Alberto Carcas, el Amancio Ortega barcelonés

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El dueño del grupo de gimnasios de lujo Arsenal es un empresario muy parecido al cabeza del imperio textil gallego. Adopta todas las decisiones del grupo y controla personalmente cada una de las piezas de los centros deportivos

Alberto Carcas en una imagen de 2007

25 de abril de 2011 (20:52 CET)

Sólo se ha publicado una fotografía suya una vez, en la revista del grupo Arsenal y tras muchas súplicas del personal que realiza la publicación. “La tenemos guardada bajo llave y nunca nos ha permitido volver a usarla”, explican a Economía Digital fuentes de los gimnasios de lujo nacidos en Barcelona. Alberto Carcas es un empresario con un perfil parecido al todopoderoso Amancio Ortega. Empezó su carrera profesional en 1973 abriendo el club masculino Cambridge. Un centro deportivo de 600 metros cuadrados con tres socios más. Él tenía la idea, los otros el capital.

Estudió empresariales y le gustaba el deporte. Cuando salió de la Universidad de Barcelona se decidió a “trabajar en una cosa que me gustase”. Valorando el lujo como una verdadera oportunidad de negocio en el ambiente que se respiraba en la capital catalana en ese momento, cuatro años después inauguró un segundo gimnasio sólo para mujeres, la Escuela de Educación Física Elisenda. “Y he seguido”. Sólo, sin los “carteristas”, tal como califica a sus antiguos socios.

Ahora, el grupo Arsenal es un referente de los centros deportivos de lujo en Barcelona y Madrid. Y él lo controla todo. El encargado de la recepción del centro masculino de la calle Pomaret, la primera cara que ven los clientes al entrar en el gimnasio, se presenta como “su secretario”. Tiene sus oficinas en la calle Muntaner, pero el refugio “para pensar” de Carcas está situado en una de las alas del centro de la zona alta de la Ciudad Condal.

Aficionado a los trenes

Una sala de reuniones con una sola mesa sin el lujo que se respira en el resto de las instalaciones, a pesar de las fotografías de la beautiful people colgadas al principio de la habitación. Nada de famosos salidos de algún Gran Hermano. Mientras “piensa”, puede jugar con los trenes que tiene allí. También se ha llevado a la calle Pomaret sus figuras de caballeros medievales talladas en madera. Y las fotografías de la familia, aunque ocupan un lugar discreto de la sala.

En esos escasos ocho metros cuadrados se toman todas las decisiones del grupo. Siempre con la agenda (tamaño XXL) abierta y atiborrada de citas. No ha abrazado las nuevas tecnologías, ni siquiera cuenta con un smartphone. Desde dentro del grupo aseguran que sólo él entiende lo que ha escrito en el calendario. De hecho, el propio Carcas gestiona su tiempo casi sin intermediarios. El modelo Arsenal que defiende es Alberto Caracas al 100%. Puede hablar desde las grandes cifras de negocio a la marca de jabón que ofrece a los clientes. Y no le caen los anillos si se tiene que dirigir personalmente a algún socio. “Pero no quiero que mi cara sea conocida”, afirma tajante.

Empresarialmente hablando, todos los pasos que da los estudia hasta la saciedad. De forma personal, aunque le gusta hablar en plural. “Es muy difícil que improvisemos, miramos todos los pros y contras”. Esto no quiere decir que no cuente con un equipo de profesionales a su alrededor, pero las decisiones las toma él. Es Carcas quien determina en última instancia “lo que será más conveniente para el grupo mirando por su seguridad”. No le gustan los riesgos, aunque asegura que buscar “los mínimos es difícil”. Así que cuando dice que se encuentra “en el final de la etapa en España” y que ahora toca irse a otro país seguro que cruzarán las fronteras. Eso sí, “a medio plazo”.
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