Hendaya: olas, castillos, vinos y sorpresas en el País Vasco francés

Del sueño de un científico que cristalizó en un excéntrico castillo-observatorio de estrellas a una denominación de vinos desconocida pasando por playas y arquitectura neovasca, te damos las pistas para una escapada perfecta a Hendaya

El paseo marítimo de Hendaya con el antiguo casino y las casas de arquitectura neovasca. Foto: Hendaya Turismo.

Dicen que aterrizar en el aeropuerto de San Sebastián, que en realidad está en Hondarribia, no es para cualquier piloto. El avión que llega de Madrid entra en espacio aéreo francés para encarar una pista que arranca casi en el agua, en la hermosa bahía de Txingudi. Los mástiles de los veleros parecen rozarnos cuando nos aproximamos a tierra. El Cantábrico y el Bidasoa se encuentran en esta frontera natural entre España y Francia vigilados desde las orillas por Hondarribia y Hendaya.

El vuelo tarda menos de una hora desde Madrid (una hora y diez minutos desde Barcelona). En otros diez (literalmente), estamos en Hendaya.

Menos conocida que su vecina Biarritz, la localidad fronteriza, que a muchos sonará por el encuentro entre Franco y Hitler en un tren blindado para negociar las condiciones de una posible intervención de España en la Segunda Guerra Mundial, también fue la localidad de acogida de escritores como Miguel de Unamuno, Pío Baroja o Pierre Loti y guarda joyas como una playa de 3,5 km de arena dorada, un castillo que esconde un observatorio astronómico, increíbles senderos litorales que penden sobre el Cantábrico y casas centenarias de arquitectura neovasca.

La playa de Hendaya es la mas grande de la costa vascofrancesa. Foto: Hendaya Turismo.

Hendaya entre olas

Su nombre en euskera significa bahía grande, un término al que Hendaya hace honor. En el extremo sur de la región francesa de Nueva Aquitania, en la histórica provincia de Labort del País Vasco francés, su larguísima playa –es la más grande de la costa vasca- aparece siempre en los rankings de las mejores de Francia.

Cerrada por las famosas rocas conocidas como los Dos Gemelos y bien protegida por la bahía de Txingudi, de leve pendiente y olas suaves, es también ideal para iniciarse en el surf (no por nada la playa es conocida como ‘la pista verde del surf’) que después se podrá perfeccionar, a pocos kilómetros de aquí, en las más exigentes olas en forma de tubo Anglet, lo más parecido a la ‘California francesa’.

Con más de 3 km de extensión, leve pendiente y olas suaves, la playa de Hendaya es conocida como la ‘pista verde del surf’ por su idoneidad para iniciarse en este deporte

Siempre mejor de la mano de alguna de las escuelas acreditadas, como la Ecole de Surf de Hendaia, y monitores diplomados como Txomin Echeverria, merece la pena aventurarse en este deporte que regala increíbles sensaciones cuando se consiguen dominar las olas.

La playa de Hendaya es conocida como la ‘pista verde del surf’. Foto: Hendaya Turismo.

Ruta de arquitectura neovasca

Mirando al mar, una coqueta fachada sobre el Boulevard de la Mer invita a descubrir su patrimonio arquitectónico.

En lugar de hoteles y bloque de apartamentos, el paseo está formado por edificios de poca altura rodeados de árboles y flores; hasta 70 de sus villas están catalogadas dentro del estilo de arquitectura neovasca, que surgió precisamente aquí, la mayoría diseñadas por el arquitecto local Edmond Durandeau entre 1900 y 1930.

Derivadas de los típicos caseríos labortanos, son reconocibles por sus tejados a dos aguas asimétricos y sus fachadas con entramados de madera, contraventanas y galerías pintados de llamativos tonos rojos, azules o verdes.

