El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante su intervención en el Congreso de los Diputados para defender su programa de gobierno, en el debate de la moción de censura de su grupo parlamentario contra Mariano Rajoy. EFE/Sergio Barrenechea

Pablo Iglesias, entre Fachin y Domènech

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La posición de las bases de Podemos en Cataluña sobre el planteamiento soberanista deja la pelota en el tejado de Pablo Iglesias

Agustí Colomines

Analista político

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante su intervención en el Congreso de los Diputados para defender su programa de gobierno, en el debate de la moción de censura de su grupo parlamentario contra Mariano Rajoy. EFE/Sergio Barrenechea

Barcelona, 17 de junio de 2017 (09:55 CET)

Mientras Pablo Iglesias debatía en el Congreso de los Diputados la moción de censura contra el Gobierno presidido por Mariano Rajoy, el líder catalán de Podemos, Albano Dante Fachin, explicó en Barcelona que el 63% de las bases catalanas del partido morado habían aprobado participar en el referéndum de autodeterminación anunciado por el presidente Carles Puigdemont para el próximo 1 de octubre.

A la espera de ver cómo se concreta esa decantación mayoritaria de las bases catalanas de Podemos, la noticia no es ni mucho menos menor y emplaza a los dirigentes de los comunes, especialmente a Ada Colau y Xavier Domènech, que, atareados como estaban con la moción de censura, parecen haber aparcado la carpeta catalana para jalear únicamente a Iglesias. Catalunya en Comú comete el mismo error que ya cometió años atrás el PSC, lo que consiste en supeditar los intereses de Cataluña a la política española.

Esa equivocación de la “nueva” izquierda hunde sus raíces históricas en Joaquín Maurín, quien en su conocido libro sobre la revolución española, publicado inicialmente en 1935, después de la insurrección de octubre de 1934, se preguntaba: “¿Cómo es que, en Cataluña, en donde el proletariado tiene una importancia decisiva, políticamente, era la pequeña burguesía quien en las coyunturas históricas se servía de la masa trabajadora para tomar el Poder unas veces y para entregarlo otras?” Es la misma pregunta que se hacen los comunes, pues como en los años 30 la reivindicación nacional catalana no entra en sus planes y les acongoja. Para los comunes, el mundo se divide entre arriba y abajo, derecha e izquierda y poco más.

El giro de Podemos en Cataluña emplaza a los dirigentes de los comunes, especialmente a Ada Colau y Xavier Domènech

En 1966, cuando se reeditó en Ruedo Ibérico ese libro, que estaba llamado a influir en el conjunto de la izquierda catalana vía Jordi Solé Tura, Maurín seguía sin entender nada, a pesar de haber sobrevivido a la Guerra y a la persecución estalinista. Seguía creyendo que el problema básico de España, del cual dependían todos los demás, era la cuestión de la tierra. La mayoría de historiadores sabemos (sólo lo niegan algunos revisionistas e historiadores vinculados al PSOE) que Franco se alzó en armas por algo más que por la amenaza de la revolución social y contra la Reforma Agraria. El bando “nacional” se autocalificó así por su empeño en combatir la España plural y autonómica de entonces. Se alzó también contra Cataluña con la ayuda de muchos catalanes, para empezar con la ayuda económica de Francesc Cambó.

La tesis de Maurín, que Xavier Domènech repite sin descubrir de dónde la saca, parte de la idea, generalmente compartida por la izquierda española, aunque el PSOE se haya distanciado de ella en los últimos años, de que es un hecho indiscutible que el movimiento de secesión en Cataluña —el Portugal del Este, decía Maurín— había tomado un gran empuje porque era la respuesta que desde “abajo se da al Estado cesarista, al Estado unitario y gendarme”. Si caía la Monarquía, asunto resuelto, según él.

