Análisis | Puig-Sánchez: la compleja simbiosis de amor-odio entre presidentes (y socialistas)

Las rivalidades internas en el PSOE y los conflictos de intereses marcan una relación fiscalizada por las miradas de Ábalos y Oltra

ximo puig pedro sanchez

El presidente de la Generalitat Valenciana, Ximo Puig, con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez / EFE

“En la vida hay amigos, conocidos, adversarios, enemigos y compañeros de partido”. Esta célebre frase, del expresidente italiano Giulio Andreotti, define la compleja relación entre Ximo Puig y Pedro Sánchez, donde las riñas personales y los desencuentros orgánicos se entrecruzan con intereses de partido y la necesaria cooperación para conseguir favores recíprocos con los que hacer obra de gobierno y mantener sus bastiones de poder.

Puig se ha convertido en el barón del PSOE más fuerte del socialismo español, al gobernar la autonomía más grande tras la pérdida de Andalucía. Consiguió arrebatarle al PP en 2015 el que había sido uno de sus bastiones históricos gracias a un pacto de gobierno con Compromís –el famoso Botànic–, que se reeditó en 2019 –donde el president consiguió hacer del PSPV la fuerza más votada– con la inclusión de Unides Podem.

Y es ahí donde nace su necesaria simbiosis con un Pedro Sánchez del que necesita favores para marcar perfil propio y erigirse como un presidente que, lejos de las acusaciones sucursalistas de Compromís hacia su socio de coalición, tiene capacidad suficiente para barrer hacia Valencia de socialista a socialista.

La lluvia de recursos de Sánchez a Puig

El Gobierno, consciente de la importancia para su partido de mantener a flote al PSPV, tanto por el interés de mantener una plaza de poder para el PSOE como por lo que significa para el Ejecutivo en términos de ver avalada su propia legitimidad, se dedica a favorecer las pretensiones valencianas hasta tal punto que otras comunidades, como la de Madrid, protestan por el trato a favor de Pedro Sánchez. La última, condonar este 2021 la deuda que la Generalitat Valenciana arrastraba desde 2007 en la Marina de Valencia, construida en plena bonanza por la Copa América.

Pero no todo es un camino de rosas, ya que las relaciones interpersonales se entrecruzan en una tormentosa batalla de puñales y favores que empezó con el defenestramiento de Sánchez como secretario general del PSOE a manos del entonces aparato del partido. Ximo Puig se alineó decididamente con Susana Díaz, e hizo una oposición muy fuerte a que el actual presidente del Gobierno recuperara el mando de la formación pese a que las bases del PSPV –lejos de respaldarle– se decantaron por darle la espalda a él y la expresidenta andaluza.

La colaboración entre ambos ha fluctuado desde entonces, y aunque la siembra valenciana ha dado muchos frutos, también ha sacado a relucir unos cuantos puñales. Por ejemplo, el desconcierto que generó en el presidente valenciano que la Comunitat Valenciana no pasara en su conjunto a la fase 1 de la desescalada en mayo, tras lo que exigió con visible enfado al Ejecutivo central mayor «transparencia, reciprocidad y reglas objetivas».

La colaboración entre ambos ha fluctuado desde entonces, y aunque la siembra valenciana ha dado muchos frutos, también ha recibido unos cuantos puñales

Y todo ello bajo la atenta mirada de José Luis Ábalos, el ministro de Transportes y número 3 del PSOE con el que Puig tampoco ha tenido una relación muy fluida. Ambos valencianos, pero de dos almas del socialismo valenciano bien diferenciadas –la izquierda valencianista de Puig versus el perfil más obrerista de izquierdas de Ábalos– cuya relación se vio aderezada con desencuentros personales de muchos años de militancia.

El delicado equilibro de poder orgánico entre Ábalos y Puig

Ábalos es la voz del socialismo valenciano en el Gobierno –que no de Ximo Puig–, aunque parte del éxito del segundo dependa de los logros autonómicos del primero, cosa que ha provocado que hayan acercado posiciones. Fue al Congreso como cabeza de lista por Valencia, y tras su nombramiento al frente de Transportes ha abierto un reguero de recursos y dinero hacia la región bañada por el Túria.

Incluso certificó su supuesta nueva sintonía con Puig al asegurar que el presupuesto del ministerio era el «más ambicioso de los últimos 10 años, tanto a nivel estatal como en el territorio valenciano», lo que se traducía en 1.458 millones de euros para la Comunitat. La cifra supone un 94% de incremento, y un 10,8% de la inversión estatal, unas décimas por encima del ansiado peso poblacional de la autonomía.

Su influencia en Valencia es muy palpable. Tanto, que Puig tiene que negociar con él discretamente cuál será el futuro orgánico del PSPV. El president asegura que «probablemente sí» será quien siga liderando la nave, aunque algunas voces hablan de sucesión orgánica y, tras la sorpresa de Iceta e Illa en Cataluña, nada puede descartarse. Un posible sucesor deberá decidirse en el próximo congreso que organiza la federación autonómica para renovar a los hombres y mujeres que pilotarán la nave en una etapa que podría simbolizar el principio del comienzo de la retirada del molt honorable. Y aquí Ábalos tiene mucho que decir, porque tiene la oportunidad de acercarse un poco más a la Ejecutiva saliente.

Y aquí Ábalos tiene mucho que decir, porque tiene la oportunidad de acercarse un poco más a la Ejecutiva saliente.

El equilibrado ecosistema de simbiosis entre el PSPV y el PSOE les da frutos a corto plazo, e incluso las discrepancias personales que afloran de vez en cuando le permiten a Puig contraponerse a Sánchez y Ábalos para evitar una imagen de sumisión al socialismo español, cosa que neutraliza las pretensiones de Oltra de erigirse, a ella y su partido, como únicas voces valencianas tanto en la terreta como en Madrid. Mientras el sanchismo reine, el puigcismo también lo hará, y viceversa, porque aunque se detesten, en la política no hay amigos o enemigos, tan solo «compañeros de partido».