No estamos a la altura

En la reciente Cumbre del Clima (COP26) se han conseguido unos acuerdos y objetivos mínimos, cuando los problemas que ya se avecinan a causa de este hecho, provocado por nosotros, son de proporciones apocalípticas

El presidente de la COP26, Alok Sharma (d), muestra un documento a un grupo de negociadores antes del inicio del último pleno de la cumbre del clima de Glasgow. EFE/Manu Moncada

El presidente de la COP26, Alok Sharma (d), muestra un documento a un grupo de negociadores antes del inicio del último pleno de la cumbre del clima de Glasgow. EFE/Manu Moncada

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Si nos atenemos a los significados de la palabra cumbre como cima, parte más elevada o superior, lo ocurrido en Glasgow en torno al cambio climático más bien deja entrever que a nuestros dirigentes se les hace grande ese término y les llega o se adecúa más el de montículo, atalaya o, como decimos en Galicia, outeiro, pues es lo máximo a que llegan o que les da su visión para adoptar resoluciones en torno a las grandes cuestiones y problemas mundiales.

De hecho, y una vez más, en la reciente Cumbre del Clima (COP26) han conseguido unos acuerdos y objetivos mínimos, cuando los problemas que ya se avecinan a causa de este hecho, provocado por nosotros, son de proporciones apocalípticas. Lo que, dicho de otro modo más gráfico y popular, es como si nuestros dirigentes recurriesen a poner tiritas a lo que supone una gran herida existencial.

El objetivo de no sobrepasar los 1,5 grados de elevación media de la temperatura en nuestro planeta se hace cada vez más imposible

El caso es que el objetivo de no sobrepasar los 1,5 grados de elevación media de la temperatura en nuestro planeta, el punto de no retorno según los expertos y los datos climáticos de los últimos diez mil años, se hace cada vez más imposible. Aunque los pactos de esta cumbre sobre los combustibles fósiles marcan un antes y un después y más países que nunca se están comprometiendo a reducir las emisiones, suprimir el carbón, acabar con la deforestación y ayudar económicamente a que los países pobres se adapten; sin embargo y como también se suele decir, “del dicho al hecho hay un trecho” y promesas parecidas ya las hemos visto en el pasado, mientras que los malos síntomas e indicadores al respecto siguen yendo a más.

Entre las informaciones habidas durante esta reunión y tras la misma, me ha llamado la atención la de un activista medioambiental que decía en un vídeo en alguna red social que se podían reducir un tercio nuestras actuales emisiones causantes del cambio climático de forma factible y sin la necesidad de grandes recursos. Por ejemplo, señaló que un 6% de esas emisiones se deben a las fugas que hay en los conductos y demás instalaciones por donde discurren esos combustibles fósiles. Algo que, de ser así, solo se explica desde el desentendimiento, la negligencia y la abulia derivadas del viciado sistema económico que impera en casi todos los ámbitos de nuestra especie.

Otra de las medidas que esgrimió este activista, en todo momento apelando al aval de informes y de organizaciones internacionales, se refiere a que si se añade un tipo específico de alga marina a la alimentación del ganado estabulado, entonces las emisiones de metano debidas a los gases de estas reses (sus pedos son la tercera fuente principal) se mitigarían considerablemente. Mientras que otra solución enumerada, también factible y eficiente, hace referencia al reconocido despilfarro que hacemos en nuestro consumo, como por ejemplo en el tercio de alimentos que desperdiciamos y que, lógicamente, evitarlo supondría una menor explotación de los recursos, con todo lo que eso conlleva.

Así fue desgranando una serie de acciones, todas posibles de realizar de manera nada complicada, supongo que mucho menos incluso que los escasos acuerdos adoptados en dicha cumbre. Siendo, por tanto, como en casi todo, más cuestión de voluntad y ponerse a ello que de otra cosa; algo que precisamente escasea o no abunda entre nuestros dirigentes, por mucha cima o atalaya a la que pretenden encumbrarse.

No tendríamos que estar hablando de políticas demográficas o de natalidad sino de igualdad y de derecho a la educación

Aunque lo que más me llamó la atención, pues precisamente coincide con una de las medidas a las que he hecho referencia en este medio, concretamente en el artículo “Soluciones II: Un plan”, se refiere a las mujeres. Y es que con el acceso a la escolarización y a la formación por parte de este colectivo tan importante de nuestra especie se retrasaría considerablemente la edad de tener hijos y su número, lo que también e implícitamente conlleva su mayor presencia en el mercado laboral y alude también a la brecha de género o al llamado “techo de cristal”. No tendríamos por ello que estar hablando de políticas demográficas o de natalidad sino de igualdad y de derecho a la educación, todavía imposibles en muchas zonas del mundo y cuyo resultado es, entre otros, que una de cada cuatro mujeres no sepan leer ni escribir. Esto es algo en lo que también incide el gran naturalista David Attenborough, que aboga por una población humana ecológicamente sostenible aumentando la calidad de vida y, al mismo tiempo, por una revolución industrial planetariamente viable, tal y como les dijo precisamente a los líderes políticos reunidos en Glasgow.

Pero parece que la clase dirigente tiene vértigo o miedo a las alturas de miras y de respuestas necesarias; mientras que lo que sí está llegando a su cumbre o cenit es nuestra intranquilidad y la del planeta en general. Sea como fuera, lo que está claro es que esto no se remedia sin ponernos a ello y con las tiritas o parches oficiales, por lo de ahora más fachada que otra cosa, pues lo que suele pasar es que una y otra vez se imponen las dilaciones, las excusas y los obstáculos antes que las claras y eficaces medidas.

La clase dirigente tiene vértigo o miedo a las alturas de miras y de respuestas necesarias

Y es que a lo largo de nuestra historia, y ya van unos cuantos años y hechos, las veces en que los dirigentes han estado y respondido adecuadamente o más allá de sus intereses son más bien escasas o mucho menos frecuentes que sus errores. Porque otro de los problemas que tenemos es que no suelen estar a la altura de las circunstancias y menos aún a la de un tesoro de planeta en el que nos ha tocado la suerte de vivir, pero que solemos estropear renunciando a lo más alto a nivel existencial y conformándonos o satisfaciéndonos con la altanería de nuestro propio outeiriño del egoísmo y etnocentrismo, tanto a nivel personal como colectivo.

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