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Ría Formosa, el rincón más paradisíaco de Portugal entre lagunas turquesa, playas vírgenes y pueblos marineros
60 kilómetros de lagunas, playas vírgenes, dunas e islas barrera que cambian de forma y color con cada marea hacen de la ría Formosa el destino perfecto
Playas y bancos de arena aparecen y desaparecen en la ria Formosa. Foto: VisitAlgarve.
Hecho de arena y agua, el paisaje de la ría Formosa parece responder al capricho de algún pintor: dunas doradas se derraman en el Atlántico, aguas que cambian del turquesa al verde esmeralda, laberintos de canales y bancos de arena, lagunas y marismas que alojan 140 especies de peces, 300 de moluscos y hasta 20.000 aves acuáticas, playas infinitas e islas desiertas. Una belleza salvaje que se extiende por 18.000 hectáreas y 60 kilómetros de costa y que, en cada marea, cambia para ofrecer una nueva y hermosísima cara.
Al sur de Portugal, frente al Algarve de acantilados, calas rocosas y caprichosas cuevas marinas, la ría Formosa ofrece un paisaje completamente diferente. Con colores que evocan el Caribe o Maldivas, pero mucho más cercano, este paraíso que se extiende entre Faro y Cacela Velha debe su formación a dos penínsulas, Cacela y Ancão, cinco islas barrera -Cabanas, Tavira, Armona, Culatra y Barreta-, y un sistema de dunas que lo protege de los embates del Atlántico, dando lugar así a un ecosistema que cambia constantemente, ocultando y dejando ver bancos de arena y fangos, lagunas de agua cristalina y playas efímeras.

No encontrarás paseos marítimos, hoteles a pie de playa o chiringuitos de moda, pero sí pueblos de esencia marinera, salinas de época romana, barcas de pescadores, pasarelas de madera sobre dunas y kilómetros de playas de arena blanca en el interior de uno de los humedales más importantes de Europa.
Faro, la puerta de entrada a la ría Formosa
Aunque muchos viajeros llegan a Faro únicamente para aterrizar, la capital del Algarve merece algo más que una breve parada. Su ciudad vieja, protegida por murallas medievales, conserva un agradable entramado de calles empedradas, iglesias barrocas y plazas tranquilas que contrastan con el animado puerto deportivo.

Por aquí pasaron fenicios, romanos, visigodos, árabes y cristianos, y cada uno dejó su poso, en muchos casos sobre el mismo lugar, como el antiguo templo romano reconvertido en mezquita durante el período árabe y actualmente la catedral (Sé de Faro), de origen gótico pero como muchos elementos barrocos y renacentistas.
Es precisamente desde el puerto de Faro desde donde parten muchos de los barcos que recorren la ría Formosa. Navegar entre sus canales permite comprender la magnitud de este ecosistema protegido y observar de cerca las salinas, las marismas y numerosas aves acuáticas, entre ellas flamencos, garzas, espátulas o la llamativa gallina-sultana (calamón) con su plumaje de color azul y púrpura brillante.


Olhão, mercados, casas blancas y barcas de pesca
A apenas unos kilómetros aparece Olhão, probablemente el pueblo con mayor personalidad marinera de la zona. Sus casas blancas como pequeños cubos de cubiertas planas tan características marcan el barrio de los pescadores, mientras el puerto y su mercado, enclavado entre dos edificios de ladrillo rojo con más de un siglo de vida (son de 1912) marcan la actividad del día con la llegada de los arrastreros que entregan las capturas: doradas, lubinas, pulpos, almejas y mariscos como ostras y almejas que luego se venderán en los puestos de pescado decorados con azulejos pintados. De hecho, en la ría Formosa se localiza hasta el 90% de la producción de marisco de todo Portugal.

Por eso no hay mejor lugar para disfrutar de uno de los platos estrella de la región: la cataplana, un guiso con pescado o marisco que honra con su nombre al recipiente utilizado en su preparación: un tipo de sartén de cobre o latón con dos mitades unidas por una bisagra y dos clips, lo que permite cerrarlo herméticamente para cocinar al vapor. ¿Lo mejor? Abrir la cataplana y dejar salir los aromas que anticipan un banquete suculento.
Precisamente del 10 al 16 de agosto Olhão celebra, en el Jardim Pescador Olhanense, a orillas de la ría Formosa, su Festival del Marisco, un lugar perfecto para darse un buen atracón de gambas, navajas, langostas, pulpos o percebes mientras se disfruta también de las actuaciones musicales que se suceden en estos días.


