¿Qué nos pasa a los gallegos?
Existe en Galicia una cierta incomodidad con el éxito cercano, una tendencia a observar con lupa lo propio mientras se idealiza lo ajeno, una especie de filtro invisible que convierte lo que debería ser motivo de orgullo en algo prescindible
Praza do Obradoiro. Santiago de Compostela – AGOSTIME – EUROPA PRESS – Archivo
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? “A vaca da veciña ten máis cornos ca miña”. Galicia tiene algo extraordinario: talento, industria, capacidad técnica y una forma de hacer las cosas que, cuando se alinea, compite con cualquiera. No es una opinión. Es un hecho contrastado en múltiples sectores. Desde el textil hasta la automoción, desde la alimentación hasta la tecnología.Y, sin embargo, hay algo que no termina de encajar.
Hace unos días, una empresa gallega —de esas que no hacen ruido pero hacen cosas serias— planteó una iniciativa tan simple como simbólica: presentar uno de sus desarrollos tecnológicos en la Praza do Obradoiro, frente a la Catedral de Santiago de Compostela. Un producto diseñado y fabricado íntegramente en Galicia. Tecnología aplicada a la seguridad y a la gestión de emergencias. Valor real, tangible, exportable. De ese que genera empleo, conocimiento y posicionamiento.
La respuesta fue clara: no. Pero lo relevante no es el “no”.Lo preocupante es el porqué. “No se considera necesaria la acción”.
Esa frase, aparentemente inocua, encierra una forma de pensar profundamente arraigada. No se entra a valorar el impacto, ni la oportunidad, ni el mensaje. Simplemente se concluye que no es necesario. Y con eso se cierra la puerta. Sin alternativa. Sin propuesta. Sin diálogo.
Lo curioso es que he leído el correo que envía el órgano pertinente y es, directamente, para mear y no echar gota. Literalmente dicen: “lo han consultado con la policía local y consideran que no es necesaria la acción, por lo que no autorizan la entrada en el Obradoiro ni consideran dar alternativa alguna”. Cuando lo leí… me quedé calvo.
Y ahí está el problema. Galicia no falla por falta de talento. Falla por exceso de prudencia. Por una cultura administrativa donde el “mejor no” pesa más que el “vamos a ver cómo sí”. Donde evitar el riesgo se ha convertido en un fin en sí mismo, incluso cuando el riesgo es prácticamente inexistente y el potencial beneficio es evidente.
Pero hay algo más incómodo todavía. Aquí, muchas veces, lo de fuera siempre parece mejor. Nos cuesta creernos lo nuestro. Nos cuesta poner en valor lo que tenemos delante. Como si necesitásemos validación externa para asumir que algo es bueno. Y entonces resuena aquella frase de Airbag, de Pazos: “¡Cómo vienen los de fuera, eh! ¡Cómo vienen!”
Pues sí. Vienen bien preparados. Pero los de aquí también. El problema es que a los de aquí no siempre les dejamos demostrarlo. No se trata de saltarse normas ni de banalizar la seguridad de un entorno como el Obradoiro. Eso sería irresponsable. Se trata de algo mucho más básico: de tener la capacidad de gestionar, de adaptar, de encajar iniciativas que aportan valor. Porque cuando la respuesta automática es el cierre, lo que se transmite no es rigor. Es desinterés. Y ese desinterés tiene consecuencias.
Mientras aquí se duda, fuera se decide. Mientras aquí se bloquea, fuera se facilita. Mientras aquí se cuestiona la necesidad, fuera se entiende la oportunidad. Y así, poco a poco, el talento gallego acaba encontrando reconocimiento lejos de casa.
Y permitidme añadir un dato personal que, lejos de ser anecdótico, refuerza todo lo anterior. Este viernes, día 27 de marzo, voy a recoger un premio a mi trayectoria como empresario en el ámbito de la seguridad pública y privada, otorgado por una asociación profesional en Asturias.
Fuera, reconocimiento, valoración y visibilidad. Aquí, sinceramente, eso rara vez ocurre. Y no deja de ser paradójico. Porque no es que fuera haya más talento. Es que, muchas veces, fuera hay más disposición a reconocerlo. Luego nos preguntamos por qué cuesta tanto “despegar”. No es un problema de capacidad. Es un problema de mentalidad.
Y aquí es donde toca hacerse una pregunta incómoda: ¿somos malos para nosotros mismos? ¿hay envidia? ¿hay una cierta resistencia a que el de al lado destaque? ¿nos incomoda que al vecino le vaya bien porque nos deja en evidencia?
“A vaca da veciña ten máis cornos ca miña”. No es solo un dicho. Es casi un diagnóstico.
Existe en Galicia una cierta incomodidad con el éxito cercano. Una tendencia a observar con lupa lo propio mientras se idealiza lo ajeno. Una especie de filtro invisible que convierte lo que debería ser motivo de orgullo en algo prescindible.
Y ahora, permitidme el toque casi cómico —por no llorar—: España tiene 17 comunidades autónomas y alrededor de 88 catedrales repartidas por todo el país.
Es decir:
👉 17 oportunidades institucionales
👉 88 escenarios simbólicos de primer nivel
Y resulta que en una no se puede. Tranquilidad. Quedan 16 comunidades más y unas cuantas decenas de catedrales donde, probablemente, alguien no solo entienda la propuesta… sino que la celebre.
Porque fuera, curiosamente, muchas veces no preguntan tanto si es “necesario”. Preguntan si aporta valor. Y ahí cambia todo. Porque hoy no compiten solo las empresas. Compiten los territorios. Compiten las ciudades. Compiten los ecosistemas. Y en esa competición, la actitud institucional es determinante.
No se trata de decir sí a todo. Se trata de no decir no por sistema. Se trata de entender que detrás de cada iniciativa empresarial hay inversión, riesgo, trabajo y, sobre todo, intención de crecer. Y que facilitar ese crecimiento no es un favor. Es una responsabilidad.
Galicia tiene todo para estar arriba. Pero con mentalidad de contención, solo se aspira a no equivocarse. Y el problema es que, en el mundo actual, no equivocarse no garantiza nada. Lo único que garantiza es quedarse atrás.
¡Se me tecnologizan!