Cambio climático: actuar sin alarmismos

El mensaje que se da, simplificando hasta la distorsión, es que, si hoy por la tarde paramos de emitir dióxido de carbono, el clima dejará de calentarse mañana a primera hora

Cambio climático: actuar sin alarmismos

Un oso polar camina por una isla barrera tras alimentarse con los restos de ballenas de Groenlandia cazadas legalmente durante la pesca anual de subsistencia que se realiza en la localidad de Kajtovik, en el estado de Alaska (Estados Unidos). Debido a que el cambio climático transforma las condiciones de su hábitat natural, osos polares convirtieron el pueblo de Kaktovik en su refugio particular. EFE/Jim Lo Scalzo

Sospechamos que la pandemia debe de estar en remisión porque ya se vuelve a hablar del cambio climático. La industria de la tertulia, que lo mismo opina de asuntos epidemiológicos, reformas constitucionales o de la conveniencia política o moral de ampliar un aeropuerto, necesita siempre de una catástrofe a la que agarrarse. Y nosotros, también.

Y es que también sobre un asunto científico bastante complejo como el cambio climático se pontifica con la vehemencia y previsibilidad que prescribe el argumentario político de turno. Sin embargo, una mirada más detenida sobre el asunto nos permite descubrir que es un ámbito lleno de matices que se obvian, quizás por dogmatismo, por activismo o por simple ignorancia.

Lo primero que hay que entender es que el fenómeno del cambio climático es mucho más complejo de lo que parece. Toda la gente “buena” está de acuerdo, una vez finiquitado el paréntesis político-circense de Donald Trump, que el apocalipsis climático se acerca. Por suerte, la solución es simple: dejar de emitir gases de efecto invernadero (GEI) muy rápido y sin dilación. Desafortunadamente, la realidad es más compleja.

«El clima responde a un sistema extremadamente complejo y caótico, en el que cada elemento está conectado con otros muchos, que todavía no se entiende del todo en la actualidad»

En la comunidad científica hay consenso efectivamente en que las temperaturas de la superficie de la tierra se han incrementado desde 1880; que los humanos estamos añadiendo GEI a la atmósfera y que los GEI calientan el clima. Sin embargo, no hay consenso en el porcentaje de ese calentamiento que es debido a los humanos; cuánto se calentará el planeta durante el siglo XXI, cuán peligroso es ese calentamiento y cómo debemos responder al mismo sin perjudicar el bienestar y la vida de las personas.

El clima responde a un sistema extremadamente complejo y caótico, en el que cada elemento está conectado con otros muchos que tienen influencia entre ellos de una u otra forma, que todavía no se entiende del todo en la actualidad. Esta complejidad no se suele exponer, quizás por no aburrir, quizás para concienciar. Pero el mensaje que se da, simplificando hasta la distorsión, es que, si hoy por la tarde paramos de emitir dióxido de carbono, el clima dejará de calentarse mañana a primera hora.

Como parte de esta simplificación del problema también nos encontramos con una sobredimensión del mismo, el tratarlo como si fuera lo único importante. Merece la pena recordar que hace poco más de un año las portadas de publicaciones de prestigio, así como los informes de consultoras de alto nivel, destacaban como principal y más inminente peligro para la sociedad y las empresas el calentamiento global. A nadie se le pasaba por la cabeza la posibilidad de una pandemia.

El cambio climático es sin duda una amenaza, pero no hay que perder la perspectiva: en la era preindustrial no había calentamiento, pero tampoco había esperanza de vida más allá de los 40 años. El mayor villano medioambiental de los últimos 20 años, China, es el mismo que gracias a este desabrido abuso energético ha sacado a 100 millones de personas de la pobreza.

«Uno de los objetivos prioritarios en este siglo XXI debería de ser el de mejorar el bienestar de las personas»

Por otro lado, muchas de las soluciones que se plantean desde las trompetas del apocalipsis climático para reducir drásticamente la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI) son peores que la enfermedad. Al abordar el problema del calentamiento global, debemos recordarnos a nosotros mismos que el clima no es un fin en sí mismo y que no es el único problema al que se enfrenta el mundo ni desde un punto de vista social ni ambiental.

Uno de los objetivos prioritarios en este siglo XXI debería de ser el de mejorar el bienestar de las personas. Las prioridades de los gobernantes de los países en crecimiento (China, con un 27% de las emisiones; India, con un 6% de emisiones), se hallan en obtener el mayor bienestar posible a sus ciudadanos, más que en evitar que la temperatura suba dos grados. Pero incluso en Europa sin ir más lejos, estamos conociendo casos de empresas que cierran por lo poder hacer frente a la subida del precio de la energía. En este sentido, muchas de las políticas climáticas que se intentan imponer a países en desarrollo que legítimamente quieren alcanzar los niveles de bienestar que disponemos nosotros son injustas e irreales. Para enfrentar este reto necesitamos grandes consensos multilaterales pragmáticos, realistas, y que sean aceptables para todos.

Un enfoque basado en soluciones que no tenga en cuenta otros aspectos más que la emisión de GEI (como la política o las leyes de la física) puede ser contraproducente (esta semana se dio a conocer que en la verde Alemania el carbón ha sido la fuente de energía dominante en 2021), además de desviar el foco de problemas actuales como la contaminación y la degradación de los ecosistemas. Poco se habla, por ejemplo, de la cantidad y del impacto local que tiene la obtención de los minerales para la fabricación de baterías y paneles solares, elementos clave de la propuesta transición energética.

Las opiniones apocalípticas venden, gustan y nos hacen parecer más listos. También son útiles: ante la falta de datos o argumentos una visión negativa siempre parecerá más sólida. Pero la realidad es que, seguramente, acabemos saliendo de esta. El número de personas que fallecen a causa de fenómenos climáticos, como sequías o inundaciones, ha descendido consistentemente a lo largo de los últimos 100 años un 97%. Este dato es todavía más representativo si tenemos en cuenta que en ese espacio de tiempo, la población se ha cuadriplicado. De hecho, aunque el último informe del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos Sobre el Cambio Climático) es criticado por dar una mayor importancia a escenarios climáticos extremos cuya probabilidad es muy baja, en ningún caso utiliza palabras como «peligroso», «crisis» o «catástrofe». Si bien este mismo informe ha detectado un aumento en los incendios y las olas de calor, no lo ha hecho respecto a fenómenos más graves como las inundaciones, sequías o tornados.

El cambio climático causado por el hombre es real y debemos actuar de forma pragmática y eficiente, pero aplicando el principio de precaución. En España, antes de trabajar en soluciones globales a un problema en el cual nuestro impacto es limitado (España emite un 0,7% de los GEI mundiales) podemos enfocarnos en trabajar en soluciones locales que podrán ser exportadas a otros países, lo que multiplicaría su efecto positivo. Tenemos una asignatura pendiente con la gestión de residuos (más del 5% de las emisiones de GEI nacionales), la gestión de los montes y la de los recursos hídricos.

Por último, hay que asumir que el clima (con o sin humanos) no es estable y que habrá cambios y que estos tendrán que ser enfrentados y gestionados de una forma adulta y sin caer en el alarmismo.

Hace dos siglos, Thomas Malthus preconizaba el fin del mundo en razón a que el exceso de población acabaría con los recursos. Su predicción quedó finalmente en nada, al no haber contado con una revolución científica que multiplicó los recursos disponibles. Los humanos tenemos milenios de experiencia en resolver los problemas que la naturaleza nos plantea. Y es que no hay que subestimar el poder de la ciencia, la tecnología y el debate sosegado para mejorar las cosas.

Antonio Roade