De Groenlandia a Venezuela, el tablero geopolítico de las tierras raras

La agresiva estrategia de Washington se explica por una realidad incómoda para Occidente: China controla de forma abrumadora el mercado de los minerales críticos. Sin un suministro estable de estos elementos, la transición energética, la digitalización y la reindustrialización de la Unión Europea son meras quimeras

El presidente de EEUU, Donald Trump. Europa Press/Contacto/Andrew Leyden

El año 2026 ha comenzado con dos sacudidas sísmicas en el tablero geopolítico global, cuyos epicentros, aunque distantes, revelan una misma falla tectónica: la lucha por el control de los recursos minerales. La madrugada del 3 de enero, una operación militar estadounidense en Venezuela culminaba con la detención del presidente Nicolás Maduro. Casi simultáneamente, desde Washington, Donald Trump volvía a poner sobre la mesa su deseo de anexionar Groenlandia, declarando que Estados Unidos necesita la isla por «seguridad económica». Ambos acontecimientos, aparentemente inconexos, son en realidad dos frentes de una misma contienda global, una nueva cruzada donde las «reliquias sagradas» no son objetos de devoción, sino los 17 elementos químicos conocidos como tierras raras y otros minerales críticos, indispensables para la revolución tecnológica y la transición energética.

La insistencia de Trump en «ocuparse de Groenlandia en unos dos meses» ha dejado de ser una anécdota para convertirse en una declaración de intenciones estratégica. La isla, un territorio autónomo danés de más de dos millones de kilómetros cuadrados, se ha revelado como un cofre de tesoros geológicos. Según el Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia, su subsuelo podría albergar hasta el 25% de las reservas mundiales de tierras raras, además de 38 de los minerales considerados críticos por la Unión Europea. El deshielo, una de las consecuencias más visibles del cambio climático, está dejando al descubierto estos yacimientos, abriendo nuevas rutas marítimas y convirtiendo el Ártico en un nuevo escenario de confrontación entre potencias. Estados Unidos no es el único actor con intereses en la región. China, autoproclamada como país «cercano al Ártico», lleva años tejiendo su influencia a través de su «Ruta de la Seda Polar», llegando a participar como inversor, a través de la empresa estatal Shenghe Resources, en uno de los dos únicos proyectos de prospección de tierras raras actualmente en marcha en la isla. La pugna por Groenlandia es, por tanto, un microcosmos de la competencia global por asegurar las cadenas de suministro del futuro.

Al otro lado del globo, en el Caribe, la «Operación Determinación Absoluta» ha puesto de manifiesto la importancia estratégica de Venezuela más allá de sus gigantescas reservas de petróleo, las mayores del mundo. Al sur del río Orinoco se extiende el llamado Arco Minero, una vasta región de 112.000 kilómetros cuadrados que alberga un potencial geológico extraordinario: más de 8.000 toneladas de oro, 35.000 de coltán, y significativos yacimientos de diamantes, níquel y tierras raras. Es la paradoja de un país inmensamente rico en su subsuelo, pero empobrecido por décadas de una gestión que, como técnicos, no podemos sino calificar de desastrosa. Trágicamente, en los últimos años esta región se ha convertido en un epicentro de devastación ambiental y social, dominado por una minería ilegal y depredadora controlada por una amalgama de actores estatales y criminales. La intervención estadounidense, justificada oficialmente en la lucha contra el narcotráfico, tiene como trasfondo indiscutible el control de estos recursos, vitales para una industria tecnológica que busca desesperadamente diversificar sus fuentes de suministro lejos de China.

La agresiva estrategia de Washington se explica por una realidad incómoda para Occidente: China controla de forma abrumadora el mercado de los minerales críticos. Pekín no solo extrae el 60% de las tierras raras del mundo, sino que, y esto es clave, refina el 85% de la producción global. Esta posición cuasi monopolística, que en 2010 llegó al 95%, le otorga un poder inmenso, como demostró en octubre de 2025 al imponer restricciones a la exportación que amenazaron con paralizar sectores enteros de la industria europea. Europa, en particular, se encuentra en una posición de extrema vulnerabilidad. Su dependencia de China para el suministro de algunas de estas materias primas oscila entre el 40% y el 100%. Es el verdadero talón de Aquiles de nuestra economía. Sin un suministro estable de estos elementos, la transición energética, la digitalización y la reindustrialización de la Unión Europea son meras quimeras.

La respuesta occidental a este desafío es doble. Por un lado, la administración Trump ha desplegado una intensa actividad diplomática y de inversión a nivel global, firmando acuerdos sobre minerales con Ucrania, Pakistán o Argentina, e invirtiendo masivamente para reactivar su propia capacidad de producción y refino. Por otro lado, Europa ha optado por la vía regulatoria. La Ley Europea de Materias Primas Críticas (CRMA), aprobada en abril de 2024, establece objetivos ambiciosos para 2030: extraer el 10%, procesar el 40% y reciclar el 25% del consumo anual de la UE y el plan ReSource EU potencia a la nueva ley. Además, busca reducir drásticamente los plazos para la apertura de nuevas explotaciones, que en Europa pueden llegar a demorarse hasta 15 años. Sin embargo, la realidad sobre el terreno es compleja. En España, por ejemplo, la minería se enfrenta a una maraña burocrática con más de 130 leyes y 103 administraciones implicadas. En Galicia, a pesar de contar con indicios de 15 de las materias primas estratégicas para la UE, incluyendo tierras raras en zonas como el Monte Galiñeiro, los concursos de investigación minera llevan años bloqueados. Esta parálisis impide siquiera conocer el verdadero potencial de nuestro subsuelo, un lujo que no nos podemos permitir.

Nos encontramos en el umbral de una nueva era de los metales, una en la que la geología y la geopolítica están más entrelazadas que nunca. La seguridad y la prosperidad de las naciones ya no dependen solo del control de los hidrocarburos, sino del acceso a una nueva tabla periódica de elementos. Como hemos sostenido, sin minerales, simplemente, no hay vida moderna. Ni transición ecológica, ni inteligencia artificial, ni defensa. Europa y España deben asumir este desafío con urgencia y pragmatismo. Es imperativo superar debates estériles y apostar decididamente por la investigación de nuestros propios recursos, siempre bajo los más altos estándares de sostenibilidad ambiental y social. Solo así podremos reducir nuestra peligrosa dependencia exterior y jugar un papel relevante en este nuevo orden mundial que se está forjando en las entrañas de la Tierra. La nueva cruzada por los minerales no ha hecho más que empezar.

Comenta el artículo
Pablo Núñez Fernández y José Manuel Chomón Pérez

Historias como esta, en su bandeja de entrada cada mañana.

O apúntese a nuestro  canal de Whatsapp

Deja una respuesta

SUSCRÍBETE A ECONOMÍA DIGITAL

Regístrate con tu email y recibe de forma totalmente gratuita las mejores informaciones de ECONOMÍA DIGITAL antes que el resto

También en nuestro canal de Whatsapp