Islas donde solo existen dunas, arena y océano
A algunos de los paisajes más espectaculares de la ría Formosa solo se puede llegar en barco, especialmente las islas barrera que protegen la laguna del Atlántico, entre ellas Ilha Deserta, también conocida como Ilha da Barreta.
Su nombre no engaña: apenas existe un embarcadero, un restaurante, de nombre Estaminé, y varios kilómetros de playa prácticamente virgen. Sin coches ni urbanizaciones, solo dunas, arena blanca y un océano de aguas transparentes que invita a caminar durante horas.

A cambio, en Ilha da Culatra sí vive una pequeña comunidad de pescadores. Las calles de arena, las barcas amarradas junto al muelle y las redes secándose al sol conservan la esencia del Algarve de siempre, donde la playa comparte protagonismo con la vida cotidiana de quienes siguen dependiendo del mar. Entre los mejores arenales, la Praia do Farol, en el extremo oeste de la isla, con su faro do Cabo de Santa Maria, activo desde el año 1851, coronando el paisaje.
También hay que pasar (o navegar) por Ilha de Armona, de ambiente tranquilo y familiar, con pasarelas de madera y sus amplios arenales abiertos al Atlántico, especialmente la Praia de Armona y la paradisíaca Praia de Fuzeta, con bancos de arena blanca y piscinas naturales que la bajamar deja al descubierto.

Tavira, elengancia en la ría Formosa
Entre los pueblos más bellos de la ría Formosa hay que mencionar a Tavira. Asentada apaciblemente en los dos márgenes del río Gilão y unida por un antiguo puente de piedra, conserva uno de los cascos históricos más hermosos del Algarve.
Calles estrechas, casas señoriales, fachadas encaladas, azulejos pintados, hasta 35 iglesias, patios llenos de buganvillas y pequeñas plazas convierten cualquier paseo en una sucesión de rincones hermosos. Desde las ruinas del castillo se obtiene una magnífica panorámica sobre los tejados de la ciudad hasta que la vista se pierde en los azules de la laguna.

Desde el embarcadero parten los ferris hacia Ilha de Tavira, una larguísima playa de arena fina considerada una de las mejores del sur de Portugal. Si el objetivo es la preciosa Praia do Barril, también existe un tren en miniatura con el que se alcanza tras atravesar dunas y que deja ver el impresionante Cementerio de Anclas, con cientos de piezas descansando sobre la arena.
Al caer la tarde, las terrazas junto al río se llenan de vida y ofrecen el mejor lugar para degustar pescado fresco, langostas, camarones, almejas, un arroz con pulpo o una sopa de coquinas mientras el sol comienza a esconderse y deja ver una de las puestas de sol más hermosas del Algarve y de todo Portugal.

Hacia el interior, en medio de un campo de naranjos, la Quinta dos Perfumes ofrece un alojamiento plagado de historia que arranca en los años 50 como fábrica destilación de malva para la producción de esencias, viñedos y huerto de cítricos, hasta que la tercera generación familiar añadió un hotel que abrió sus puertas en 2013. Habitaciones con vistas al mar o al huerto, tumbonas y piscina de agua salada, así como bicicletas para recorrer los alrededores completan su oferta.
Cacela Velha, el balcón sobre la Ría Formosa
Dejamos para el final Cacela Velha, en el extremo oriental del parque natural. Apenas unas pocas calles, una iglesia blanca y una antigua fortaleza y, sin embargo, uno de los rincones más especiales de la ría Formosa.
Elevado sobre un acantilado, desde aquí se contempla el paisaje más espectacular de la zona, donde la laguna se funde con el océano entre dunas y bancos de arena, todo enmarcado por el verde de la vegetación hacia el interior.


Cuando baja el agua, se puede cruzar caminando hasta la inmensa Praia de Cacela Velha, una playa casi virgen donde el silencio solo se rompe con el sonido del mar.
En el pueblo, calles empedradas, casitas blancas de una sola planta, puertas y ventanas enmarcadas en azul festoneadas de coloridas macetas, una plaza, la Iglesia Matriz, los restos de la muralla, la fortaleza y un par de restaurantes para degustar la gastronomía algarvía. ¿Y quién necesita más?