De Fadesa a Martinsa: la lenta agonía del promotor más ambicioso

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Han hecho falta siete años para que Fernando Martín acabe por enterrar un proyecto inmobiliario demasiado grande en el que se embarcó en el peor momento

Fernando Martín, expresidente de Martinsa Fadesa.

A Coruña, 24 de diciembre de 2014 (16:37 CET)

Un viaje de ida y vuelta a Madrid en menos de quince horas, con cena incluida que se prolongó hasta las tres de la madrugada, sirvió a Manuel Jove para cerrar la venta de la inmobiliaria familiar que había levantado, Fadesa. Se hacía al final con una cotizada el promotor y operador de suelo Fernando Martín, que había saltado a la palestra pública por su efímero paso por la presidencia del Real Madrid. Esta es la historia de una agonía.

El vallisoletano había dejado el club merengue en abril de 2006. Meses después, en septiembre, se celebraba la amigable cena que cerró la etapa de Jove en Fadesa y, de paso, le convertía en uno de los empresarios con mayor liquidez de España. Desde entonces, Fernando Martín inició un viaje sin retorno que toca ahora a su fin, con la banca acreedora preparando el canje de deuda por acciones, tras haber superado en 2011 la mayor suspensión de pagos conocida hasta entonces en España.

El olfato de Jove

Muchos eran los que se preguntaban en aquel final de verano de 2006 cómo y por qué había decidido Manuel Jove soltar lastre y vender Fadesa, tras haberla sacado a Bolsa dos años antes tras un par de intentos fallidos. La crisis, en aquel año, ni se intuía: no había apenas indicadores adelantados (consumo de cemento, dentro del sector inmobiliario, por ejemplo) que anticipasen un cambio de tendencia. La burbuja estaba en lo más alto. Y a lo más alto quería llegar Fernando Martín, una operador de éxito con desarrollos urbanísticos en la periferia de Madrid, donde acumulaba importantes bolsas de suelo, pero sin la proyección empresarial que le podía dar una cotizada.

En los años del apalancamiento alegre, Jove encontró "un chico", como así lo definió en alguna ocasión ante su empleados, comprometido en el momento de la operación a mantener plantilla y sede en A Coruña, como así ha sido en cuanto al domicilio social, pero que escondía un carencia imperdonable en el mundo de los negocios: una ambición tal que nublada los sentidos. Y ese fue su pecado.

Del concurso al declive

En julio de 2008, con la crisis ya instalada en la economía española, y sin margen para poder refinanciar una deuda superior a los 7.000 millones que ya había sido renegociada con la banca, Fernando Martín presenta la suspensión de pagos de Martinsa. Un juzgado de lo Mercantil de A Coruña tramitó el concurso, y si algún protagonista brilló en esos años fue su titular, Pablo González-Carreró Fojón, que asumió sin apenas medios tamaño proceso.

De la complejidad del concurso, y lo mucho que se torció todo da muestra un dato: el 70% de las deudas comunicadas al juzgado no casaban con la contabilidad de la que entonces era Martinsa-Fadesa. Y la puntilla la dieron las nuevas tasaciones, que redujeron de un plumazo en más de 3.000 millones la valoración de los activos de la compañía.

Laberinto sin final

En 2009, la inmobiliaria llevaba un año en el laberinto y decidió fiar su suerte a la venta de activos y a una recuperación del mercado que nunca llegó. En aquel momento, Martinsa era la mitad de lo que que su activo decía antes del concurso de acreedores.

La aprobación del nuevo convenio ató de pies y manos el margen de Fernando Martín para poder llevar las riendas de la compañía, aunque los administradores habían logrado devolver a la inmobiliaria a una situación patrimonial positiva. La capitalización de deuda fue una de las opciones manejadas para salir del concurso. Quienes no aceptasen convertir sus créditos en capital, establecía el convenio, cobrarían en 2023. No ha hecho falta llegar a ese año. En aquel momento la banca acreedora sentenció al empresario: "Es hora de que Martín demuestre que sabe gestionar", dijeron al unísono cuando en 2011 superó el concurso. El tiempo se ha encargado devolver al vallisoletano a la más cruda realidad.

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