Puigdemont y un independentismo catalán internacionalmente menguante

El problema de que Cataluña no haya encontrado un encaje en el marco de la unión Europea ha llevado a su líder, Carles Puigdemont, a abrazar la ayuda de regímenes autoritarios ante la ausencia de apoyo internacional

Carles Puigdemont en una rueda de prensa en Bruselas el 24 de febrero de 2021, día en que la comisión de asuntos jurídicos de la Eurocámara dio luz verde a levantar su inmunidad parlamentaria | EFE/EPA/OH

Carles Puigdemont amenaza con tomar las calles. Foto: EFE/EPA/OH

El pasado día 19 de mayo Carles Puigdemont afirmó desde su cuenta de Twitter que Ceuta y Melilla eran dos ciudades africanas que pertenecían a la Unión Europea sólo por su “pasado colonial” y que Marruecos tenía derecho a abrir la cuestión de la soberanía de ambas ciudades, que debería ser resuelta mediante el diálogo.

Las palabras fueron convenientemente escogidas para apoyar la postura marroquí sin llegar a afirmar que ambas ciudades sean marroquíes. La respuesta marroquí fue ofrecer asilo político al líder independentista en lo que es el último episodio de una rápida decadencia: un independentismo catalán dispuesto a codearse con cualquier régimen autoritario cuyo dinero o cuya maquinaria de propaganda esté dispuesto a servir de altavoz a un personaje internacionalmente cada vez menos relevante.

Cuando el independentismo catalán generaba simpatías en Europa

Hubo un tiempo en que cada vez que un político de alguna república báltica o balcánica pisaba España y era entrevistado por algún medio español era inevitable preguntarle por Cataluña. Hablamos de los tiempos del independentismo en alza. Y la pregunta solía ser sobre qué haría su país o partido en caso de una declaración unilateral de independencia.

El político de turno normalmente contestaba que, en su experiencia histórica, el rápido reconocimiento diplomático internacional había sido crucial para la supervivencia de la joven y pequeña república enfrentada al poder militar del gobierno central de Moscú o Belgrado. Y que por tanto, su gobierno o su partido se mostraría favorable al reconocimiento diplomático a Cataluña como país independiente y soberano.

El reconocimiento diplomático no es sólo una cuestión simbólica que hubiera permitido abrir embajadas y aceptar pasaportes expedidos por la república catalana, sino que hubiera permitido la firma de tratados internacionales y firmar certificados de usuario final en la compra de armamento. En 1948, ante las reticencias estadounidenses y británicas, fue la república comunista de Checoslovaquia la primera en firmar un acuerdo comercial con el recién declarado Estado de Israel para venderle el armamento crucial para su supervivencia.

Armas para Cataluña

En 2016 el gobierno autonómico de Cataluña quiso hacer una compra masiva de armas y munición que incluía 150 fusiles de precisión de calibres muy peculiares y 4 millones de balas calibre 9 milímetros Parabellum. Incluso con la amenaza del terrorismo yihadista en las calles europeas, la naturaleza de algunas de las armas y la cantidad de la munición resultaba desmesurada y sospechosa, si descartamos el afán de cobrar comisiones de algún intermediario. El asunto no quedó entre los fabricantes y el gobierno catalán, sino que se trató con el Estado español como autoridad suprema y se denegó.

Pero, como veremos, este contexto internacional en el que se miraba con cierta simpatía en Europa las aspiraciones de los independentistas catalanes cambió radicalmente y parece que en el campo independentista no lo entendieron cuando lanzaron su desafío en 2017. El discurso imperante entonces es que una Cataluña independiente tendría un perfecto y automático encaje en la Unión Europea, como país democrático, moderno y avanzado. La “Dinamarca del Sur de Europa” llegó a decir el presidente Quim Torra.

De España, en cambio, se esperaba que usara la fuerza militar, de ahí los repetidos chistes sobre los carros de combate Leopard avanzando por la Diagonal, lo que acarrearía la suspensión del Tratado de la Unión Europea. Lo que pasó por el camino fue la invasión rusa de Crimea. Los “hombrecillos verdes” de Putin cerraron el camino de la independencia catalana.

Del despecho a los brazos de gobiernos autoritarios.

El 27 de octubre de 2017, el día de la declaración de la república catalana que duró 8 segundos, un seguimiento de las declaraciones institucionales en redes sociales de los gobiernos permitió ver un fenómeno curioso. Los primeros mensajes de apoyo al orden constitucional y la unidad de España frente al desafío secesionista vinieron de los países cercanos en lo geográfico o cultural: Francia, Andorra, Portugal, Italia y los países hispanoamericanos.

Pero enseguida se sucedieron los mensajes de una serie de países que dibujaban una geografía peculiar describiendo un arco desde Noruega a Kazajistán, pasando por las repúblicas bálticas y por países como Moldavia. La anexión de Crimea tras un acto de fuerza abría el temor a más cambios de fronteras mediante la visita de “hombrecillos verdes” allí donde hubiera una comunidad rusoparlante o fronteras discutidas. En la Europa posterior a la crisis de Crimea las declaraciones unilaterales de independencia ya no generaban ninguna simpatía.

El cambio de perspectiva sobre la Unión Europea en el campo independentista quedó reflejado cuando Carles Puigdemont declaró en noviembre de 2017 que a lo mejor había llegado la hora de abandonar la idea de Cataluña dentro de una Unión Europea de la que “quizás no hay mucha gente que quiera formar parte”. Una Unión Europea a la que también describió como un “club de países decadentes y obsolescentes”. Cuando tiempo después Puigdemont lanzó su propia plataforma política en 2018, la Crida Nacional, el ingreso de una Cataluña independiente en la Unión Europea había desaparecido como objetivo. La Unión Europea había pasado de ser la solución a un problema.

El apego por Rusia

En 2019, dos años después de la orgullosa afirmación independentista del “mundo nos mira”, un Carles Puigdemont cada vez más marginal internacionalmente aparecía en medios de comunicación rusos para defender el levantamiento de las sanciones europeas impuestas a Moscú por la invasión de Ucrania o insinuar que los valores de la democracia eran ajenos a la OTAN. En aquel año también descubrimos que en 2015 la administración del presidente Artur Mas había preparado una presentación de PowerPoint para pedirle a China 11.000 millones de euros.

Por mucho que la prensa agitara la noticia sobre los millones chinos, podemos sospechar que se trató de una de tantas ideas locas de un independentismo caracterizado por operar desconectado de la realidad. Como aquel invitado al programa “Singulars” de TV3, que ya en 2013 proponía una alianza con China para garantizar la soberanía de una Cataluña independiente a cambio de ofrecer el establecimiento de bases navales en Barcelona o Tarragona.

O aquel empresario que en octubre de 2017, tres días antes de la fallida declaración unilateral de independencia de ocho segundos, le ofreció al presidente Puigdemont un contacto en Rusia para desplegar 10.000 soldados y recibir cientos de millones de euros. La diferencia fundamental entre el independentismo catalán y las fuerzas nacionalistas que impulsaron la independencia de las repúblicas bálticas y balcánicas es que encontraron un orden internacional favorable tras la caída del comunismo.

Estados Unidos se encontró sin quererlo a todos aquellos países haciendo cola para ser acogidos en la órbita occidental. En Alemania, la expansión de la Europa democrática con economía de mercado hacia el Báltico y los Balcanes colmaba vieja aspiraciones geopolíticas en la Mittleeuropa. Las aspiraciones de independencia de un sector de la sociedad catalana no encontraron encaje en el orden internacional actual. A sus líderes les queda por tanto jugar el papel de tontos útiles al servicio de regímenes autoritarios.