Solo un edificio pisa directamente la arena: se trata del antiguo casino, de particular estilo morisco. Fue construido en 1884 y durante más de 70 años, hasta 1980, fue utilizado como casino. Totalmente renovado, hoy acoge en sus bajos tiendas y escuelas de surf, así como apartamentos turísticos en las plantas superiores.

La playa se despliega frente a las villas de arquitectura neovasca. Foto: Hendaya Turismo.

Entre las direcciones a tener en cuenta en zona de Hendaya playa –porque el casco histórico, que no hay que perderse, lo encontramos 2,5 km hacia el interior– tenemos restaurantes como Txirimiri (Av. des Mimosas, 9), con una carta basada en productos locales que revisita los clásicos del País Vasco francés con toques actuales y Battela (Rue d’Irún, 5), especializado en mariscos y pescados y donde no hay que perderse los txipirones (que preparan en una deliciosa sopa, en brochetas, en su tinta, con tomate o la plancha).

Tanta es la fama de este molusco en la zona que Hendaya le dedica incluso una fiesta, el 13 de julio, con puestos por la calle para degustarlo fresquísimo y recién hecho, música y animación durante todo el día.

Los helados de Walter Glacier (Bd. du Général Leclerc, 95) y los gofres al momento, por ejemplo de basquella, la interpretación vasca del conocido sabor de chocolate y avellanas y sin aceite de palma, de Hiplotin (Av. des Mimosas, 38) son otras de las paradas tentadoras.

Foto: Txirimiri.

En Lagunak (Bd du Général Leclerc, 63) encontramos diseños originales en moda, bisutería, bolsos o flores secas de 5 creadoras locales que trabajan de forma artesanal, como las alpargatas de calidad y preciosos diseños de Lokarri, mientras que de Endaïa (Bd. de la Mer, 73) encontramos objetos de decoración que nada tienen que ver con los souvenirs y que van desde láminas de estilo vintage a manteles de rayas que respiran un estilo marinero très chic.

Castillo de Abbadia

Un buen mirador sobre la ciudad lo encontramos en el sendero del litoral que conduce al imponente Castillo Abbadía, uno de los monumentos más emblemáticos de Hendaya.

Construido sobre escarpados acantilados entre 1864 y 1884 por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, es la cristalización del sueño del explorador, geógrafo y astrónomo Antoine d’Abbadie (1810-1897), uno de los primeros en explorar las tierras de Abisinia (hoy Etiopía), políglota (llegó a hablar 14 lenguas, entre ellas varias de África Oriental) y activista vasco (fue impulsor de los Juegos Florales) que edificó aquí una mansión a medio camino entre el novecentismo y el orientalismo.

También tiene la marcada huella de Viollet-le-Duc. El arquitecto, conocido por sus restauraciones interpretativas de edificios medievales, especialmente la catedral parisina de Notre Dame, de mediados del siglo XIX, donde llevó el gótico a donde este estilo nunca había ido en su momento, recibió el encargo de construir un observatorio para alojar el telescopio ideado por el propio Abbadia –desde el que el científico calcularía con precisión la posición de alrededor de 50.000 estrellas-.

Castillo de Abbadia. Foto: David Vives Unsplash.

Alentado por la esposa de Abbadie, Virginie de Saint-Bonnet, que quería hacer aquí su château, ideó un caprichoso castillo neogótico con su escalera de honor y su capilla, frescos abisinios, lienzos y rosetones, muebles traídos de todo el mundo y una biblioteca con 15.000 volúmenes.

Todo el conjunto es propiedad hoy de la Academia de Ciencias francesa, de la que Abbadia fue presidente.

Tan importante o más que el castillo es la finca que lo rodea, un paraje de belleza salvaje de 66 hectáreas, testigo privilegiado de la historia geológica de la costa vasca desde hace 80 millones de años. No dejes de visitar Asporotsttipi, la Casa de la Cornisa Vasca, con interesantes exposiciones y paneles interactivos para conocer la riqueza de este espacio natural y especialmente los acantilados del flysch.

