USA contra el mundo

La larga tradición histórica de intervenciones estadounidenses desmonta la coartada moral con la que hoy se justifica el uso de la fuerza en nombre de la democracia o la lucha contra el narcotráfico

El presidente de EEUU, Donald Trump. Europa Press/Contacto/Andrew Leyden

Quizás sea el acontecimiento más divulgado y discutido de las últimas décadas: en la madrugada del 3 de enero de 2026, fuerzas armadas de Estados Unidos lanzaron una operación militar de ocupación del territorio venezolano que por el momento ha provocado la captura del presidente Nicolás Maduro y ha abierto un impasse de incertidumbre sobre el futuro del país. Donald Trump justificó la intervención en “la necesidad de combatir el narcotráfico, la corrupción institucional y el carácter dictatorial del régimen venezolano”.

Es curioso el argumento del narcotráfico cuando hace apenas unos días el propio Trump indultaba al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a 45 años de prisión por cargos relacionados con tráfico de drogas y armas. En realidad, las razones aducidas por el mandatario norteamericano resultarían extensibles a decenas de países del mundo clasificados como regímenes autoritarios o no plenamente democráticos; hay hasta 60 de esos países según el Democracy Index de The Economist.

Por supuesto que la operación vulnera principios básicos del derecho internacional como la prohibición del uso de la fuerza o la obligación de resolver las controversias internacionales por medios pacíficos establecidas en la Carta de las Naciones Unidas; recordemos que los 193 países miembros de la ONU están jurídicamente obligados por la Carta, incluido Estados Unidos, claro. Pero a estas alturas, ¿a quién le importa el orden internacional? Todo sea en beneficio del más fuerte; ante cualquier duda, pregunten al propio Trump o a sus amigos Putin o Netanyahu.

Y sí, Maduro era un pésimo presidente, incapaz de gobernar un país rico en recursos en beneficio de la población; por supuesto que dejó múltiples casos de abusos, violencia y persecución; también son evidentes las dudas sobre el resultado de las últimas elecciones. Mas seamos serios: ¿alguien medianamente racional cree que fueron esos los motivos reales detrás del ataque ordenado por Trump? Porque si así fuese, tendría que aplicar su peculiar tratamiento de bombardeos, secuestro e invasión militar a Mohammed Bin Salam, en Arabia Saudí, a Abdel Fattah el-Sisi, en Egipto, o el propio Kim Jong-un en Corea del Norte, tres de sus sátrapas favoritos a quienes legitimó obscenamente en cumbres bilaterales, acuerdos de colaboración y declaraciones con elogios personales.

Tradición imperialista

La agresión contra Venezuela no resulta una novedad. Estados Unidos ha demostrado desde su constitución una voracidad persistente para atacar, intervenir o condicionar a otros países en beneficio de sus intereses estratégicos o económicos. La larga tradición histórica de intervenciones estadounidenses desmonta la coartada moral con la que hoy se justifica el uso de la fuerza en nombre de la democracia o la lucha contra el narcotráfico.

En Hispanoamérica, USA respaldó todo tipo de dictaduras cuando no las promovió directamente. Golpes de Estado y regímenes militares fueron apadrinados en países como Chile, donde el derrocamiento de Salvador Allende abrió paso a la dictadura de Pinochet; en la República Dominicana, ocupada militarmente en 1965 para impedir el retorno de un gobierno reformista elegido en las urnas; o en Paraguay, donde Alfredo Stroessner gobernó durante décadas con el apoyo estadounidense. A estos tres meros ejemplos, se suman ataques directos como la invasión de Panamá en 1989, que arrasó barrios enteros de Ciudad de Panamá, o la ocupación de Granada en 1983 bajo el pretexto de la “seguridad regional”.

La paradoja resulta bastante evidente: hoy se invoca la autocracia venezolana mientras se olvida que buena parte del continente fue gobernado con mano de hierro por militares subordinados a Estados Unidos y a los intereses de sus multinacionales. Fuera de la región, la misma lógica se reprodujo en guerras espantosas como las de Vietnam, Irak o Afganistán. El patrón se repite en todos los casos: control geopolítico, acceso a recursos estratégicos e intento de preservación de la hegemonía ideológica. El ataque a Venezuela solo puede entenderse dentro de esa tradición imperialista made in USA.

Filosofía MAGA

La doctrina política que subyace a las decisiones de Donald Trump y de su entorno puede resumirse en una idea central: el objetivo colectivo de mejora de la Humanidad ha dejado de ser un fin político común. En su lugar, se impone una concepción excluyente del interés nacional, sintetizada en el lema “Make America Great Again”, que rompe explícitamente con el multilateralismo, el universalismo de derechos y la lógica de cooperación internacional surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Las instituciones globales dejan de ser marcos de consenso para convertirse en obstáculos a sortear o ignorar.

En segundo lugar, “hacer grande a Estados Unidos” equivale, en la práctica, a hacer grandes las empresas estadounidenses, muy especialmente las de los sectores energético, tecnológico y militar. A esto debe sumarse el rechazo frontal de Trump a la descarbonización, a las políticas medioambientales o a cualquier límite a la explotación de recursos naturales. En esta lógica, los territorios ricos en materias primas estratégicas se convierten en objetivos prioritarios. Venezuela, poseedora de las mayores reservas de petróleo del planeta, encaja perfectamente en este esquema extractivo y depredador.

