Puigdemont y Rahola, juntos en un acto en 2017, cuando el primero era presidente de la Generalitat. EFE/Alejandro García
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Los principales líderes de opinión soberanistas se instalan en el desánimo y en las críticas a los partidos tras la crisis de la Diputación

Iván Vila

Economía Digital

Puigdemont y Rahola, juntos en un acto en 2017, cuando el primero era presidente de la Generalitat. EFE/Alejandro García

Barcelona, 13 de julio de 2019 (04:55 CET)

La crisis entre Junts per Catalunya (JxCat) y ERC ha alcanzado esta semana niveles nunca antes vistos esta legislatura, ni siquiera cuando se produjeron los dos encontronazos más graves que hasta ahora habían enfrentado a los socios que integran el gobierno de Quim Torra: el de los amagos de investidura de Carles Puigdemont y el de la suspensión del expresident y el resto de diputados del Parlament procesados por el Supremo.

Que la propia Elsa Artadi, una de las figuras más significadas del sector de los posconvergentes más afín a Puigdemont, advirtiera a principios de semana que la relación entre ambas formaciones, y con ella el anhelo de unidad independentista, había “tocado fondo”.

La percepción de Artadi es esta vez generalizada entre el independentismo. No solo JxCat y ERC admiten abiertamente que ni hay unidad ni se la espera, no solo la Assemblea Nacional Catalana (ANC) ha puesto el grito en el cielo. Esta vez, también la opinión publicada más inveteradamente independentista ha dejado de lado las lecturas en positivo de la crisis de turno que muchos de los opinadores que la integran han convertido en marca de fábrica. Esta vez, la magnitud del choque y de las contradicciones que han aflorado con la política de pactos post 26-M es tal que no hay discusión.

En la tertulia 'La Plaza' de esta semana, se aborda la crisis entre ERC y JxCat por la Diputación de Barcelona:

El pesimismo de Rahola

“Mientras el unionismo sabe dónde quiere ir, y cuáles son sus prioridades, el independentismo ni es capaz de consensuar una hoja de ruta de mínimos, que planifique los  próximos pasos” y “solo es capaz de mostrar puro tacticismo”, se lamentaba Pilar Rahola en su artículo de este viernes en La Vanguardia, que se cierra con un diagnóstico nada halagüeño para los intereses del independentismo: “El resultado final es brutal: el PSC no ha sufrido ningún desgaste por su apoyo al 155, ERC y JuntsxCat están en plena guerra de barro, y la gente, en la calle, no entiende nada. El espíritu del 1 de octubre es, hoy por hoy, un alma en pena”.

Rahola, que tiene hilo directo con Waterloo, pronosticó primero que Puigdemont sería restituido al frente de la Generalitat, y después que el pasado 2 de julio el expresident tomaría posesión de su escaño como europarlamentario, así que su talante optimista está fuera de discusión. De ahí que sea tan significativo el pesimismo que exhibe ahora. De ahí y de su capacidad de influencia: Rahola dispone de columna diaria en el diario del grupo Godó y de un inmejorable púlpito en TV3, donde interviene habitualmente tanto en Tot es mou, el magazine diario de tarde, como en Preguntes Freqüents (FAQS), el programa estrella que la cadena reserva para el sábado noche, así que como influencer independentista, no tiene rival.

Desencanto entre la opinión publicada

Rahola no es la única desencantada entre los más referenciales opinadores independentistas a machamartillo. El director del digital Vilaweb, Vicent Partal, admite ahora que “es evidente que desde el día después del Tres de Octubre [de 2017] ERC y Junts per Catalunya han perdido el norte y viven más pendientes de hacer daño al otro que no de hacer lo que debería por el bien de todos. Y ahora sabemos que son capaces de hacerlo incluso cuando hacer daño al otro implica hacértelo a ti mismo. Ayer [por el jueves] Junts per Catalunya y el presidente Puigdemont se hicieron mucho daño a si mismo cegados por la frustración que les causa el intento de Esquerra de acorralarlos y negarles constantemente el pan y la sal”.

Partal, de todos modos, se muestra más esperanzado que Rahola. Para él, el independentismo no puede reducirse “a aquello que son y hacen los partidos políticos”, y “el conflicto entre España y Cataluña ya está en un estadio tan avanzado que, la batalla es tan aguda y las posiciones tan imposibles de cambiar, que incluso desde el agujero más profundo donde nos puedan meter nuestros políticos se vislumbra claramente la única salida posible de este infierno que ellos también tienen que sufrir: la separación de España”. Lo que no plantea el artículo es quién va a vehicular esa salida si los partidos se quedan hechos unos zorros.

Hay más líderes de opinión independentistas instalados en el pesimismo y la crítica lacerante a JxCat y ERC. Como Salvador Cardús. En septiembre del año pasado, pronosticaba en su Twitter: “Los que piensan que esto de la independencia va para largo, que procuren no hacer planes para los próximos ocho o diez meses. Que no se diga que no avisamos”. Este viernes se cumplían 10 meses de ese mensaje, y un usuario de la misma red social le recordó a Cardús su tuit con un irónico: “Palomitas no por favor”.  El sociólogo y escritor encajó la pulla: “Cierto. Pero era difícil imaginar que serían tan burros. Habrá que esperar un poco más”.

“Me pregunto dónde está el espíritu del 1-O. Necesitamos recuperarlo. Y urgentemente. Porque mientras tanto, con capítulos como este, tenemos la independencia que nos merecemos”, espetaba también esta semana en uno de sus artículos diarios el director de El Punt Avui, Xevi Xirgo, uno de los periodistas que forman parte del entorno más cercano a Puigdemont.

Al coro de voces hay que sumarle también,claro, la de la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, que, el jueves, cuando se consumaba el pacto en la Diputación que ha hecho resurgir el fantasma de la sociovergencia, pedía “que la gente no caiga en el desánimo”, aunque admitía que “es muy difícil” porque “esto desanima y desmotiva muchísimo a la base que sustenta a los partidos independentistas”. De ahí su “toque de atención”, advirtió Paluzie.

Sucede, eso sí, que la influencia de la ANC, principal palanca independentista en la sociedad civil durante el procés, también cotiza a la baja: el jueves, no consiguió arrastrar ni a 200 personas a la protesta que convocó frente a la Diputación. Si JxCat y ERC han desencantado a sus votantes, la capacidad de movilización de la Assemblea para ejercer de Pepito Grillo y guardián de las esencias del independentismo ya tampoco es la que era. Y, con la parroquia desmotivada, esa estrategia de movilización permanente convertida en el último clavo ardiendo al que, con Torra y Puigdemont al frente, se aferra el soberanismo, cada vez se antoja más difícil de sostener.

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