La IA nos obliga a decidir qué merece quemar
"La inteligencia artificial no está obligando solo a mejorar productos. Está obligando a muchas empresas tecnológicas a hacerse una pregunta bastante más difícil: qué parte de lo que hoy venden puede dejar de tener sentido mañana"
Imagen de archivo de las hogueras de San Juan en A Coruña / Europa Press
En A Coruña, la noche de San Juan no es una fiesta cualquiera.
Hay humo, olor a sardinas, gente bajando hacia las playas y una sensación difícil de explicar: la de una ciudad entera participando en un ritual que viene de mucho antes que nosotros.
San Juan tiene algo de celebración, pero también de limpieza. Quemamos cosas que ya no sirven. O que, al menos, queremos dejar atrás. No es solo fuego. Es una frontera. Algo termina para que otra cosa pueda empezar.
Pensaba en esto estos días al leer algunas reflexiones sobre inteligencia artificial, software y modelos de negocio. Quizá me interesa especialmente porque llevo años viendo de cerca cómo las empresas compran, venden e incorporan tecnología. Y también cómo, muchas veces, detrás de una herramienta hay una forma concreta de organizar el trabajo.
Quizá por eso este momento me parece tan incómodo.
La inteligencia artificial no está obligando solo a mejorar productos. Está obligando a muchas empresas tecnológicas a hacerse una pregunta bastante más difícil: qué parte de lo que hoy venden puede dejar de tener sentido mañana.
Durante años, el software empresarial vivió sobre una lógica relativamente estable. Las empresas tenían procesos, departamentos, personas y tareas. El SaaS, ese software que las empresas no compran e instalan una vez, sino que usan como servicio mediante una suscripción, ayudaba a digitalizarlas, ordenarlas y medirlas. Ahí entran desde herramientas de gestión comercial hasta plataformas de atención al cliente, facturación, recursos humanos o marketing.
Pero la IA introduce una tensión nueva.
Si un agente puede ejecutar una parte relevante del trabajo que antes hacía una persona dentro de una aplicación, la aplicación deja de ocupar necesariamente el centro de la escena. Si el usuario ya no necesita entrar en varias pantallas, aprender un flujo y pulsar veinte botones, sino pedir un resultado, el valor cambia de sitio.
«Una parte del software que hoy parece imprescindible puede volverse menos visible o menos valiosa si no se reinventa a tiempo»
Esto no significa que el software vaya a desaparecer. Sería una conclusión demasiado cómoda y probablemente falsa. Pero sí significa que una parte del software que hoy parece imprescindible puede volverse menos visible o menos valiosa si no se reinventa a tiempo.
De ahí viene parte del debate alrededor de la llamada SaaSpocalypse. El término nace vinculado a un episodio concreto: el fuerte castigo bursátil sufrido por muchas compañías de software a comienzos de 2026, cuando el mercado empezó a descontar que la IA podía cuestionar parte del modelo tradicional del SaaS.
Como ocurre con casi todas las etiquetas tecnológicas, hay algo de exageración y algo de verdad. No todo SaaS está muerto. Pero el susto ilumina una pregunta incómoda: si hoy empezáramos desde cero, con la IA actual, ¿construiríamos el mismo producto, lo venderíamos igual y lo cobraríamos de la misma manera?
El caso más citado estos días es el de Intercom y Fin. Durante años, Intercom fue una referencia del software de atención al cliente. Su apuesta por Fin, su agente de IA, no ha sido una simple capa cosmética. Según contó en X su CEO, la compañía cambió prioridades, organización, marca, inversión y métricas, aceptando que el nuevo negocio podía dañar parte del anterior.
Ahí está lo verdaderamente difícil.
Casi todas las empresas dicen estar dispuestas a innovar. Muchas aceptan hacer pilotos, lanzar una funcionalidad con IA o actualizar el discurso comercial. Pero otra cosa muy distinta es aceptar que la innovación buena puede morder el producto que hoy paga las nóminas.
Eso ya no es innovación de escaparate. Eso es canibalización.
«Si una empresa tecnológica no se atreve a cuestionar su propio producto, otra lo hará por ella»
Y la canibalización da miedo por motivos comprensibles. Una empresa no se organiza para atacar lo que funciona. Sus equipos comerciales venden lo que existe. Sus clientes piden mejoras sobre lo que conocen.
Por eso es tan difícil prender la hoguera.
Pero si una empresa tecnológica no se atreve a cuestionar su propio producto, otra lo hará por ella. Y esa otra, probablemente, no tendrá que proteger el pasado. Mirará el problema del cliente con menos memoria y, quizá por eso, con más libertad.
En el fondo, esta es una conversación sobre tecnología, pero también sobre apego. Nos cuesta soltar lo que nos ha dado resultado. Nos cuesta reconocer que una fortaleza puede convertirse en lastre, sobre todo cuando todavía funciona y todavía factura.
En mi primer artículo hablaba del riesgo de que la IA nos quite algo más importante que el trabajo: el criterio. Aquí aparece una derivada empresarial de esa misma idea. Las empresas también necesitan criterio para no dejarse arrastrar por el ruido de la IA. Y todavía más para distinguir qué parte de su negocio merece ser protegida y qué parte debe transformarse aunque duela.
Porque no se trata de quemarlo todo.
No todo lo anterior es inútil. No todo producto debe abandonarse porque aparezca una tecnología nueva. Hay conocimiento de cliente, confianza, datos, marca y experiencia sectorial muy valiosos.
La cuestión es saber qué debe permanecer y qué debe arder.
Y sería un error pensar que esta pregunta afecta solo a las empresas de software. Quizá ellas sean simplemente las primeras en notar el calor.
La IA nos obligará a revisar muchas más cosas. La forma en que educamos, si seguimos evaluando trabajos que una máquina puede producir en segundos. La forma en que organizamos el empleo, si muchas tareas dejan de justificar por sí solas un puesto. La forma en que gestionan las administraciones, si los ciudadanos empiezan a esperar respuestas más rápidas y menos burocráticas. La forma en que las empresas entienden la productividad, si producir más deja de ser tan importante como decidir mejor.
No hablamos solo de canibalizar productos. Hablamos de canibalizar hábitos, inercias y seguridades.
Y eso es más difícil, porque ya no afecta únicamente a un comité de dirección o a una cuenta de resultados. Afecta a carreras profesionales, sistemas educativos, modelos de gestión, expectativas sociales y formas de entender el valor del trabajo.
Esta conversación también debería darse en Galicia y en España. A veces hablamos de inteligencia artificial como si fuera una discusión lejana, reservada a Silicon Valley. Pero muchas empresas gallegas, tecnológicas y no tecnológicas, van a vivir este cambio de forma muy directa. También nuestras instituciones, nuestras universidades, nuestras pymes y nuestros profesionales.
La pregunta no será solo qué herramientas usamos. Será qué parte de nuestra manera de trabajar, aprender, decidir y organizarnos estamos dispuestos a repensar antes de que lo haga la realidad por nosotros.
San Juan nos recuerda cada año que hay cosas que no pueden acompañarnos siempre.
Quizá la inteligencia artificial nos está colocando ante una hoguera mucho más grande. Y la cuestión, esta vez, no es únicamente qué empresas se atreverán a saltarla. Es cuánto de nuestra sociedad será capaz de hacerlo sin confundirse de fuego: sin quemar el criterio, pero tampoco aferrándose a las cenizas.