles solo a través de senderos.

Entre viñedos y furanchos

Para completar la ruta, merece la conocer otra de las tradiciones gastronómicas locales que tiene lugar entre parras y viñedos. Tierra adentro, y fuera de las bodegas elaboradoras de excelentes albariños que han puesto Rías Baixas en el mapa del vino español, entre caminos de rurales y pequeñas casas de piedra, en localidades como Poio, Meaño o Meis, aparecen los furanchos, uno de los secretos gastronómicos mejor guardados de Galicia.

Furancho de Ángel, en Meaño.

Surgidos para dar salida al excedente de vino producido por pequeñas explotaciones familiares, estos locales mantienen una relación directa con el territorio y con una manera de entender la gastronomía basada en el producto y en la sencillez.

Sentarse en uno de ellos, pedir una copa de vino y acompañarla de alguna de las elaboraciones tradicionales es una forma perfecta de terminar el viaje. Vino de la casa y platos sencillos como la tortilla de patatas, el raxo (lomo de cerdo troceado), zorza (carne picada adobada), pimientos de Padrón, empanada casera, oreja de cerdo o tablas de embutidos ponen el broche perfecto a un viaje que es, en realidad, un paisaje.

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