El camino de José Antonio
Si algo he entendido mirando hacia atrás es que no soy el resultado de una genética afortunada ni de un golpe de suerte; soy el resultado de una cadena de decisiones incómodas
Puesto de Mando Avanzado RAPTOR en el operativo de San Juan 2026 en A Coruña. Radiospectrum
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Nací en Caracas en 1964, aunque casi nadie lo sabe cuando me presento como gallego de A Coruña. Mis padres, Fernando y Carmen, se conocieron en las fiestas de San Roque, en Celanova, antes de que él emigrara a Venezuela buscando lo que media Galicia buscaba entonces fuera: un futuro que aquí no aparecía. Con ocho meses de vida, volví con ellos a una España que todavía arrastraba las heridas de la Guerra Civil y el peso de una dictadura. No lo recuerdo, claro. Pero cargo con ello igual, porque esa decisión —emigrar, ahorrar, volver— es la primera lección de negocio que recibí sin que nadie me la explicara: si tu tierra no te da oportunidades, las buscas fuera, trabajas, y vuelves con algo que aportar. Mi padre no tuvo subvención ni plan de ayudas. Tuvo un billete de barco y la determinación de no volver con las manos vacías.
Crecí en A Coruña con dos abuelos gallegos a cada lado de la mesa: los de Celanova, Consuelo y Paco, y los de Porrás, Carballedo, en Lugo. Las historias de mi abuelo sobre Venezuela y las de mi abuela sobre las fiestas de su pueblo no eran nostalgia de sobremesa, eran mi primer manual de supervivencia: el que se queda quieto esperando que alguien le resuelva la vida, se queda quieto para siempre. El que se mueve, aunque sea a miles de kilómetros, construye algo. Esa fue la Galicia que me formó, no la de la queja, sino la del emigrante que se deja la piel y vuelve a levantar una casa.
Me tocó vivir de cerca el final del franquismo y el arranque de la Transición, con apenas once años en 1975. No fui protagonista de nada, era un crío, pero sí fui testigo de algo que marcó mi forma de pensar para siempre: un país entero decidiendo, de golpe, que el futuro no se lo iba a regalar nadie, que había que construirlo entre todos, con debate, con esfuerzo y con no poca incertidumbre. Esa mezcla de miedo y ambición colectiva es la misma que veo hoy, cuarenta años después, en cualquier autónomo que monta su empresa sin red de seguridad, o en cualquier ayuntamiento que decide, por fin, invertir en tecnología en lugar de justificar por qué no puede permitírsela.
De aquella infancia gallega me quedó también otra pasión menos épica pero igual de determinante: a los doce años empecé con la radioafición, trasteando frecuencias, entendiendo que la tecnología no era un juguete, era una herramienta para comunicar, para coordinar, para salvar situaciones cuando todo lo demás fallaba. De ahí a la seguridad y la emergencia, y de ahí a cuarenta años después seguir recorriendo España con Radiospectrum, no hay tanta distancia como parece. Sigo siendo el mismo crío con el dial en la mano, solo que ahora el aparato se llama RAPTOR 102 y en vez de escuchar frecuencias, coordino drones y videovigilancia para ayuntamientos que no pueden permitirse otro apagón de información en una emergencia real.
Si algo he entendido mirando hacia atrás es que no soy el resultado de una genética afortunada ni de un golpe de suerte. Soy el resultado de una cadena de decisiones incómodas: emigrar cuando tocaba, volver cuando tocaba, invertir en formarme cuando nadie me lo pedía, montar empresa cuando lo razonable era buscar un empleo fijo. Mis padres no esperaron ninguna paguita para salir adelante en Venezuela, y yo no he esperado ninguna subvención para sacar adelante Radiospectrum durante cuatro décadas. Esa es la herencia real, no la sentimental: el trabajo y el ahorro como único plan de pensiones fiable.
Hoy, cuando escribo sobre mediocracia, sobre tecnología como inversión y no como gasto, sobre la meritocracia que este país tiene pendiente, no hablo desde la teoría. Hablo desde Caracas 1964, desde A Coruña, desde una radio de onda corta a los doce años y desde treinta años de facturas, impagos y contratos ganados a pulso. El camino de José Antonio no ha sido una línea recta ni un relato bonito de superación. Ha sido, simplemente, la aplicación tozuda de lo que mis padres me enseñaron sin pronunciar un discurso: nadie viene a salvarte, así que muévete.
¡Se me tecnologizan!