El tercer pilar MAGA es su política explícita de bloques. Para que Estados Unidos sea más grande, los demás deben ser más débiles. Europa representa un competidor económico potencial y un espacio enraizado en valores que incomodan al trumpismo; Hispanoamérica, por su cercanía geográfica y su historia de subordinación, sigue siendo considerada un ámbito natural de influencia. A partir de esta visión jerárquica del mundo, define y aplica la administración Trump su peculiar estrategia de división y supremacía que se despliega especialmente en Hispanoamérica y Europa.

USA contra Hispanoamérica

Hispanoamérica ha sido considerada por Estados Unidos como su “patio trasero”, ese lugar invisible desde el salón principal, donde se acumula lo que estorba y se extrae lo que conviene en cada momento. En el patio trasero de Hispanoamérica se esconden ingentes recursos naturales estratégicos como petróleo, gas, litio y otros minerales estratégicos. USA ha actuado frente a la región como un territorio a disciplinar cuando se desvía de los intereses de Washington, y como una fuente de riqueza para sus empresas multinacionales.

Esta posición subsidiaria explica el desprecio que muestra Trump a la soberanía de los países latinoamericanos y el apoyo a dirigentes ideológicamente afines, con independencia de su respeto a las reglas democráticas. El apoyo al golpista Jair Bolsonaro en Brasil o al ultraliberal Javier Milei en Argentina contrasta con el hostigamiento permanente a presidentes elegidos democráticamente como Gustavo Petro en Colombia o la presidenta de México Claudia Sheinbaum, cuestionados, presionados o deslegitimados desde la Casa Blanca por el hecho de no alinearse con la agenda trumpista.

Nótese la flagrante contradicción: se invoca la democracia como pretexto para invadir, sancionar o desestabilizar, pero se la desprecia abiertamente cuando el resultado electoral no conviene. Esta injerencia grosera, selectiva y abiertamente ideológica vacía de contenido el concepto mismo de democracia al tiempo que lo convierte en un instrumento cínico de dominación. En la América Latina de Trump, la soberanía popular es tolerable únicamente si produce gobiernos dóciles; cuando no, pasa a ser tratada como una anomalía a corregir.

USA contra Europa

Europa debe asumir la realidad ineludible de Estados Unidos como enemigo estratégico de facto, al menos durante la presidencia de Trump. Los reiterados exabruptos, decisiones unilaterales y desprecios explícitos del actual presidente USA hacia la Unión Europea suponen la expresión de una doctrina que identifica a Europa como un competidor económico y geopolítico a debilitar. El viejo vínculo atlántico ha sido dinamitado desde Washington; ignorar este hecho sería una irresponsabilidad histórica.

La región danesa de Groenlandia emerge como el próximo objetivo. Su posición estratégica y sus recursos naturales la convierten en una pieza clave en la pugna global, y las explícitas declaraciones de Trump no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones. Europa debería estar reuniéndose ya para trazar una estrategia común frente a una acción que resulta más que previsible. No sería mala idea mantener contacto también con la oposición demócrata con el objetivo de preservar canales políticos estables y preparar un escenario de recomposición transatlántica tras la etapa trumpista.

La actitud beligerante actual de Estados Unidos hacia Europa implica que la OTAN ha dejado de existir como marco de seguridad fiable. Depender militarmente de una potencia que actúa contra tus propios intereses representa una contradicción insostenible. En consecuencia, Europa debe redefinir su política de defensa y autonomía estratégica con máxima urgencia, y en esta redefinición debe incluir a Rusia como actor relevante y potencialmente hostil. La pinza USA–Rusia suena aterradora. La complejidad de este tablero excede este artículo y merece un análisis específico, que abordaremos en una colaboración posterior.

Conclusiones

Extraer conclusiones razonables en el escenario actual resulta un ejercicio de funambulismo. El sistema internacional vive un punto de inflexión de máximo riesgo. Lo único indiscutible es que la mecha de una escalada bélica global ha sido encendida. Taiwán queda expuesta a una intervención de China a la que será difícil oponerse; Ucrania sigue atrapada en una guerra que ha normalizado la violación del derecho internacional; y las amenazas explícitas de Trump contra Groenlandia, Colombia, Panamá, Canadá o Cuba ya no pueden ser interpretadas como simples provocaciones retóricas.

En medio de este escenario encontramos una Europa desorientada, fragmentada en intereses nacionales y carente de una voz política unificada. Si la Unión Europea no define con urgencia una posición común en materia de seguridad, defensa y política exterior, corre el riesgo real de ser devorada estratégicamente por las tres grandes potencias que hoy disputan la hegemonía global.

A título personal, resulta paradójico ver las imágenes de  Nicolás Maduro esposado por orden de Donald Trump, ese mismo que impulsó un intento de golpe de Estado durante la toma de posesión de Joe Biden, trató de pervertir el resultado electoral y, más recientemente, ordenó múltiples asesinatos en el Caribe al margen de cualquier control judicial. Produce pánico pensar que el orden internacional esté siendo desmantelado por la voluntad de un solo hombre. ¿Le suena a alguien?

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