La factura agraria de Irán

El alza del gasóleo, los fertilizantes y la tensión comercial amenaza la rentabilidad del campo español

Agricultura tractor

Los agricultores y ganaderos tenemos mucho que perder en la escalada del conflicto en Oriente Medio, con el foco en el estrecho de Ormuz, y el actual clima de tensión comercial con la Casa Blanca. Siempre digo que las guerras no son buenas para el campo; son el enemigo número uno para nuestros productos agrarios, especialmente aquellos perecederos como las frutas y hortalizas. Esta vez, al situarse en una zona del planeta donde se concentra la producción y comercialización de numerosas materias primas, puede disparar aún más los precios de los fertilizantes, insecticidas, combustibles y otros insumos debido a las distorsiones comerciales que acabarán afectando a nuestros bolsillos.

De hecho, ya está pasando. El precio medio del gasóleo agrícola y de los fertilizantes, sobre todo los nitrogenados, ya han subido una barbaridad en estos primeros días de confrontación. Si el Brent se estabiliza en niveles cercanos a los actuales, podría ser razonable una subida de 8 a 10 céntimos por litro en las próximas semanas, con un traslado que puede tardar días o hasta dos semanas.

En el caso de los abonos, que representan en torno al 15% de los costes de producción, este encarecimiento se suma a una tendencia alcista del 12% en el último año, influida por los aranceles adicionales de la UE a fertilizantes de Rusia y Bielorrusia y por el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), en vigor desde el 1 de enero para productos intensivos en emisiones como los fertilizantes. Ahora, con un golpe de este calibre al comercio de amoníaco, urea, azufre y gas natural, componentes básicos para producir fertilizantes, la cosa pinta muy mal.

Por otra parte, si Donald Trump cumple sus amenazas y dificulta de alguna manera las exportaciones españolas a Estados Unidos, algunos de los productos que más se verían perjudicados serían los agroalimentarios como el vino y el aceite de oliva. Lo dicho, estamos acostumbrados a que en cualquier disputa geopolítica el sector agrario salga injustamente salpicado. Como en el veto ruso, donde perdimos los mercados de Rusia, Bielorrusia y después Ucrania, y que otros países terceros han aprovechado para sustituirnos.

Los productos que más se verían perjudicados serían los agroalimentarios

Además de sacrificarnos en cada conflicto y traicionarnos en cada acuerdo comercial, como ahora la Comisión hace con el tratado de Mercosur, aunque sea por encima de la voluntad democrática del Parlamento, la normativa europea, la más exigente del mundo, no hace sino agravar nuestra competitividad y añadir sobrecostes para llevar una cosecha adelante y alimentar a la población.

Va siendo hora de que Bruselas rectifique sus políticas agrarias y de que el Gobierno español, sabiendo que indirectamente también vamos a pagar los platos rotos, tome medidas de apoyo al sector agrario. Todo esto debe acabar cuanto antes, de lo contrario podría suponer una factura muy cara para el campo y, por tanto, para la soberanía alimentaria y la preservación del territorio.

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