Casa de la Cornisa Vasca. Foto: Hendaya Turismo.

Hendaya desde el mar

Importante puerto pesquero de tradición ballenera, cuyas huellas se siguen en el Puerto de Caneta, hoy Hendaya cuenta con un puerto deportivo con alrededor de 900 embarcaciones.

De aquí parten también los barcos que conectan Hendaya y Hondarribia, justo enfrente, en apenas 7 minutos, así como embarcaciones que ofrecen más que recomendables paseos por la costa cantábrica, salidas de pesca e incluso avistamiento de delfines.

A bordo de uno de estos barcos, el Hendayais II, salimos lentamente del puerto. Lo que fuera la lonja es hoy un centro de investigación y desarrollo de Decathlon, concretamente la sede de Tribord, su marca específica de deportes náuticos. Trabajadores vestidos con neopreno entran y salen cargados con tablas de surf o kayaks, mientras otros hacen la pausa del café en Jimba, una cantina especializada en propuestas saludables con una terraza exterior de impresionante panorámica de Hendaya.

François Fontainhas en el Hendayais II. Foto: Mar Nuevo.

El patrón François Fontainhas nos va guiando en aguas españolas primero y francesas después. Nos deslizamos ante el perfil de la iglesia de la Asunción y el castillo de Carlos V, hoy Parador de Turismo de Hondarribia, mientras nos habla de antiguos barcos balleneros y de la actual, con caña, del bonito. Pasamos frente al Palacio Egiluz, conocido como la Casa de Juana La Loca porque se dice que aquí se alojaron la futura reina de Castilla y Felipe el Hermoso durante tres días, en su viaje de Flandes a Castilla para ser proclamados príncipes herederos.

El hermoso perfil rocoso del monte Jaizkibel, que se precipita sobre el Cantábrico desde sus 543 metros de altura, nos acompaña mientras superamos el faro Higuer y salimos al mar abierto para descubrir aguas de hermosas tonalidades turquesa. Desde pequeños barcos se arrojan buceadores que descubren la belleza bajo la superficie.

Playa de Loya. Foto: Mar Nuevo.

Por la cornisa, un hermoso camino litoral nos permitiría llegar al puerto de Pasaia, unos 20 kilómetros más adelante. El tramo forma parte del Sendero del Litoral que conecta Bidart con San Sebastián pasando por Guéthary y San Juan de Luz en un total de 54 km.

Seguimos navegando, ahora hacia la cosa vascofrancesa. La silueta de Les Deux Jumeaux los Dos Gemelos nos atrae como un imán. Antiguamente unidas a los acantilados, las dos grandes rocas (no tan idénticas por otra parte) emergen del agua al final de la playa de Ondarraitz dibujando una de las imágenes más características de Hendaya.

Cuenta la leyenda que un día Basajaun, el hombre de los bosques de la mitología vasca, lanzó desde las Peñas de Aia, en la cordillera de los Pirineos, una gran roca para destrozar Bayona. Sin embargo, se tropezó y la piedra cayó en Hendaya, rompiéndose en dos y dando lugar a estas dos hermanas de roca calcárea.

Al rodearlas queda al descubierto la preciosa playa de Loya, de arena blanca y franqueada por una impresionante pared de pizarra rosa. Solo accesible por barco, hoy no hay nadie disfrutando de este bellísimo arenal. Tampoco lo haremos nosotros, que emprendemos la vuelta al puerto y nos despedimos de este más que recomendable paseo (una hora y media, 18 euros adulto y 10 los niños). François también organiza salidas nocturnas y de pesca a primera hora de la mañana por 38 euros incluidas cañas y cebo y, por supuesto, las capturas de bonito, dorada o caballa que consigas.

Los Dos Gemelos desde el mar. Foto: Mar Nuevo.

Irouleguy: sorpresa en forma de vino

Una de las sorpresas del destino llega en forma de vino. En la bodega Eguiazabal (Rue de Béhobie, 3) descubrimos un paraíso de vinos, champagnes y productos gourmet fundada en 1923.

