Una ruta guiada revela el pasado esclavista de Barcelona

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Hay calles y monumentos que homenajean a empresarios catalanes que hicieron fortunas con el tráfico y uso de mano de obra esclava en sus plantaciones de América

Monumento a Antonio López, en Barcelona. / JP Chuet-Missé

Barcelona, 12 de marzo de 2016 (11:54 CET)

Más allá de las rutas turísticas que muestran la belleza del modernismo o el pasado gótico, hay otras que revelan las caras incómodas de la historia de Barcelona, como la relacionada con la esclavitud

En la capital de Cataluña todavía hay calles y monumentos dedicadas a conocidos traficantes de humanos o empresarios que usaron esclavos en sus fincas del Caribe. No en vano, la ruta "La herencia de la esclavitud en Barcelona" comienza al pie del monumento a Joan Güell y finaliza en el pedestal dedicado a Antonio López. Esta ruta es ofrecida por la Associació Conèixer Història, que la crearon a pedido del Observatori Europeu de Memòries, de la Universidad de Barcelona.

El pasado de Joan Güell

Joan Güell era el padre de Eusebi Güell, el mecenas de Gaudí. Su origen era humilde, e hizo buenos negocios en las plantaciones de América. Un típico ejemplo de 'indiano', que a su regreso reinvirtió su fortuna en la industria textil. "En el caso de Güell, todo apunta que hizo tratos con esclavos, pero no está tan claro, porque muchos archivos sobre estos negocios han desaparecido", dice Oriol López, coordinador del Observatori. Sin embargo, varios historiadores, como el actual vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, confirman esta tesis.

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El negro Domingo

El punto final de la ruta, frente a la sede de Correos, exhibe a uno de los mayores traficantes de esclavos de fines del siglo XIX: Antonio López. El Marqués de Comillas hizo fortuna con el comercio de seres humanos desde África hacia las Antillas. Y Oriol López distingue que este empresario era "traficante" porque "en esa época ya había una legislación internacional que prohibía la compra y venta de esclavos". Precisamente, a este empresario se lo conocía como 'el negro Domingo'.

En estos meses en que el Ayuntamiento de Barcelona pone el empeño en quitar calles o monumentos que realcen al franquismo, también se elevó el pedido para que desmonten el monumento a López y renombren esta plaza de Barceloneta. A fines de julio de 2015, el entonces comisionado de Estudios Estratégicos y Programas de Memoria, Xavier Domènech, se comprometió a impulsar los cambios, pero al día de hoy, el pedestal de homenaje a Antonio López sigue en pie.

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Aunque no figura en el recorrido de la ruta guiada, a pocos pasos del monumento a López se encuentra la Casa Xifré, plagado de referencias masónicas y en cuyos bajos se encuentra el famoso restaurante Les 7 Portes. El edificio había sido construido por Josep Xifré, un importante empresario catalán que también hizo negocio con la esclavitud. Una calle en el barrio de Camp de l'Arpa le rinde homenaje.

Parte de la sociedad

"Durante la Edad Media, los esclavos eran una parte importante de la sociedad, y representaban al 10% de la población", precisa Oriol López. La Plaza Nova, frente a la Catedral, era un espacio tradicional para la compra y venta de personas, que en muchos casos eran prisioneros de guerra o cautivos musulmanes de la Reconquista.

La presencia de esclavos fue decreciendo durante los siglos XVI y XVII, hasta que desaparecieron del territorio español mientras aumentaba la demanda de mano de obra cautiva en las plantaciones caribeñas. "De Barcelona zarpaban algunos barcos que llegaban a África con manufacturas, las vendían, cargaban esclavos y los comercializaban en América", dice López, pero el grueso de este movimiento comercial surgía de Cádiz y, en menor medida, de Santander.

Barcelona acogió algunas manifestaciones abolicionistas, como la que sucedió en 1872 en Plaza Cataluña, "pero en general no era una sociedad crítica con la esclavitud. Y el Gobierno hacía la vista gorda", agrega el historiador.

Finalmente, en 1886 los 25.000 esclavos que quedaban en los territorios de ultramar fueron liberados. La ley se había promulgado en 1880 y se proyectaba una transición de ocho años, pero por las presiones internacionales decidieron adelantar la abolición. Sólo quedaría Brasil, por algunos años más, como el último país esclavista de América.

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