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Refugio imperial, cementerio alemán y sabor a pimentón: así es el pueblo más bonito de Extremadura
El lugar que Carlos V escogió para retirarse convive con un inesperado cementerio de aviadores de la temida Luftwaffe alemana en uno de los pueblos más bellos de España
Monasterio de Yuste. Foto: Helita Vialás.
Cuando, en 1555, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico renunció a la corona reinaba sobre una amalgama de territorios tan vasta en la que nunca se ponía el sol. Y de entre todos los lugares de España, Países Bajos, Alemania, Italia y América a su disposición escogió, para pasar sus últimos meses, un remoto rincón de la remota Extremadura: Cuacos de Yuste.
Ni suntuosos palacios ni imponentes castillos; ni su Gante natal ni la corte de Augsburgo ni, mucho menos, alguno de los centros de poder españoles que, en aquel momento, eran Valladolid o Toledo. El rey escogió la comarca de La Vera, al noroeste de Cáceres, a donde llegó tras un último viaje de más de 550 km y cinco meses desde Laredo (Cantabria) que hoy se conmemora con una ruta turística y todo tipo de celebraciones y recreaciones históricas.

Una zona en las faldas de la Sierra de Gredos que, pese a estar marcada desde aquel momento al título de refugio imperial, guarda muchas sorpresas que van desde uno de los pocos cementerios alemanes que existen en España al hogar del que, sin duda, es uno de los sabores icónicos de Extremadura (y España): el pimentón de la Vera.
Callejuelas y balcones floridos, arquitectura verata y fuentes entre valles atravesados por gargantas de agua que modelan el paisaje completan los atractivos de Cuacos de Yuste, uno de los pueblos más bonitos de Extremadura.
Cuacos de Yuste
Carlos V durmió su última noche de viaje en Jarandilla, en el Palacio de los Condes de Oropesa que hoy es un hermosísimo Parador nacional.
Antes de buscar su última morada en un palacio que mandó construir adosado a un monasterio jerónimo, nos detenemos en el pueblo de Cuacos de Yuste, de origen medieval y catalogado como conjunto histórico-artístico desde 1998.

Con el típico trazado verato de calles estrechas y sinuosas con regueras para canalizar el agua, arrancamos la visita en la Plaza de España, una plaza porticada con una fuente central, rodeada de edificios con plantas baja en piedra y entramado de madera en los pisos superiores rematados por voladizos (en muchos de los cuales es posible atisbar las ristras de los famosos pimientos con los que luego se elabora el pimentón secándose).
Por la calle Entrefuentes se asciende a la plaza de don Juan de Austria, curiosa no solo por deber el nombre al hijo natural del monarca, que llegó al pueblo con 12 años como Jeromín para conocer a su padre y que pasaría luego a la historia como héroe de Lepanto y gobernador de los Países Bajos españoles.
Además, la plaza, que se asienta sobre una enorme roca de la que brotan una higuera y una fuente, sorprende también por su diseño que la asemeja a un teatro al aire libre con su graderío y su escenario, cerrado por soportales de casas señoriales.

Uno de estos edificios, en el que que habitó de niño Juan de Austria, es hoy la sede de la Mancomunidad de la Vera y puede visitarse para conocer detalles de su arquitectura tradicional, así como de la elaboración del afamado pimentón de la Vera.
En toda la localidad, que cuenta hoy con poco más de 800 vecinos, se pueden descubrir casas nobles con detalles decorativos que parecen fuera de contexto aquí y que más bien recuerdan a la arquitectura flamenca, como la del escribano Rafael Castaño, del siglo XVI, con sus ventanas con arcos de piedra.
Siguiendo la calle santa Ana hay que pararse en la iglesia de la Virgen de la Asunción, en la zona que en tiempos ocupase el barrio judío de la localidad. En una mezcla de estilos, la parroquia destaca por un órgano fabricado en Amberes que llegó aquí procedente del monasterio de Yuste.

Por último, antes de dar cuenta de la gastronomía verata en alguno de los restaurantes de Cuacos como La Abadía de Rubén Hornero, hay que pasar también por la famosísima plaza de la Fuente de los Chorros, todo un emblema para el pueblo.
El refugio del emperador más poderoso del mundo
Fuera del casco urbano, a un par de kilómetros por una serpenteante carretera, encontramos el lugar transformado para siempre por la decisión del emperador. Y es que el retiro en Yuste del rey situó en la historia un pequeño monasterio jerónimo, un lugar austero de recogimiento y fe al que Carlos V anexionó un palacio en el que residió un total de 20 meses, de febrero de 1557 a septiembre de 1558.


Basta pasear por las estancias y enfrentarse a la silla de madera, con su pata extensible para la pierna con gota del rey y el pobre acolchado, para comprobar que su último retiro estuvo alejado de cualquier pompa y glamour.
Ladrillo, mampostería y sillería son los sencillos materiales que conforman el palacio en el que el rey se hizo construir unos aposentos -conocidos como Cuarto Real– con vistas al altar mayor de la iglesia, de estilo gótico tardío y hoy adornado con un gran retablo, para poder escuchar misa desde la cama, se llevó libros y cuadros del que era su pintor favorito, Tiziano.
También se construyó una terraza con vistas al bellísimo paisaje de La Vera, así como a la huerta y jardines del monasterio, con un amplio estanque que servía tanto para el riego como para que el rey pescase y que aún hoy desprende paz y quietud.

Entre las decenas de curiosidades asociadas al lugar, que relatan los guías locales, descubrimos que, pese a todo su poder, Carlos V no logró ser enterrado bajo el altar mayor de la iglesia de Yuste como quería, sino que descansa en el Panteón de los Reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde lo envió su hijo Felipe II, heredero de la Corona Española.
El monasterio original, fundado por los jerónimos entre 1408 y 1414, fue reducido a cenizas por los franceses durante la Guerra de la Independencia y reconstruido en los años 50 y actualmente forma parte de Patrimonio Nacional. Además, el monasterio es sede de la Academia Europea de Yuste, cuya misión es descubrir y mostrar la obra cultural europea mediante la puesta en marcha de numerosas actividades, entre las que destaca el Premio Europeo Carlos V que han recibido Jacques Delors, Jorge Sampaio, Simone Veil, Angela Merkel, Mario Draghi o Josep Borrell, entre otros.
Un cementerio de aviadores alemanes
Muy cerca del monasterio encontramos otro de los grandes enigmas que rodean Yuste: un cementerio militar alemán. En total, 26 soldados de la Primera Guerra Mundial y 154 de la Segunda, especialmente pilotos y tripulantes de la fuerza aérea (Luftwaffe) cuyos restos reposan es un espacio de 4.000 metros cuadrados.

La incógnita se revela con una placa que explica cómo en los años setenta del siglo XX el gobierno alemán, por iniciativa de la RFA, decidió reunir en un único lugar los cuerpos de los soldados, aviadores y marinos alemanes abatidos en España en las dos grandes contiendas del siglo XX.
Las obras se iniciaron en 1980 y el cementerio fue inaugurado en 1983. No deja de resultar sorprendente encontrar, entre el frondoso verde del lugar y a miles de kilómetros de Alemania, esta colección de cruces idénticas de granito negro que siguen siendo homenajeadas cada segundo sábado de noviembre.