Panorama de ser mujer

La mayoría y más importantes diferencias en nuestra especie son de género, es decir, en base al sexo visto desde perspectivas socioculturales; prácticamente desde el nacimiento, la sociedad condiciona a unas y otros, pero sobre todo a ellas, ya que los varones tenemos más opciones y más márgenes de maniobra existenciales

Manifestantes participan en la marcha organizada con motivo del Día de la Mujer, este miércoles en la plaza del Obradoiro, en Santiago de Compostela

Manifestantes participan en la marcha organizada con motivo del Día de la Mujer, en la plaza del Obradoiro, en Santiago de Compostela. EFE/Lavandeira jr

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Tal y como ha demostrado la ciencia, biológicamente no hay diferencias significativas entre mujeres y hombres. Somos seres de la misma especie, donde el sexo define y determina una serie de características, como son las de los respectivos aparatos reproductores o algunas aptitudes de orientación o de inteligencia emocional, en unos casos y otros. Por lo que nada en este orden natural debería llevarnos a ningún condicionante por ser machos o hembras.

De hecho, ahora se sabe que, en nuestra prehistoria, las mujeres también cazaban y participaban en los enfrentamientos entre grupos. Incluso los arqueólogos se han llevado más de una sorpresa a este respecto, como en Escandinavia, al suponer por el boato de una tumba que estaba enterrado un guerrero importante y descubrir que se trataba de una mujer.

Aunque quizás la prueba más evidente de lo que era y lo que es la relación entre géneros pueda referirse a que nuestras primeras divinidades y durante mucho tiempo fueron femeninas, como demuestran las famosas “venus del paleolítico”, entorno a los 15.000 años de antigüedad y algún caso todavía sin confirmar (las venus de Berejat Ram y de Tan-Tan) que han sido datadas entre hace 200.000 y 300.000 años. En ese orden espiritual ha ocurrido esto prácticamente hasta los monoteísmos, que pueden considerarse así y también como otra expresión del dominio y egolatría masculina, imperantes desde entonces entre los Homo sapiens.

La mayoría y más importantes diferencias en nuestra especie son de género, es decir, en base al sexo visto desde perspectivas socioculturales.

Por tanto, desde el pasado más cercano a la actualidad y aunque sea una obviedad, conviene recordar que la mayoría y más importantes diferencias en nuestra especie a este respecto son de género, es decir, en base al sexo visto desde perspectivas socioculturales. Así, prácticamente desde el nacimiento, la sociedad condiciona a unas y otros, pero sobre todo a ellas, ya que los varones tenemos más opciones y más márgenes de maniobra existenciales.

Para empezar, el condicionamiento físico es mucho más determinante para las mujeres, pues la belleza, el tipo o cuerpo van a dictar en gran medida la vida para ellas. Mientras que a los varones eso nos supone, en la mayoría de casos, un factor menos relevante, a las mujeres les suele condicionar enormemente, desde su propia percepción y autoestima, al papel, estatus, trabajo o valía en general. En sus relaciones sociales, en su perspectiva laboral, en su relevancia y movilidad sociales,… resulta que su cuerpo es lo principal o más tenido en cuenta en nuestras sociedades. Como caso paradigmático a este respecto está, por ejemplo, el de la actriz y sex symbol Kim Novak, quien manifestó que lo primero que le dijeron al entrar a trabajar en el cine fue que tenía que saber y ser consciente de que, ante todo, “era un cacho de carne”.

A mayores, para ellas está el tema de la menstruación, algo que nos vuelve a remitir a lo biológico, pero que también se ha convertido en una carga e incluso trauma, dado el “estorbo” que supone en nuestro mundo, que no se ha interesado hasta ahora en tener en cuenta estas circunstancias. Siendo precisamente una de las tomas de conciencia pioneras la que se ha probado recientemente en España, para reconocer la baja laboral por este motivo.

A su vez, esto nos lleva al otro gran hándicap femenino, como es su postura o decisión (cuando la tienen y no les es impuesta) en cuanto al matrimonio y a la maternidad. Desde hace diez mil años, al volvernos sedentarios gracias a la agricultura, la mujer pasó a ser, sobre todo, una (re)productora de hijos. Adscribiendo su papel social al hogar y, desde aquella y hasta ahora, siendo socialmente relegada, como demuestran los recientes hallazgos arqueológicos de diferencias entre dientes masculinos y femeninos, ya que los hombres se han venido llevando la mejor parte, tanto en cuanto a alimentación como en atención sanitaria.

