La contrarrevolución de Donald Trump

Del “Liberte, Egalité, Fratenirté” al “Make America Great Again”: con Donald Trump en la Casa Blanca el cambio de régimen está sucediendo, se está revirtiendo lo conseguido desde la Revolución Francesa.

El presidente de EEUU, Donald Trump

Archivo – El presidente de EEUU, Donald Trump

Señoras, señores, estamos definitivamente asistiendo a un cambio de régimen. La presidencia de Donald Trump ambiciona el desmantelamiento del orden establecido que es considerado corrupto, obsoleto o contrario a los intereses del gobierno Trump.  Comparémoslo, a grandes rasgos, con lo sucedido con la Revolución Francesa (1789) y veamos cómo las similitudes son terriblemente evidentes, pero al revés.

Así, tenemos el ámbito de la legitimidad de la propia acción revolucionaria. En la Francia de finales del siglo XVIII fue la búsqueda de la soberanía por parte del pueblo la que impulsó y aunó el espíritu en torno a ese bien legítimo que ansiaba derechos universales y una constitución para proteger al pueblo frente al rey absolutista. En este caso Trump entiende que su propio partido y más particularmente el movimiento MAGA le confiere la legitimidad necesaria para hacer todo lo que se le ocurra. Acciones que, en ningún caso, son valoradas con otro prisma que no sea el de la conveniencia personal o de unos pocos (empresarios) amigos. Estaríamos, pues, ante una involución clara: el poder llega al pueblo desde el rey absolutista con la Revolución Francesa, y ahora el poder parece volver a un “rey” que decide individualmente y para unos pocos amigos.

Otro elemento de comparación podría ser el de la erosión de las instituciones. La Revolución Francesa pretendía acabar con lo que representaba tanto la realeza como la Iglesia como instituciones del Estado, quería eliminar su poder y su influencia. En este caso la acción de gobierno de Trump está minando el crédito de las instituciones estadounidenses desde dentro, tanto a nivel operativo o de fondos, con sus despidos masivos de la Administración, como a nivel estratégico con su intervención con el nombramiento de jueces (vitalicios) afines y con la cuestionable selección de miembros para su gobierno o la utilización del aparato del Estado para realizar detenciones indiscriminadas y sembrar el terror social mediante el ICE.

Pero como vemos la erosión de las instituciones por parte de Trump va más allá de sus fronteras. Hacia el exterior el gobierno estadounidense nos está atacando con la financiación de partidos antisistema y de extrema derecha y con la guerra económica y arancelaria que tienen como objetivo principal el fin de la Unión Europea. Además, ya no hay legalidad internacional, se activan acciones bélicas y se ataca la soberanía de otros países sin justificación internacional previa y sin buscar el amparo legal internacional.

Un elemento crítico de contrarrevolución es el proceso de búsqueda y otorgamiento de la “verdad”. La ilustración basaba en el método científico riguroso la búsqueda de la verdad. Trump y su gobierno degradan la ciencia al escalón opinático, del todo vale y todo es igual. Para Trump las conclusiones científicas son interesadas (políticas) y según él obedecen a unos fines (políticos) y ante los que se pueden proponer “hechos alternativos”. El desarrollo científico que pretende el conocimiento es suplantado por intereses político-económicos donde todo vale.

La reversión del laicismo del Estado es evidente. La Revolución Francesa consiguió separar el concepto de Estado de la influencia y control que sobre el mismo teníaa la Iglesia. Está claro que Trump está apoyándose en los líderes de las distintas confesiones religiosas para recabar apoyo “divino” y confesional además de electoral, e, incluso, para buscar la legitimación “espiritual” de su mandato. Recordemos la reciente y sonrojante foto de este mes de febrero en el Despacho Oval a modo de imposición de manos sobre el líder “supremo”.

Para Trump el multilateralismo sólo es bueno si sirve a sus intereses (OTAN y el 5% mínimo de gasto en defensa establecido por el gobierno estadounidense). Son numerosas las retiradas de fondos por parte del gobierno de Trump de programas de ayuda internacional argumentando que son terroristas o que no les conviene. O incluso de convenios internacionales como el Acuerdo de París y el cuestionamiento sistemático de la existencia del cambio climático. Trump persigue un “cuerpo a cuerpo” con cada nación, reto para el que se ve ganador: los aranceles no son más que un ejemplo del bilateralismo que ansían los EE UU de Trump, como “negociador-empresario jefe” de la economía mundial.

Mucho cuidado. Trump acaba de avisarnos: “quien quiera petróleo que lo vaya a buscar a Ormuz”. Tras la guerra de Ucrania la UE ha cambiado como socio energético preferente a la Rusia de Putin por los EE UU de Trump. Volvemos a repetir el error. Dependemos, ahora, de los EE UU para llenar nuestros depósitos de gasolina y diésel. Trump lo sabe, y posiblemente no tenga escrúpulos para tensionar a los países de la UE hasta límites antes nunca vistos. O abandonamos los combustibles fósiles o no habrá futuro ni como estados soberanos ni como Unión Europea.

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