Con casi 100 años de vida y hoy dirigida por la tercera generación que encabeza Pierre Eguiazabal, que sigue viviendo en la casa sobre el negocio y que añadió en 2002 un bar de vinos que es toda una institución en el sur de Francia, en esta cava que ofrece más de 1.500 referencias de vinos, champanes, licores y cervezas artesanales descubrimos una de las sorpresas del viaje, los vinos de la Denominación de Origen Irouleguy, la única del País Vasco Francés.

Pequeña, casi diminuta, solo 240 hectáreas (más de 60.000 en Rioja, por poner una referencia) producen las uvas, algunas endémicas del suroeste francés, con las que se elaboran sus vinos: tannat, cabernet franc y cabernet sauvignon para el tinto y gros manseng, petit manseng y petit courbu para el blanco.

Foto: Domaine Arretxea.

De estas, hasta 150 están en manos de la cooperativa Cave D’Irouleguy, que elabora el grueso de los vinos junto a 10 pequeñas bodegas. Las vides, encaramadas entre 200 y 400 metros sobre el nivel del mar y con un desnivel medio del 60%, están sujetas a la doble influencia del Pirineo y del Atlántico.

El paisaje de montaña es precisamente una de las condiciones que hacen único este terroir, nos cuenta uno de los sumilleres de Eguiazabal, Guillem Martínez. De aquí surgen vinos potentes y generosos y, en los últimos años, elaboraciones muy finas como las de las bodegas Domaine Ilarria y Arretxea, que trabajan con vinos biodinámicos.

Destacan especialmente los vinos blancos, secos y de larga guarda, complejos y equilibrados, perfectos para acompañar pescados a la brasa y mariscos, pero también aves como faisanes o quesos.

Pierre Eguiazabal, tercera generación al frente de la maison. Foto: Eguiazabal.

Un paseo por Hendaya pueblo

Para conocer el alma de Hendaya hay que acercarse al casco histórico. La parte más antigua se encuentra cerca de la estación de tren, allí donde se reunieron Franco y Hitler y de donde sale, desde 1913, el famoso Euskotren o ‘Topo’, llamado así por los túneles que atraviesa y que conecta Hendaya y San Sebastián en 30 minutos.

En la Plaza de la República se encuentra corazón del pueblo, con terrazas, tiendas, el Hotel de Ville (ayuntamiento) y la Iglesia de San Vicente, del siglo XVI. Típica de las construcciones de Lapurdi, su fachada es de color blanco, con piedra en las esquinas y contraventanas de color rojo del mismo estilo que las casas que la rodean. En el interior, destacan las pardes pintadas de intenso carmesí y las galerías de madera sobre las paredes laterales y trasera, reservadas originalmente para los hombres durante la misa.

No hay que dejar de acercarse el miércoles, día del mercado local, cuando los productores se acercan para ofrecer sus quesos, embutidos o el delicioso gâteau basque relleno de crema pastelera o cereza.

Mercado de los miércoles en la plaza de la República. Foto: Hendaya Turismo.

A pocos metros de allí, además de hermosas casas de arquitectura típica vasca, se encuentra el frontón principal del pueblo, Gaztelu Zahar, construido en 1899 y que lleva el nombre de la fortaleza que existía en este mismo lugar en ese mismo lugar, destruido tras las numerosas batallas entre Francia y España.

Abierto hace apenas dos meses, merece la pena pasar por Au Manoir des Arômes (Rue du Port, 11), un delicioso salón de té de estilo clásico con cafés de especialidad, chocolates, caramelos y tartas, así como helados, todo ello artesanal.

Para terminar, nada como darse una buena sesión de spa marino en el Relais Thalasso Hendaye, una isla de serenidad frente a la playa con más de 300 metros cuadrados, piscina climatizada, sauna, hammam y tratamientos de belleza y bienestar.

a.
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