Los candidatos a la Generalitat de Cataluña. EFE

Una campaña con “malas putas” y “esfínteres dilatados”

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La campaña electoral del 21-D está marcada por los ataques de personalidades del 'procés' contra los partidos constitucionalistas

Barcelona, 14 de diciembre de 2017 (04:59 CET)

Todo un profesor de universidad recurre a la dilatación de esfínteres para descalificar al candidato electoral socialista. Núria de Gispert, expresidenta del Parlament de Cataluña y exconsejera de justicia de la Generalitat, le pregunta públicamente a la líder de Ciudadanos por qué no vuelve a Cádiz, negándole su catalanidad. La forma en la que muchos secesionistas avalan la condición de traidor de Santi Vila es aludiendo a sus orientaciones sexuales.

Hay más ejemplos de la enfermedad que anida en una parte de la sociedad catalana. Si se comportan así personas con relevancia pública, ¿qué no estará ocurriendo en las cañerías de la campaña electoral? Un cómico de cabecera de la televisión pública catalana habla en Twitter de Inés, “la mala puta”, en alusión difícilmente encubierta a quien encabeza la lista en las encuestas de preferencia del electorado catalán.

¿Qué está ocurriendo en Cataluña?

Son hechos protagonizados por personas que por su posición deberían pensar dos veces en decir estas barbaridades. No son unos locos anónimos de los que proliferan en las redes sociales. Personas ilustres, para nada desarrapados en la marginalidad, que debieran ser ejemplares en sus comportamientos cívicos, enseñan su verdadera naturaleza homófoba, supremacista o xenófoba sin que sus actuaciones tengan consecuencias en el universo al que pertenecen. El problema esencial no son los que insultan, son más bien todos los que callan o aprueban en silencio.

Los ataques a los constitucionalistas en redes sociales no son de anónimos, sino de caras reconocidas del soberanismo

En ninguno de estos casos ha salido una fuente autorizada del procés a repudiar esos comportamientos. Y por el invisible rechazo que provocan entre los enfervorizados seguidores del independentismo, pudiera deducirse que esas conductas han pasado a formar parte del imaginario colectivo de quienes han optado por extender patentes de buenos y malos catalanes. Una sociedad quebrada, rota con difícil recomposición porque el odio trufa la disputa política.

He leído con mucho interés un artículo de Ignacio Morgado Bernal, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, en el diario El País, titulado “radiografía del odio: cómo combatirlo”. Una de las conclusiones que anota el autor es que el odio tiene mala cura, que se refuerza en la afirmación colectiva y pública y que el anonimato y la impunidad en las redes sociales extiende su progresión.

Hemos conocido grandes tragedias que explotaron desde la instalación del odio en las sociedades. En muchas ocasiones, el odio es la raíz de la explosión de la violencia. Y casi siempre se ejerce contra “los otros”, los diferentes.

Las mayores tragedias de las sociedades tienen como denominador común el odio 

Una de las más grandes explosiones de brutalidad de la humanidad, el Holocausto, fue posible únicamente desde la semilla del odio hacia los judíos como causantes máximos y últimos de la decadencia de la sociedad alemana. Una sociedad sustentada en el supremacismo y afirmada gracias al señalamiento inequívoco de un enemigo exterior.

Aquello sucedió gracias a la extensión del odio como tecnología política del nazismo.

Parece que no hemos aprendido demasiado

No es una hipérbole. Sacar a colación una de las mayores tragedias de la historia no tiene como objetivo la deslegitimación del independentismo como posición política legítima, sino advertir sobre sus derivas tóxicas. Los populismos son difícilmente controlables porque cuando se asientan acaban por tener vida propia. Mejor no jugar.

No se puede insistir más en la excepcionalidad que se vive en Cataluña. No está en los manuales de ciencia política que haya una conjunción entre los gestores y representantes de las instituciones democráticas, partidos políticos parlamentarios y organizaciones de masas para establecer un golpe organizado contra una legalidad constitucional. Justificar un desvarío de esa naturaleza implica necesariamente comportamientos extremos. Se ha instalado la mentira como arma política y la exclusión como método de diferencia.

La mentira se ha instalado como arma política

Casi todos los especialistas demoscópicos apuntan a un bloqueo político entre dos mitades aparentemente irreconciliables. A pesar de todos los fracasos y de los perjuicios objetivos en la sociedad catalana, los secesionistas insisten –ojalá fuera solamente una apuesta retórica- en la legitimidad y vigencia de su apuesta secesionista unilateral, sin reglas y sin apoyos jurídicos ni internacionales. Apelan a la negociación sobre lo innegociable. Hechos consumados apoyados en mayorías exiguas sin garantías. Un trágala secesionista para los catalanes que se sienten también españoles.

Ahora mismo, es imposible establecer un pronóstico sobre los resultados del 21-D que pueden batir records de participación en una sociedad movilizada y polarizada como nunca. El horizonte solo vaticina un punto muerto que puede conducir a una repetición electoral.

Hay un bloqueo en cualquier posibilidad de dialogo. Unos, no reconocen la legalidad vigente como marco de negociación. Hablan de presos políticos, no reconocen que España sea un país con poderes independientes, han terminado por declararse, implícitamente al menos, antieuropeos y han definido el oportunismo como regla para no aceptar ningún planteamiento que se ciña a la legalidad española o europea para aceptar los resultados de una disputa al margen de las normas políticas establecidas.

Hay un bloqueo a cualquier posibilidad de diálogo

Denuncian la falta de legalidad y legitimidad de la convocatoria electoral pero ya están dispuestos a impugnar sus resultados si no logran sus objetivos.

Intentar manejar esta situación con criterios racionales es un reto casi imposible porque enfrente están dispuestos a casi todo. Declaran ante el juez que acatan la legalidad solo para evitar la acción de la justicia que no reconocen más que como represalia.

Pretenden que son castigados por sus ideas y no por sus actos delictivos. Y tienen muchos seguidores que juegan y aceptan esas reglas. Quienes no lo hacen son traidores o, como poco, malos catalanes.

No hay autocrítica en el comportamiento de los líderes del 'procés'

Intento encontrar autocrítica sincera en el comportamiento de los líderes del procés. Pero la confesión sobre sus errores es puramente exculpatoria porque, como en las grandes sectas, el fin supremo, en este caso la independencia, es un bálsamo que perdona todos los errores y todas las tropelías.

Solo desde estos parámetros se puede explicar la presencia de “esfínteres dilatados” y “malas putas” en el escenario de esta campaña electoral.

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