La Revuelta y el cáncer
La comparación entre La Revuelta y Barbacid se revela un ejemplo perfecto de una lógica que nos presenta una elección directa: o televisión o cura del cáncer, al tiempo que pretende indirectamente demonizar un programa concreto por entender que no es afín a un ideario determinado
Mariano Barbacid y Enrique Ossorio durante la gala de entrega de los XXI Premios Madrid de Madridiario 2022, en el Hotel The Westin Palace A. Pérez Meca / Europa Press
Hay episodios mediáticos que condensan toda una época. Y no porque sean decisivos en sí mismos sino porque funcionan como modelo del microcosmos político e informativo en el que vivimos o, quizás deba decir, que soportamos.
Estos días hemos asistido a uno de esos casos paradigmáticos: la renovación del programa La Revuelta en RTVE y su comparación viral con los recursos que necesita la investigación oncológica —personalizada en la figura del científico Mariano Barbacid— para avanzar contra el cáncer de páncreas.
La supuesta noticia ha circulado con la eficacia de los mensajes de impacto: “hay dinero para entretenimiento, pero no para ciencia”. Se han difundido cifras en torno a los 30 millones para nuevas temporadas del programa, enfrentadas al imaginario de un laboratorio supuestamente abandonado.
Y con eso, el juicio moral queda servido: despilfarro cultural frente a urgencia sanitaria. El problema no es que alguien se pregunte por el gasto público, algo muy legítimo y necesario. El problema es el mecanismo de intoxicación que emplea y su avieso propósito.
La estrategia: inundar el espacio público
Lo interesante del episodio que cito en los párrafos anteriores es que describe fielmente la lógica comunicativa que desarrolló la llamada alt-right, esa corriente política de tintes autocráticos impulsada por determinadas redes de influencia con epicentro en Estados Unidos y ramificaciones en todo el mundo. Esta lógica desprecia la racionalidad de los argumentos, los cuales sustituye por maquinaciones con el ánimo indisimulado de modelar la opinión pública.
No hace falta destacarlo porque lo vemos a diario en el ámbito de la comunicación política contemporánea. Episodios como el descrito forman parte de una estrategia de saturación del espacio público a partir de comparaciones morales, escándalos de corto recorrido y mensajes turbios diseñados para provocar la reacción emocional inmediata. Tal estrategia está bien documentada en estudios acreditados sobre propaganda y desinformación.
El centro de estudios estadounidense, la RAND Corporation, que asesora desde hace décadas a instituciones públicas en materia de seguridad y comunicación estratégica, acuñó para este fenómeno la expresión “firehose of falsehood”, la manguera de falsedades. Se trata de inundar el debate con un flujo constante de mensajes, medias verdades y provocaciones, a gran velocidad y por múltiples canales, de modo que la verificación siempre llegue tarde y el adversario quede atrapado en una posición defensiva permanente.
La versión más cínica de esta táctica se popularizó en boca de Steve Bannon, uno de los ideólogos más visibles del trumpismo y figura central de la alt-right estadounidense, que lo resumió con una frase explícita: “flood the zone”, anegar la zona. Los argumentos sólidos quedan arrasados por una marea de supuestas noticias que buscan impactar sin escrutinio, análisis o debate. Si todo es escándalo efímero, no hay espacio para las reflexiones pausadas que la realidad demanda.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha descrito este régimen como una infocracia: una democracia degradada en la que la política deja de ser deliberación y se convierte en gestión de impulsos, clics y oleadas emocionales. Ya con anterioridad, la pensadora Hannah Arendt, una de las grandes analistas del totalitarismo en el siglo XX, advirtió de un peligro aún más oscuro. La propaganda moderna no busca únicamente que la gente crea una mentira concreta; persigue que pierda la capacidad misma de distinguir entre hechos y manipulaciones.
El truco: un falso dilema emocional
La comparación entre La Revuelta y Barbacid se revela un ejemplo perfecto de esa lógica, que nos presenta una elección directa: o televisión o cura del cáncer, al tiempo que pretende indirectamente demonizar un programa concreto por entender que no es afín a un ideario determinado. La equiparación ignora que RTVE es una corporación audiovisual que compite por audiencia, relevancia y viabilidad en un mercado de alta y variada rivalidad.