En Cataluña las bases de Podemos ya han tomado partido aunque Pablo Iglesias no se haya enterado

La izquierda revolucionaria española pensaba que con la República, que cabía esperar que fuera federal, ese separatismo catalán latente se desvanecería. Pero no fue así: “la no alteración de las bases del Estado —observaba Maurín— ha dado, por el contrario, nuevos bríos al separatismo catalán. Sería ridículo pretender que este movimiento es artificial. No. Responde a una realidad histórica”. Y no obstante ese reconocimiento, Maurín propugnaba lo que ahora repiten los comunes y que Pablo Iglesias avala cuando en su moción de censura deja que sea Domènech quien aborde la cuestión para evitar adquirir demasiados compromisos, que con ellos en el poder ERC, CUP y PDeCAT abandonarían su deseo de separarse. 

“La limitación del problema nacional a Cataluña hizo perder al movimiento catalán una gran parte de su fuerza revolucionaria” —sentenció Maurín en 1935. Lo mismo dijo Domènech en la reunión del Pacto por el Referéndum que tuvo lugar en el Parlamento catalán: la reducción de la “rebelión” a Cataluña impide la revolución española. Es recurrente y provoca un cierto hastío escuchar una y otra vez, casi con idénticas palabras, que cuando Cataluña se despreocupa de la “revolución española” (esa que ahora consiste en controlar el BOE o el Boletín Municipal) entonces aparece no como el adalid de la liberación colectiva, sino simplemente como una región que quiere obtener ventajas exclusivamente para ella. Esa es la trampa de la izquierda, porque da por sentado que lo importante es España y no la nación de los catalanes.

Lo malo de este planteamiento es que echa la culpa de que la simpatía que Cataluña despierta en los grandes momentos históricos se convierta en menosprecio a los políticos catalanes —Maurín los llamaba secesionistas pequeñoburgueses. A la izquierda española unionista le parece mal que el sobieranismo catalán se resista a ser un mero suplemento vitaminado de la revolución del país vecino. Porque esa es verdaderamente la cuestión. Se lo recordó la diputada de EH Bildu, Marian Beitia, que fue la única voz del congreso español, descontados los diputados catalanes soberanistas, que interpeló directamente a Pablo Iglesias sobre el referéndum catalán: “Hagan ustedes su proceso constituyente pero dejen que nosotros (vascos y catalanes)  hagamos el nuestro”. Cuestión de soberanía.

Ni PP ni PSOE están dispuestos a negociar una consulta pactada

Los interrogantes de Beitia son los mismos que le plantean los soberanistas catalanes desde meses atrás. No es necesario que Catalunya en Comú y Podemos opte por el sí en el referéndum del 1 de octubre, pero estaría bien saber lo que ofrece como alternativa a la cerrazón del Gobierno español y a la unilateralidad catalana una vez constatado que ni PP ni PSOE están dispuestos a negociar una consulta pactada. La alternativa que Iglesias y Domènech ofrecen a los catalanes es que esperen a que Podemos gane unas hipotéticas elecciones y todo cambie. El abstencionismo de Podemos y Catalunya en Comú en Madrid es incomprensible, es contrarrevolucionario, si se quiere formular en un lenguaje que ellos entienden.

En Cataluña, como apuntábamos al principio, las bases catalanas de Podemos ya han tomado partido aunque Pablo Iglesias no se haya enterado. Son más democráticas que las huestes de Catalunya en Comú, dominadas por la antigua ICV y el oportunismo de Ada Colau, quien se comporta como una veleta. Es por eso que es un poco raro que sea Domènech, ese historiador metido a político que está resultando ser muy poco valiente, con los vicios propios de los antiguos comunistas, quien camine de puntillas por encima de la cuestión del referéndum en su intervención en el Congreso y que Pablo Iglesias opte por pasarse por el forro lo que han decidido las bases de su partido en Cataluña. ¿Quién es el interlocutor/representante de Pablo Iglesias en Cataluña, Albano Dante Fachin o Xavier Domènech? 

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