Ada Colau, la semana pasada en una rueda de prensa. EFE/Marta Pérez

Ada Colau descubre la vieja política en su camino a la reelección

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El visto bueno de las bases a la apuesta de Colau por retener la alcaldía de Barcelona completa la conversión exprés de los comunes al realismo político

Barcelona, 15 de junio de 2019 (04:55 CET)

Cuando, en noviembre de 2017, el partido de Ada Colau, Barcelona en Comú (BComú), dejó en manos de sus bases la decisión sobre la continuidad del PSC en el Ayuntamiento, la alcaldesa y el resto de la cúpula de los comunes se escondieron. La votación, en la que podían participar no solo los militantes, sino cualquiera de los cerca de 9.500 simpatizantes registrados previamente en la web de la formación, se saldó con una patada a los socialistas, que fueron expulsados sin miramientos del ejecutivo sin que Colau dijera ni mu.

Este viernes, en cambio, esas mismas bases avalaron con claridad la apuesta por volver a formar un gobierno de coalición con los de Jaume Collboni (PSC). Entre las dos consultas ha transcurrido poco más de un año y medio, pero la forma de proceder y la decisión tomada ahora por los comunes, que constituye una tardía enmienda a aquella expulsión de los socialistas, indican que los cambios que se han producido en ese intervalo de tiempo han sido tectónicos.

La encrucijada de los resultados electorales —victoria de Ernest Maragall (ERC) por menos de 5.000 votos y oferta de Manuel Valls de ceder a Colau los apoyos necesarios para ser alcaldesa si pactaba con el PSC—, ha sometido a un intenso test de estrés a los comunes.

El partido de Colau se ha visto frente a un dilema aún mayor que aquel al que les empujó a exigir la expulsión de un PSC señalado como cómplice en la aplicación del artículo 155 en Cataluña. Un dilema que se ha resuelto finalmente con un esperable ejercicio de realpolitik. Se completa así completa la maduración exprés de una fuerza política creada hace apenas cinco años y que hasta ahora había nadado y guardado la ropa en todo lo referente al proceso independentista a base de mantener una calculada ambigüedad que ha acabado saltando por los aires cuando lo que se ha puesto en juego era el mantenimiento de la alcaldía.

El cambio operado ahora a favor del pragmatismo político y en detrimento de la pureza ideológica por los comunes no se constata solo al comparar los resultados de una y otra consulta, sino también en el contraste entre las muy distintas formas con que la dirección de BComú, empezando con la propia Colau, afrontaron ambas, la de hace año y medio y la de ahora. Y que, por supuesto, influyeron en dichos resultados.

La Colau de hace dos años

En 2017, en plena resaca del convulso octubre catalán, ni antes ni después de la consulta quisieron Colau ni el resto de su ejecutivo revelar públicamente el sentido de su voto. Primero, dijeron, para no influir en la decisión de las bases. Después, porque alegaban que esta ya estaba tomada y todos en la formación la asumían como propia.

Colau, que había revelado que en la consulta independentista del 9-N, en la que se formulaba una doble pregunta, votó sí-sí; que, antes del 1-O avanzó que votaría y que estaba entre la abstención y el sí a la independencia, y que había hecho bandera de la transparencia, se negaba a revelar cual era su postura en una decisión tan crucial como la de mantener o romper el bipartito que ella encabezaba.

Por eso, cuando Valls puso encima de la mesa sus votos “gratis” para evitar que Barcelona tenga un alcalde independentista, una de las dudas que surgieron fue si la alcaldesa, llegada la hora de la verdad, aprovecharía finalmente su liderazgo —y lo pondría a prueba—, para marcar el camino a seguir, o, por el contrario, volvería a esconderse.

Y, esta vez, aunque se tomó su tiempo, finalmente no solo tomó partido, sino que la dirección de los comunes, con ella al frente, dedicó el antes y el durante de la consulta a hacer proselitismo sin descanso de la opción escogida: la de conservar la alcaldía, aunque fuera asumiendo esa oferta de Valls que el independentismo e incluso parte de su propio electorado tacha de mefistofélica.

Colau se vacía para ganar la consulta

Colau envió un vídeo de casi 14 minutos a todos los inscritos en el registro y que, por tanto, podían votar en la consulta y dedicó el viernes por la mañana a dar entrevistas para explicar por qué se decantaba por pactar con el PSC y preservar la alcaldía.

Muchos de sus concejales electos se significaron recibieron la instrucción de seguir sus pasos: la teniente de alcalde en funciones Janet Sanz también se explicó en los medios; Eloi Badia, concejal en funciones de Presidencia, Agua y Energia y del distrito de Gracia, publicó un artículo en Crític defendiendo la decisión; Jordi Martí, hasta ahora gerente municipal  y que concurrió a los comicios del 26-M como número 5 de la lista, anunció en Twitter que también votaba por Colau, y otros pesos pesados de los comunes, como el exnúmero dos de Colau y ahora diputado Gerardo Pisarello, abogaron igualmente en las redes por que Colau conservara la alcaldía y pactara con el PSC. Nada que ver con el mutismo con el que hace 19 meses se afrontó la consulta en la que las bases dictaron la expulsión de los socialistas.

También es cierto que los comunes tuvieron tiempo de lamentar aquella ruptura con el PSC, que les dejó más solos que nunca en su último año y medio de mandato, porque los mismos partidos independentistas que le empujaron a romper con los de Collboni, incluido ERC, lejos de ensayar ningún acercamiento, optaron por aprovechar la mayor debilidad del ejecutivo para acentuar la labor de desgaste del mismo que siempre caracteriza el año preelectoral.

Colau y las opciones a debate

Pero, teniendo su peso, no es ese factor el definitorio a la hora de explicar el cambio de tercio. No. Los comunes tenían otras dos opciones, además de la escogida, y los costes políticos de ambas eran probablemente mayores. O, al menos, así lo cree la cúpula de la formación y, por lo visto, también sus bases. Una, incorporarse a un gobierno de coalición con ERC, y otra, quedarse en la oposición.

Esta última ni siquiera se le llegó a plantear a las bases, porque habría supuesto renunciar a gobernar y relegar a Colau a un papel meramente secundario en el Ayuntamiento, un papel para el que la alcaldesa, que se ha caracterizado por ejercer un hiperliderazgo personalista tanto en el consistorio como en el seno de los comunes, sería claramente un error de cásting.

Además, si hablamos de nombres, y tras la renuncia de Xavier Domènech a la política activa y la larga crisis que arrastran, también de resultados, Colau es el único activo electoral verdaderamente potente que le queda a los comunes también en el conjunto de Cataluña.

Si dejarla en la oposición municipal habría sido dilapidar ese activo, en el seno de la formación también se asume que relegarla al papel de número dos de Maragall en un gobierno con ERC que tendría un perfil marcadamente soberanista podía suponer quemarla a ella y quemar la marca. Algo doblemente preocupante con unas probables elecciones catalanas anticipadas asomando por el horizonte y que podrían llegar a final de año o principios del que viene.

Colau y la vieja política

Por supuesto que formar un nuevo bipartito con el PSC ungido con el beneplácido de Valls también tendrá costes. Pero, por un lado, el aval de las bases supone un plus de legimitidad y un refuerzo para Colau y su equipo. Y, por otro, también en eso BComú se ha abonado a una de esas normas de la vieja política que se ve que siguen valiendo para la nueva: la de que, puestos a desgastarse, mejor hacerlo gobernando que viendo los toros desde la barrera. Al final, resultará que los comunes se parecen más a los demás de lo que ellos mismos creían.

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