El talón de aquiles del campo catalán: en caso de crisis, solo podría producir cuatro de cada diez alimentos
Un informe elaborado por Pimec i el Col·legi d'Economistes de Catalunya advierte acerca de la baja autosuficiencia alimentaria de Cataluña y concreta que sería incapaz de abastecer con recursos propios más de la mitad de la demanda en caso de bloqueo del comercio con el exterior
El actual escenario geopolítico cada vez es más convulso. En este contexto, Pimec y el Col·legi d’Economistes de Catalunya han advertido sobre el bajo grado de autosuficiencia alimentaria de Cataluña, en el informe que han elaborado de forma conjunta ‘El sector agroalimentario catalán ante los retos globales del siglo XXI.
Precisamente, una de las principales conclusiones del estudio es que, ante una situación de crisis, el campo catalán no podría producir los alimentos necesarios para dar respuesta con sus propios recursos a la demanda de los consumidores de la comunidad autónoma, lo que evidencia una «elevada dependencia alimentaria».
Baja autosuficiencia alimentaria
El análisis se pregunta cuál sería la capacidad del sector agrícola catalán ante un bloqueo de las comunicaciones desencadenado por una guerra, una huelga de transporte o una pandemia, que impidiese el comercio con el exterior. La tasa de autosuficiencia alimentaria de la comunidad autónoma, que mide la respuesta del campo en este tipo de situaciones, evidencia que únicamente podría producir el 40% de los alimentos.
Uno de los motivos que explica la escasa capacidad de autoabastecimiento del sector agrícola catalán son las características físicas de la región. Cataluña cuenta con unas «reducidas» dimensiones, al disponer de una superficie de 32.000 kilómetros cuadrados, pero representa un territorio «altamente poblado», con unos 8 millones de habitantes.
Además, un grueso considerable de los terrenos que la conforman son montañosos, lo que dificulta la producción agrícola «competitiva». De hecho, según concreta el análisis, la comunidad autónoma cuenta con un 20% de su territorio situado a más de 1.000 metros de altitud, mientras que más de la mitad de los terrenos tienen una pendiente superior al 20%.
El cóctel de factores provoca que la superficie para el cultivo sea considerablemente reducida y represente poco más del 25% del total, una cifra que dista del 63% que abarca la superficie forestal. Al realizar el cálculo por cápita, se desprende que la superficie disponible para el cultivo es de 0,11 hectáreas por habitante, por debajo de la media europea, que asciende a 0,21 hectáreas por habitante.
A todo ello, conviene sumar la climatología. La comunidad autónoma se caracteriza por unas precipitaciones medias que difieren notablemente en función de la localización, pero también por la «existencia cíclica de grandes periodos de sequía», una situación que se está agravando con el paso del tiempo por los efectos del cambio climático.
Radiografía del campo catalán
El sector agroalimentario catalán aporta el 4% del Producto Interior Bruto de la comunidad autónoma, según los datos recogidos en el análisis, que también desgrana que Cataluña dispone de 850.000 hectáreas cultivadas. La mayor parte corresponden a cultivos de secano, con casi 553.000 hectáreas, mientras que las plantaciones de regadío superan levemente las 283.000 hectáreas.

El 35% de las tierras de regadío representan el 70% de la producción agrícola catalana, si bien la cifra varía en función de los precios y las condiciones meteorológicas, concreta el análisis. Los cereales se coronan como el alimento más producido en el campo catalán, al representar el 41,15% de la producción y concentrar más del 59% de la superficie. También destaca el peso en la producción agrícola de la fruta fresca y los cítricos, así como las flores y plantas ornamentales.
El futuro del campo
Más allá de la baja autosuficiencia alimentaria y la alta dependencia de importaciones estratégicas, el informe advierte acerca de la fragmentación y la dimensión reducida de gran parte de las explotaciones catalanas, lo que «limita la competitividad». También alerta acerca del peligro del envejecimiento de los campesinos y la falta de relevo generacional a la que se enfrenta el sector, así como la vulnerabilidad ante los efectos del cambio climático.
Entre las principales debilidades del campo catalán menciona, asimismo, las desigualdades en la cadena de valor que penalizan las explotaciones pequeñas, el déficit de digitalización y baja adopción de las nuevas tecnologías, pero también las dificultades para acceder a financiación, especialmente en el caso de las pequeñas empresas.
Por ello, el informe considera que el futuro del campo catalán pasa por la integración de energías renovables para diversificar ingresos y reducir emisiones, la internacionalización y apertura a nuevos mercados y la apuesta por nuevos modelos de distribución.