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Puigdemont advierte que en ningún momento ha ido de farol y que se celebrará un referéndum, en la línea de Mas, que sacrifica a los suyos como Francesc Homs

Manel Manchón

Economía Digital

Artur Mas intercede con Puigdemont para que no se declare la independencia, lo que daría pie a algaradas en las calles./EFE

Barcelona, 05 de julio de 2017 (05:55 CET)

Un presidente que destroza a su partido, el Pdecat. Ese es el caso de Carles Puigdemont, que puede argumentar que, en realidad, es el presidente de la coalición Junts pel Sí, que incluye al Pdecat y a ERC. O puede admitir, con más precisión, que es también el presidente de la CUP, porque fueron los anticapitalistas los que le votaron en la investidura, tras forzar la destitución de Artur Mas.

El caso es que Puigdemont ha destrozado al Pdecat, que no sabe dónde mirar, con la complicidad del propio Mas, que ya ha sacrificado también a los suyos, y, minado por su inhabilitación y cabreado con el mundo –sigue creyendo que el trato que ha recibido por parte de casi todos es injusto—se ha lanzado a la aventura: un referéndum que se basa en declaraciones de la ONU sobre hipotéticos derechos de autodeterminación, sin valorar que España es a todos los efectos un estado de derecho, una democracia reconocida por sus vecinos, característica ésta no menor, y principal para la suerte de los independentistas.

Mas, minado por su inhabilitación, se ha lanzado a la aventura, sacrificando a los suyos

Puigdemont, que le da la vuelta a todos los argumentos, aseguró en el acto que iba a ofrecer “todas las garantías” sobre el referéndum, en el Teatre Nacional, que “incluso si gana el ‘no’ las cosas serán diferentes”. Son los del ‘sí’ los que están convencidos, y los que acudirían a las urnas, sean legales o no, como hicieron con el 9N. Los posibles votantes del ‘no’, que los hubo el 9N, no están movilizados, ni tienen ningún incentivo en acudir a un referéndum que el Gobierno español no está dispuesto a tolerar.

Lo que ocurre es que Puigdemont no engañó a nadie. Ni ahora ni cuando aceptó el encargo de ser el sustituto de Mas. Y sin nada que perder, y después de repetir todas las veces necesarias que no será candidato a la Generalitat, Puigdemont está dispuesto a jugársela, y lo piensa hacer.

En el Pdecat cunde la perplejidad, tras la destitución del consejero Jordi Baiget. Y se considera que Puigdemont “va desbocado” hacia una derrota severa, porque el independentismo, con mayor o menor intensidad, puede quedar muy tocado cuando el Gobierno comience a recurrir todas las acciones del Govern y lleva a la frustración a una parte importante de la sociedad catalana.

Puigdemont puede decir que no engañó a nadie, y quiere celebrar el referéndum

Pero ya no hay salidas. Con Puigdemont se ha unido Artur Mas, que seguía aspirando a ganar tiempo, con la idea de volver como candidato. Mas ya no escucha a nadie --¿lo hizo en algún momento?—y ha sacrificado a los suyos. Comió con Baiget en un restaurante de moda en el centro de Barcelona, y le consoló por la destitución. Pero pelillos a la mar. El referéndum merece un paso al lado, como el que dio él mismo.

Con Francesc Homs, antes uno de sus preciados alfiles, no cree que tenga que apoyarle. Homs cargó duramente contra Puigdemont, porque cree, como Baiget, que repetir una especie de segundo 9N no sería un fracaso. Todo lo contrario. Supondría a su juicio, un paso adelante para ir logrando más apoyos, de cara a un definitivo referéndum acordado con el Gobierno, cuando se gane musculatura. Pero Mas ya no quiere eso. Aunque distante en las últimas semanas con Puigdemont, entiende que no queda otra, que el Gobierno que instigó su inhabilitación no se merece medias tintas y que hay que echar el resto, pase lo que pase.

El Pdecat está asustado, porque querría tener alguna garantía a partir del octubre

Tanto Puigdemont como Mas buscarán que ese referéndum sea lo más cercano posible a un referéndum –cosa complicada porque todo el proceso carece de las mínimas garantías y Cataluña, se vista como se vista, no es titular del derecho a la autodeterminación—y el 2 de octubre ya se verá. Que salga el sol por Antequera. Eso es lo que hace temblar a la cúpula del Pdecat, pero no sólo a los jóvenes dirigentes, como Marta Pascal o David Bonvehí, sino a los alcaldes más conscientes, a las segundas líneas, a los cuadros y dirigentes también del grupo parlamentario en el Congreso.

El mundo soberanista se ata a sus deseos, y da por hecha una participación superior a los tres millones de catalanes, lo que, si se produce esa votación –sea un remedo o no del 9N—constituirá un problema serio para el Gobierno español.

Lo que desea Puigdemont, en todo caso, y ahí tiene el apoyo también de Oriol Junqueras, el líder de ERC, es poner todos los medios desde el Govern de la Generalitat para realizar el referéndum. Y si no se celebra, que sea porque el Gobierno central ha puesto también todos los medios en impedirlo.

Ahí llega la duda. ¿Puede o no el Gobierno central parar ese proceso antes de que se pongan las urnas en la calle?

Puigdemont ha iniciado, con la destitución de Baiget, y el doble acto de este martes, en el Parlament y en el Teatre Nacional, la verdadera cuenta atrás.

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