La Estrella, una cocina original

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C/ Ocata, 6 www.rst-laestrella.com 93-310-27-68

14 de febrero de 2014 (19:29 CET)

La Estrella es el resultado de 90 años de historia barcelonesa en las inmediaciones de la estaciones de Francia y de Cercanías. Tras la desaparición de ambas, aquel rincón ha dejado de tener tránsito, es un lugar tranquilo. Por allí no se va a ningún sitio. Es algo parecido a lo que sucedió cuando el vecino mercado central fue trasladado a Mercabarna y el Born se tuvo que transformar.

Tiene un prestigio merecido entre los aficionados a la buena mesa, está fuera de los circuitos publicitarios y desde hace unos años no para de ampliar su clientela, pese a que por su ubicación podría haber dejado de existir hace tiempo.

La simplicidad

El propietario, nieto de quien montó en 1924 un local para aprovisionar a los viajeros del ferrocarril y que luego transitó por varias vidas, ha encontrado una buena fórmula. La cocina es original y se basa en una materia prima muy seleccionada, de buena calidad y sin sofisticaciones.

La línea conductora del trabajo de Pepi, cocinera y esposa del propietario, es la sencillez. Las espumas, cremas, mouses y demás resultados de aplicaciones tecnológicas solo aparecen en los postres. Hay un contraste curioso entre la naturalidad de los platos y la locuacidad y teatralidad de Jordi, dueño y maître, el encargado de cantar las especialidades de la casa.

Los vinos

Los vinos mantienen la coherencia de la cocina. Hay denominaciones de origen de toda España, si bien lo que abunda es el producto catalán. Y no necesariamente las marcas más conocidas.

La carta refleja un trabajo de búsqueda de vinos en su mayoría de gama media baja que no encarecen demasiado la cuenta, pero que dan garantía y siempre ofrecen algún punto de interés. Aunque cargue el doble, que suele ser un poco menos, no salen caros.

No tiene medias botellas. Lo puede servir a copas, y cambia la oferta con frecuencia. Me ofreció la posibilidad de beber un Vinya Janine, de Tarragona, del 2002. Gracias a que lleva un 50% de cabernet sauvignon había sobrevivido todos estos años en la botella, aunque estaba a punto de acabar su ciclo potable. Jordi se lo había comprado al productor a buen precio para darle una salida rápida. (Ya se ve que es negociante.) Y acertó: estaba bueno y no era caro, tres euros el trago.

La Estrella podría pasar perfectamente por un restaurante de pueblo, por una fonda fina: techos altos con vigas de madera pintados en azulón, luces dirigidas a las mesas que iluminan los platos, pero que dejan el local como en penumbra, incluso al mediodía. Una barra y algunos muebles antiguos.

Intimista

Música tranquila –Aute, Sabina- que habla de la edad y los gustos de los propietarios. El local tiene capacidad para una cuarentena de personas en un espacio intimista que gobierna el matrimonio con un par de ayudantes y que los días de agobio refuerza con los hijos.

La carta no es muy amplia, pero merece la pena estudiarla. No hagan como yo, que me dejé llevar por mis lecturas en internet y pedí lo que me cantó Jordi con su verborrea culinaria. Luego, la cuenta me sorprendió. Hay más platos en el recital del maître que en la carta, y además él los hace más atractivos con sus detalladas explicaciones, aunque se olvida de los precios.

Todo el pescado procede del Delta del Ebre y es verdad, como dice Jordi, que tanto los mejillones como los canyuts que comí de entrantes son difíciles de encontrar al norte de las Casas de Alcanar. Por cierto, estupendos. Los primeros estaban hechos al vapor con un aliño suavísimo, mientras que las navajitas iban acompañadas de una salsa con frutos secos muy singular.

Arroz con galeras

Pero, claro, di por sobreentendido que estaba pidiendo un plato que combinara ambos moluscos, no dos entrantes. Y así me los encontré en la cuenta. El error, probablemente, fue mío, porque de segundo pedí un arroz meloso con galeras y alcachofas que me supo a poco de tan rico que estaba. Jordi debió pensar que optaba por tres entrantes en lugar de un primero y un segundo, cuando en realidad mi objetivo era dejar sitio para el postre.

Junto a esos tres platos excelentes, los garbanzos con salsa de gambas y muselina de ajos gratinada también son muy apreciados por la clientela. Tienen cinco bacalaos, uno de ellos relleno de txangurro y pil-pil de pistacho. Otras ofertas originales son el carpaccio de pies de cerdo con langosta o la pasta brick rellena de solomillo y roquefort.

No hay ningún postre escrito. Jordi los canta todos: desde la tarta tatin, el tiramisú, el chocolate de cinco texturas a los helados, muy imaginativos. Los hay de violetas, de wasabi, de queso de cabra, de cactus. Me decanté por el de “tofe de la abuela” con sal. Delicioso. No me arrepentí pese a las calorías de más que aportaba. Y para terminar un buen café El Magníficio, servido en su punto. Pagué 64 euros, me salió caro; aunque la cuenta media ronda los 50.
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