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Artur Mas se resiste a dejar la dirección del Pdecat, aunque los casos de corrupción están tambaleando los cimientos del nuevo partido

Artur Mas, con Ferran Mascarell y los firmantes del colectivo progresista.

Barcelona, 13 de marzo de 2017 (05:00 CET)

Artur Mas no quiere irse. Considera que no habrá pruebas que demuestren que se amañaban concursos públicos para conceder obra pública a empresas que habían colaborado, préviamente, de forma generosa con Convergència Democràtica.

En el juicio del Palau de la Música las acusaciones de Fèlix Millet y Jordi Montull no han traspasado el cortafuegos que representa el extesorero Daniel Osàcar, pero dos empresarios sí han admitido que el Palau pagaba trabajos a Convergència con facturas falsas. La cuestión es que lo que está en juego es todo un sistema basado en complicidades político-empresariales que deja en una situación insostenible al Pdecat y, particularmente, a Mas.

Mas no se va, porque cree que es una pieza básica en la política catalana. Entiende que, en el transcurso del proceso soberanista, su responsabilidad no le permite dejarlo todo. Y aquí es cuando se le debe recordar, --aunque exista y con todo el derecho y legitimidad un movimiento soberanista que si hace las cosas bien puede tener éxito a medio y largo plazo— que todo lo que lleva haciendo desde que accedió a la Generalitat a finales de 2010 ha constituido un enorme error.

La oportunidad que aprovechó Ferran Masacarell

Claro que no ha estado solo. Algunos intelectuales, que procedían de la tradición del catalanismo federalista, consideraron que con Mas podían tener, de nuevo, un lugar bajo el sol, una oportunidad para influir y completar sus propias evoluciones políticas. Uno de ellos fue Ferran Mascarell, que ha elaborado una reflexión compleja y sólida sobre el catalanismo y la necesidad de que Cataluña tenga, finalmente, estructuras de estado. Mas le escuchó, como lo hizo respecto a otros expertos en la materia, como Ferran Requejo.

Lo que está en juego es todo un sistema basado en complicidades político-empresariales que deja en una situación insostenible al Pdecat y, particularmente, a Artur Mas.

El atrevimiento de esos intelectuales llegó muy lejos. Hasta el extremo de que Ferran Mascarell, consejero de Cultura en ese momento, como apuntó el añorado periodista Agustí Fancelli en El País, le espetó a Mas: “President, estàs fent historia”, en la campaña electoral de noviembre de 2012. Tras la Diada del 11 de septiembre, con una manifestación enorme, Mas decidió el adelanto electoral para tratar de lograr la mayoría absoluta.

Y con aires de Moisés –sigue causando una cierta vergüenza ajena ver de nuevo aquel cartel electoral— Mas se dispuso, alentado por aquellos intelectuales que le suministraron el relato, a hacer historia. Coqueto, sin embargo, le contestaba a Mascarell, en un desayuno con el mundo de la cultura en el auditorio de la Fundación RBA, que sólo se había limitado a “acompañar” a un “pueblo en marcha”. Fancelli, en su crónica, se sorprendía de las palabras de Mascarell, de la evolución del que fuera el director de la revista L’Avenç entre 1979 y 1985.

En el camino, Convergència no existe y el Pdecat peligra

Pues ¡vaya historia! Camino de cumplir cinco años desde el inicio del proceso soberanista, cuando el objetivo de Mas –siempre con el consejo del inseparable Francesc Homs— no era otro que lograr la mayoría absoluta, y no depender del PP –que le había apoyado en los presupuestos de 2011 y 2012—el instrumento político de Mas ha desaparecido. Convergència no existe, y el Pdecat está en peligro.

Puede ser inhabilitado por la organización del 9N, y el tablero político catalán ha saltado por los aires, sin que se vislumbre ninguna salida razonable, y con un movimiento independentista que sigue sin convencer a más de la mitad de la población catalana, la que, por cierto, más ha sufrido la crisis económica y que se corresponde con los sectores populares.

La paradoja es que, además, el expresidente de la Generalitat puede ser fulminado por su propio partido porque ha aflorado el gran mal que se quería superar con tan sólo un cerrar de ojos: la corrupción política, una manera de hacer que resulta ya insostenible.

¡Quelle belle histoire!; un excelente tema de Louis Chedid.

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