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El trío de jóvenes que triunfa con Jinn, una aplicación de reparto a domicilio, sufre una revuelta de repartidores a los que retribuyen con tarjetas prepago

Madrid, 21 de julio de 2017 (05:55 CET)

Los fundadores de Jinn, los jóvenes triunfadores que salieron España para comerse al mundo con Jinn App, una aplicación de reparto de mercancía a domicilio, han incendiado Londres por las condiciones laborales a las que someten a los repartidores.

Los fundadores de Jinn (genio, en árabe) cautivaron a los fondos inversores con su talento y habilidades al recibir más de 6,5 millones de euros en una sola ronda de inversión el año pasado. El fondo español Samaipata, del fundador de La nevera roja, José Del Barrio, inyectó los millones confiando en la capacidad del equipo y las potencialidades del negocio.

Pero el éxito financiero se ha topado con la realidad de la calle. Un grupo de trabajadores rodeó de forma intimidatoria a León Herrera Sáez-Benito, uno de los tres fundadores, en la entrada de sus oficinas en la City. Le reclamaron las rebajas de tarifas y los retrasos en los pagos. Los repartidores, en su mayoría inmigrantes, reprochan que la cadena los trata como esclavos y les recorta las condiciones de forma retroactiva.

Herrera, graduado con los otros cofundadores de la universidad de Richmond, escuchaba, circunspecto, los gritos y los reclamos de una veintena de repartidores. Sin dejar de mascar chicle, dijo que su empresa siempre había pagado de forma puntual y amenazó con llamar a la policía.

Pero el video, publicado en Youtube, desvela el momento en el que Herrera Sáez-Benito saca las tarjetas prepago con las que la empresa retribuye a los repartidores. Este tipo de tarjetas son utilizadas por las empresas que mantienen a inmigrantes en plantilla sin documentación para abrir una cuenta bancaria. Es decir, a “sin papeles”. Es el lado oscuro del triunfo de Jinn y, por extensión, de la nueva economía que ya ha dejado otros escándalos como la huelga en Deliveroo.

Los repartidores de Jinn en Londres se quejan por infrasalarios y recortes con carácter retroactivo

Los trabajadores de Jinn, ahora sin salario base garantizado, pueden llegar a cobrar apenas 1,75 libras (unos 2 euros) la hora, una cantidad ínfima en Londres y muy por debajo del salario mínimo legal en Reino Unido (1.396 euros al mes). El escándalo ha llegado a las páginas de The Guardian y Business Insider.

Este diario contactó con la empresa por varias vías para la elaboración del reportaje, pero no recibió respuesta. 

Los conflictos llegan a España

El exitoso modelo de negocio, liderado por el joven Mario Navarro, fue desarrollado por el trío elogiado en el mundo emprendedor. Uno de ellos, Joseba Mendivil, ha explicado que la idea inicial era llevar cualquier cosa a casa: desde unos auriculares hasta cualquier capricho diario. Pero, para su propia sorpresa, la comida de Mc Donald’s terminó siendo lo más demandado y así la compañía se ha convertido en un competidor más de empresas como Deliveroo o Glovo.

Entonces, el modelo de negocio terminó adquiriendo una forma completamente diferente a la prevista. Jinn no tiene acuerdo con restaurantes y ningún local les otorga comisiones. El pago lo asume, de forma íntegra, el consumidor, según explican fuentes cercanas a la compañía. Así, un ceviche en un restaurante étnico en Madrid de 10 euros puede costar en Jinn 19 euros, por los gastos de envío.

“Repartían nuestra comida usando nuestros logos. Vienen a comprar como particulares y luego lo llevan a casa del cliente. El problema es que al no tener personal o estructura suficiente, la comida llega fría y los clientes nos reclamaban a nosotros. Nos quejamos, le dimos un ultimátum y retiraron nuestros logos”, explica un empresario de la restauración.

Los restaurantes hablan de Jinn: "Al no tener estructura suficiente, la comida llega fría y los clientes nos reclaman a nosotros"

Varias compañías se han quejado por el mismo motivo. Mc Donald’s ha confirmado a este diario que obligó a Jinn a retirar sus logos en su página web, dado que no tienen ningún tipo de acuerdo comercial. “Lo hicimos para evitar la confusión del consumidor”, explican desde la multinacional.

Las quejas por la comida retrasada o que nunca llega no cesa. Las cuentas en las redes sociales de la compañía están llenas de mensajes de consumidores airados. En el mundo emprendedor, algunos inversores consultados por este diario no terminan de entender las cualidades excepcionales que el mercado ha otorgado a este proyecto.

“Es la típica empresa Me too (yo también). Es decir, la copia de modelos comerciales ya existentes sin ningún aporte original”, explica un inversor que pidió mantener su nombre en el anonimato. “Sus fundadores tienen fama de talentosos, pero tal vez su juventud los ha llevado a buscar resultados rápidos a costa de comportamientos poco éticos o reprochables. Aunque tal vez hay algo que yo no vea y que ha hecho que gente del sector meta tanto dinero allí”, añade.

Los emprendedores se defienden. Aseguran que los conductores no son sus empleados ni están obligados a aceptar sus pedidos. La excusa, similar a la de Deliveroo, no tiene demasiado calado y corroe la imagen de la empresa española que voló alto para conquistar Reino Unido pero que parece haberse estrellado contra su propia avaricia.  

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