Se puede discutir la programación de un canal de televisión, su propia gestión o la idoneidad de una figura o personaje. Lo que no se puede hacer es presentar como real la falacia absoluta de que cancelar un programa supondría financiar una investigación biomédica. Ni son los mismos fondos, ni es el mismo circuito de asignación ni es el mismo instrumento presupuestario. Estamos, en términos económicos, ante un ejemplo evidente de falsa imputación causal.
Si la tesis que se desea exponer fuese “España abandona la investigación contra el cáncer”, la discusión debería centrarse en series presupuestarias y su nivel de ejecución, así como en la realidad de los centros especializados en el ámbito que se denuncia.
La realidad de las cifras
Los datos nos aportan el contraste entre información y realidad. La propaganda prospera en la confusión contable. Y, aunque el debate sobre si España invierte lo suficiente en ciencia es legítimo —y probablemente la respuesta sea que no—, lo que no resiste el menor contraste es la insinuación de que estamos ante un abandono presupuestario o un desvío grotesco de recursos hacia el entretenimiento.
La primera magnitud a observar es la inversión total del país en I+D. Según el Instituto Nacional de Estadística, el gasto interno en investigación y desarrollo alcanzó en 2024 los 23.931 millones de euros, el 1,50% del PIB, el máximo histórico registrado. España sigue por debajo de los grandes países europeos, sin duda, pero la trayectoria es ascendente y sostenida, no de retroceso.
Si se compara con el último ciclo presupuestario previo al cambio de gobierno, las diferencias son, cuando menos, significativas. En 2018 —último año completo heredado del Ejecutivo de Mariano Rajoy— el gasto interno en I+D se situaba en 14.946 millones. Es decir, en seis años el país ha incrementado en casi 9.000 millones su esfuerzo investigador. La discusión, por tanto, no debería formularse como “ciencia o televisión”, sino como cuánto más debemos avanzar para converger con Europa.
La segunda magnitud relevante es el esfuerzo directo del Estado y aquí la comparativa resulta abrumadora. La ejecución presupuestaria en políticas públicas de investigación, desarrollo e innovación muestra un auténtico triple salto mortal, de los 3.631 millones ejecutados en 2018 a los 13.606 millones en 2023, un incremento cercano al 275%.
Podrá debatirse la eficiencia, la burocracia o la estabilidad del sistema científico, pero no la existencia de una expansión presupuestaria. Las cifras, por tanto, no avalan en absoluto el relato viral sino que lo desmienten sin espacio para la duda.
Barbacid en La Revuelta
La comparación intencionada de dos realidades que transitan por territorios independientes no resuelve ningún problema. La viralidad de tales maquinaciones pretende reducir un debate complejo a una elección infantil. Se agita un contrato televisivo como símbolo del despilfarro y se utiliza la investigación contra el cáncer como arma arrojadiza, sustituyendo la discusión sobre políticas públicas por una indignación instantánea y prefabricada.
Quien se tome en serio la ciencia debería hablar de estabilidad presupuestaria, de convergencia europea en I+D, de ejecución eficiente de fondos, de carrera investigadora y de coordinación sanitaria. Ahí está el terreno real de las decisiones importantes.
Y quizá exista una manera útil de clausurar esta polémica. Sugiero que La Revuelta invite a Mariano Barbacid a debatir en prime time, delante de una audiencia masiva, lo que significa investigar en España, y exponer los avances que se han logrado, los obstáculos que persisten y las prioridades que deberían estar contempladas en los siguientes presupuestos generales. También, por cierto, cuál debería ser el papel de las comunidades autónomas pues investigación y ciencia no son materia exclusiva de la Administración central.
Sería una revuelta en el sentido literal, y con ello devolveríamos la conversación al lugar del que nunca debió salir: el del conocimiento. Recordemos, en fin, que el ruido no cura el cáncer, pero la ciencia bien financiada, bien gestionada y bien contada sí puede acercarnos a hacerlo.