Las hembras pasaron a ser comparativamente vistas como una carga, como se demuestra en que se universalizó el pagar una dote para casarlas

Además está el parir sabiendo las preferencias socioculturales por los vástagos varones, como mano de obra y guerrera y fuente de ingresos, mientras que las hembras pasaron a ser comparativamente vistas como una carga, como se demuestra en que se universalizó el pagar una dote para casarlas. De hecho, en la India aún hoy en día tener una hija está considerado una desgracia y, hasta hace poco, en China el único descendiente permitido debía ser varón. Con el caso extremo del ritual hindú del satí, vigente hasta 1829 y según el cual la viuda prefería incluso inmolarse en la pira del marido fallecido, ya que no podía volver a casarse y debía si no obedecer a la familia del difunto. Y así se podrían enumerar casos como la ablación del clítoris, todavía vigente en algunas culturas, o de cómo las mujeres han servido a veces también de “chivo expiatorio” para mantener el orden social y religioso, perseguidas y quemadas como brujas.

Como resultado de todo ello, la profesión hasta ahora más común entre ellas ha sido la de “ama de casa”; mientras que, relacionado de nuevo con su cuerpo, también se convirtió en mero objeto de deseo sexual, como se sabe por otra de los roles asignados, en esta ocasión la considerada eufemísticamente como “la profesión más vieja del mundo” y que nos ha conducido a una moral, ética y valores deleznables a este respecto, como resulta evidente y vergonzante en el mercado de esclavas sexuales que todavía está vigente, así como en las agresiones sexuales de todo tipo o en la violencia de género.

Otra prueba científica de este panorama de ser mujer la han realizado en el Instituto de Ciencias Cognitivas de Lyon (Francia), mediante una investigación dirigida por el Doctor en Psicología Social y Cognitiva Pascal Huguet que, mediante escáneres cerebrales de resonancia magnética, demostraron que mientras no había condicionamiento alguno y se presentaban indistintamente hombres y mujeres a las pruebas, los resultados eran prácticamente idénticos. Pero al introducir el comentario de que en las siguientes pruebas había diferencias entre ellos y ellas (sin decir en qué sentido), resultó que las féminas se inhibían más y perdían en torno a un 15% de rendimiento con respecto a los varones.

Más de la mitad mundial de la población, la que corresponde al género femenino, vive por debajo de sus aptitudes

Extrapolando este experimento tendríamos que lo que pasa en nuestro mundo y sociedad actuales es que esa percepción estereotipada es la que se está dando, transmitiendo e imponiendo continuamente a las mujeres, desde Algeciras a Estambul… o Singapur. Es lo que estos científicos han denominado “efecto de rendimiento subóptimo”, el cual vendría a suponer, nada más y nada menos, que más de la mitad mundial de la población, la que corresponde al género femenino, vive por debajo de sus aptitudes o, dicho de otra forma, que nuestra especie está perdiendo cantidades ingentes de capacidades, habilidades, talentos, eficacia, etc.

Lo que también me vale para aclarar algo importante sobre la discriminación positiva o cuotas de paridad a favor de las mujeres, que algunos consideran que van en detrimento de la valía o de los méritos personales. Esas personas supongo que cambiarán de opinión si supiesen que ellas tienen ese porcentaje de reducción en sus capacidades simplemente por mandato y costumbre socioculturales; por lo que si realmente quieren igualdad de condiciones, entonces está bien restituir, compensar o dar ventajas a las que sufren y experimentan esa minusvaloración social, involuntaria por su parte.

También, y entre otros muchos hechos, está lo que desde 1993 se conoce en sociología como el “efecto Matilda”, en reconocimiento a la persona y obra de Matilda Joslyn Gage, científica, sufragista y abolicionista, y mediante el que la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter cita varios ejemplos en los que obras de mujeres, desde artísticas a científicas, son atribuidas a hombres. Como en el caso de Trotula de Salerno, una médica italiana del siglo XII, cuyos libros fueron atribuidos a autores masculinos después de su muerte.

Mientras que, por el contrario, aplicando al tema el “efecto Mateo” (por lo de los talentos en el Evangelio), solemos considerar que solo por ser varón se tiene más crédito o reconocimiento, como en el trabajo. Con el caso emblemático del profesor Ben Barres, un neurobiólogo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford, que hizo la transición de mujer a hombre y constató que sus logros científicos se percibieron de manera diferente según el género bajo el cual publicó sus estudios. Un caso no solo paradigmático en cuanto a la estigmatización sociolaboral de las mujeres, sino del panorama en general de ser una de ellas en nuestras sociedades.

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