IA, justicia y el regreso de la prueba

El mundo del derecho en la era de la IA girará en torno a la posibilidad de demostrar que la historia es auténtica

Placa en una columna del Consejo General del Poder Judicial

Placa en una columna del Consejo General del Poder Judicial. Alberto Ortega / Europa Press

Hay un tipo de noticia que no debería existir nunca. No porque sea escandalosa, sino porque revela algo más grave que el escándalo: una grieta.

Esta semana se ha publicado que un abogado ha denunciado ante el CGPJ a un juez por una resolución que, presuntamente, se habría apoyado en “jurisprudencia inexistente” introducida a través de Inteligencia Artificial.

No hace falta dramatizar para entender la magnitud del asunto. Si se confirma, no estamos ante una simple torpeza técnica ni ante una anécdota de modernidad mal implementada. Estamos ante una pregunta institucional. ¿En qué se sostiene hoy la confianza?

Durante siglos el Derecho se ha construido sobre un pacto silencioso entre texto y realidad. El texto podía ser discutible, la interpretación variable, el resultado injusto o doloroso. Pero el suelo bajo los pies era firme. Lo que se citaba, existía. Las fuentes estaban ahí. Las palabras podían usarse con torpeza o con brillantez, pero no flotaban en el vacío.

Con la IA aparece una mutación extraña, casi invisible. El texto puede seguir teniendo apariencia de rigor y, al mismo tiempo, estar hueco. Puede sonar exacto, solemne, técnico… ¡incluso brillante! Y, sin embargo, no referirse a nada. Puede imitar el Derecho, sin ser Derecho.

En realidad, nada nuevo bajo el sol. El error humano siempre ha estado en el sistema: la cita errónea, la sentencia mal leída, la referencia desactualizada, ese “copiar-pegar” negligente… Todo eso es (casi) tan viejo como la propia práctica jurídica. La diferencia es que antes el error era caro, lento y trabajoso. Había que equivocarse a mano. Había que construir el fallo con esfuerzo.

Ahora el error puede fabricarse con una facilidad que roza lo trivial. Y lo peor de todo es que no se presenta como un error, sino como una certeza absoluta. Y aquí la IA no sólo permite equivocarse más rápido, sino equivocarse sentando cátedra, con autoridad. De manera impecable y con un lenguaje perfecto.

Por eso, el debate real no es “IA sí” o “IA no”. Esa discusión es cómoda, porque permite posicionarse moralmente sin tocar el fondo del problema. El debate real en realidad es mucho más incómodo: ¿Qué hacemos con la fragilidad del texto cuando el texto ya no garantiza nada?

Porque lo que está en juego aquí no es solo una resolución concreta ni un expediente disciplinario. Lo que se está erosionando es el concepto mismo de autoridad jurídica. Y autoridad no significa poder, significa credibilidad. Implica que el ciudadano acepta que el sistema decida incluso cuando se equivoca.

Si una resolución incorpora jurisprudencia inexistente, el daño no se limita a una parte procesal perjudicada. Se extiende como una mancha. Alimenta la idea de que el sistema es un decorado, no una estructura. Y en un mundo donde ya se tolera mal el retraso, el atasco, la incomprensión del lenguaje jurídico y la distancia emocional del procedimiento, esto es gasolina.

De modo que la respuesta no debería ser el pánico. Ni la demonización de la tecnología. La IA no es el enemigo. El enemigo -real- es el autoengaño. Creer que el texto es una verdad porque parece verdadero. Y en realidad esa tentación siempre ha estado ahí, latente. Lo que pasa es que ahora ha subido de nivel.

Por eso, en un mundo donde se puede generar lenguaje perfecto en segundos, ya no bastará con “escribir bien”. No será suficiente con “exponer con claridad”. Ni siquiera bastará con sonar convincente. Lo que valdrá es poder acreditar. Poder sostener la verdad con integridad verificable. Acreditar qué se envió. Acreditar qué se dijo; qué se notificó y qué aceptó la otra parte. Y cuándo. Y en qué condiciones.

Y esto aplica mucho más allá de la discusión sobre resoluciones judiciales. Aplica a la vida real del Derecho: requerimientos, recobro, ofertas y aceptaciones, comunicaciones laborales, modificaciones contractuales, avisos críticos, consentimientos, rescisión de servicios, incumplimientos, negociación previa al pleito. Todo aquello que hoy decide procedimientos y sentencias, pero que ocurre antes, a puerta cerrada, en la frontera entre lo técnico y lo humano. El mundo del derecho en la era de la IA girará en torno a la posibilidad de demostrar que la historia es auténtica.

En Legalpin llevamos años trabajando precisamente con esa obsesión. Porque convivimos con el punto más sensible del sistema: las comunicaciones. Cuando una comunicación es relevante, el problema nunca es el envío. El problema es la prueba. Que quede constancia. Que sea verificable. Que no dependa de capturas de pantalla ni de relatos reconstruidos. Que se sostenga por sí misma.

Esto es lo que la era de la IA nos está obligando a ver con crudeza. El futuro no será “más texto”. Será más trazabilidad, mayor control, más evidencia.

Porque si el texto ya no es garantía de verdad, entonces tendremos que volver a lo único que nunca falla: la prueba. No con miedo. Con rigor.

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