Cara de tonto

Cierto es que la actual relación con el Gobierno central no ayuda en nada, pero también hay errores propios achacables a nuestra falta de visión y, por qué no decirlo, a esa asumida capacidad estoica de soportar la lluvia que tanto se nos adjudica, “se chove, que chova”

Fotograma de Lawrence de Arabia, dirigida por David Lean

Fotograma de Lawrence de Arabia, dirigida por David Lean

Hay películas que marcan una época a pesar de tratar sobre otra anterior. Una de ellas, sin duda, es Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), aquella obra maestra que fascinó a Spielberg y le hizo decidirse, en su Cincinnati natal, a ser director de cine. En ella, el jeque Auda abu Tayi (interpretado por el mexicano Anthony Quinn) le dice a un oficial inglés, “dé gracias a Dios, Brighton, porque cuando le hizo tonto le dio cara de tonto”. Hay efigies que ya facilitan el aviso por parte de quien lo provoca. Y, últimamente, estamos muy servidos.

El Síndrome del Campeón

Somos muy condescendientes con el error, quizás porque podamos cometerlo en algún momento y esperamos que los demás lo sean también con nosotros. Además, existe esa bondadosa explicación que atribuye mayor posibilidad de aprendizaje a través de los errores y no mediante los aciertos. Nada más lejos de la verdad pedagógica. De los errores se aprende si, considerándolos como tales, no se vuelven a cometer. Esto es, lo que en román paladino se denomina aprender. Sin más.

En el psicoanálisis, se nos ofrecen, conscientemente, dos síndromes de enorme interés para clarificar la función del error. El Síndrome del Triunfador y el Síndrome del Campeón, muy aplicables, por cierto, en el mundo del deporte. Por el primero, se describen aquellas personas que, llegando a un lugar destacado, no logran mantener esa posición y consiguen boicotearse constantemente generando un fracaso posterior debido a la falta de asimilación del triunfo inicial. Este desarreglo se combina, habitualmente, con el Síndrome del Campeón, esa incapacidad para saber asimilar los logros obtenidos por haberlos conseguido indebidamente o por falta de preparación para gestionar el éxito. En definitiva y con formato de sabiduría popular que siempre resulta más difícil mantenerse que llegar, vaya.

Industrializar Galicia

En la actualidad, la economía gallega se haya aquejada de estos dos síndromes. Por una parte, llevamos ya varias décadas asistiendo casi impasibles al desmontaje de logros empresariales reseñables con raíz gallega: la desaparición traumática y no resuelta parlamentariamente todavía de las cajas de ahorro gallegas, hábilmente aprovechado por un inversor con mayor visión de futuro; la desaparición de las compañías energéticas patrias con sus consecuencias actuales más directas; la pérdida de empresas industriales dejando como un erial zonas importantes con mano de obra especializada; una cada vez más restada competitividad del naval y así un sinfín de traspiés que dejan bastante en evidencia nuestra falta de capacidad para mantener. Parece algo que nos aqueja atribuible al anteriormente descrito Síndrome del Campeón

. Barreras de nuevo en pie de guerra; la encarnizada lucha fratricida entre proveedores de Inditex que ya se ha ido cobrando víctimas mientras tanto; el hundimiento de Alu Ibérica, la antigua y ya fenecida Alcoa; el cambio de manos de empresa punteras y competitivas a gestores con criterios estrictamente empresariales y, como no, de riguroso control

Y ya más cercanamente, estamos siendo víctimas de la conjura con el otro síndrome, el del Triunfador. Presenciamos así y muy llevados de la mano por las portadas de este mismo diario económico digital, el siguiente desmantelamiento, aquel que aqueja a los aleñados de los proveedores, niveles 1 y 2, de los dos grandes polos de atracción y desarrollo industrial existentes en Galicia, Inditex y Stellantis. Cada día más, los negros nubarrones de la falta de reacción, nos van resultando muy cercanos

Cierto es que la actual relación con el Gobierno central no ayuda en nada, pero también hay errores propios achacables a nuestra falta de visión y, por qué no decirlo, a esa asumida capacidad estoica de soportar la lluvia que tanto se nos adjudica, “se chove, que chova”. Pues llueve y parece que, últimamente, incluso arrecia. Barreras de nuevo en pie de guerra; la encarnizada lucha fratricida entre proveedores de Inditex que ya se ha ido cobrando víctimas mientras tanto; el hundimiento de Alu Ibérica, la antigua y ya fenecida Alcoa; el cambio de manos de empresa punteras y competitivas a gestores con criterios estrictamente empresariales y, como no, de riguroso control; Vigo en fiestas perdiendo oportunidades con los Fondos Next Generation. En fin, resulta curioso que a pesar del tan atribuido carácter emprendedor y al coraje ante las situaciones difíciles que siempre han caracterizado al sentir gallego, sigamos impávidos pero, eso sí, con mucho sentidiño, ante este segundo desmantelamiento.

De payasos y leones

Pero, como bien cantaban Siniestro Total, otra desgracia más ahora que anuncian separación, menos mal que nos queda Portugal… y Altri. Crucemos los dedos para que el proyecto industrial de crear fibras textiles a partir de la madera no se tuerza gracias a los localismos.

Tres universidades públicas y dos privadas, cinco escuelas de negocio más o menos reconocidas, muchas otras de reciente creación y se nos siguen yendo los jóvenes en una diáspora y emigración modernas, seguramente por las mismas razones que sus paisanos de hace un siglo, la falta de expectativas. Según el Foro Económico de Galicia en un estudio fechado en 2020, alrededor de un 20% de los egresados universitarios abandona Galicia cada año, lo que supone dejar de crear anualmente alrededor de unas 315 nuevas empresas que hubieran permitido absorberlos. Somos una comunidad exportadora de talento; algo no estamos haciendo bien. A ver si Lawrence de Arabia tenía razón cuando sentenciaba, recriminado por otro militar al inicio del film con un “eres un payaso, Lawrence”, a lo que él contestará, “no todos podemos ser domadores de leones”.

Manuel Carneiro Caneda