Europa contra USA
La Unión Europea encarna aquello que Trump y su círculo de confianza rechazan: universalismo de derechos, límites al poder, multilateralismo, regulación ambiental y primacía de la ley sobre la fuerza
Archivo – El presidente de EEUU, Donald Trump
El ataque de Estados Unidos a Venezuela ha puesto en evidencia el nivel de riesgo que se deriva de la estrategia internacional del trumpismo, que cuestiona los valores democráticos básicos y amenaza directamente la estabilidad y el futuro de Europa. Antes de entrar en valoraciones sobre la repercusión de las acciones que Trump está impulsando en el mundo, debemos examinar la realidad objetiva de Europa y Estados Unidos como actores globales. Veamos algunos números para alcanzar una perspectiva comparativa real.
Datos que cuestionan el relato
La Unión Europea (UE), con sus 27 estados miembros, supera los 450 millones de habitantes, por encima de los cerca de 333 millones de Estados Unidos. En términos económicos, la UE genera un producto interior bruto colectivo de alrededor de 19,4 billones de dólares -22,6 con Reino Unido- frente a los 28,8 billones de la economía USA. En términos de deuda pública, Estados Unidos presenta un ratio sobre PIB del 120% por una media de la UE del 81%. Por último, el presupuesto de Defensa que maneja Washington es alrededor de 800 billones de dólares frente a los 300 de Europa.
En síntesis, Estados Unidos y Europa son potencias de dimensión comparable, con dos diferencias notables: la UE ofrece un mejor balance financiero –matizado por la hegemonía del dólar- y USA cuenta con un poderío militar superior.
A estos datos podemos añadir la interesante información que nos reporta la balanza comercial: en 2024 el comercio bilateral de bienes y servicios entre la UE y Estados Unidos superó los 1,68 billones de euros, la relación económica más grande del planeta, y la Unión Europea mantuvo un superávit en bienes de alrededor de 157.000 millones de euros frente a Estados Unidos, aunque el comercio de servicios presenta un saldo más equilibrado.
Una alianza basada en valores compartidos
Tras la Segunda Guerra Mundial, la Europa occidental y Estados Unidos construyeron un marco común basado en la democracia liberal, el Estado de derecho, la economía abierta y la defensa de los derechos humanos. Ese consenso permitió la creación de instituciones multilaterales de distinta naturaleza que dieron forma a un orden internacional relativamente estable. Aun admitiendo imperfecciones obvias y excepciones a los principios generales de este diseño, podría afirmarse que Europa y Estados Unidos compartían una visión del mundo con la fuerza subordinada a la ley y la cooperación por delante del unilateralismo.
En el plano militar, la OTAN se constituyó como manifestación concreta de esa especie de gran pacto político y de valores. Creada para garantizar la seguridad colectiva frente a amenazas externas, funcionó durante décadas como un mecanismo de disuasión y coordinación que, con todas sus tensiones internas, permitió a Europa concentrarse en su integración económica y social mientras Estados Unidos asumía el grueso del paraguas de seguridad. Ese equilibrio —Europa potencia civil, Estados Unidos garante militar— fue una de las piedras angulares del orden occidental de posguerra.
La ruptura: Trump contra Europa
Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, todo ha saltado por los aires. Por primera vez desde 1945, un presidente estadounidense dejó de concebir a Europa como aliada estratégica para tratarla abiertamente como un competidor al que doblegar y como un problema a resolver. Sus ataques verbales a la Unión Europea, la imposición de aranceles a productos europeos, el desprecio por los acuerdos multilaterales y la amenaza constante de retirar el compromiso de seguridad definen la ruptura histórica.
La hostilidad trumpista debe entenderse ideológica y estructural. La Unión Europea encarna aquello que Trump y su círculo de confianza rechazan: universalismo de derechos, límites al poder, multilateralismo, regulación ambiental y primacía de la ley sobre la fuerza. El modelo europeo se pone de manifiesto como lo opuesto al modo en que el actual presidente norteamericano concibe el poder, la economía y las relaciones internacionales.
A esto se suma una dimensión económica decisiva. Europa es un mercado muy importante, un competidor tecnológico e industrial potencial de primer nivel y, además, dispone de una moneda —el euro— que se podría consolidar como alternativa internacional, lo que erosionaría la hegemonía del dólar, una de las principales fuentes del poder estructural estadounidense. Desde esta perspectiva, debilitar a Europa resulta un objetivo estratégico fundamental para la Administración Trump.
La urgencia de reacción por parte de Europa
Las amenazas de hacerse con Groenlandia “por las buenas o por las malas” suponen la señal más cruda de la beligerancia de Trump contra Europa. Que un presidente estadounidense pueda plantear abiertamente su apropiación marca una hipótesis inadmisible para Europa. Si tal amenaza se tolera, Europa estará asumiendo su vulnerabilidad y cualquier opción será posible desde entonces, ya sea con origen en Washington o en Moscú.
Ese es el momento de la verdad para la Unión Europea. La cuestión ya no es tanto si Estados Unidos sigue siendo un aliado fiable, sino si Europa está dispuesta a actuar como un actor político soberano. La amenaza sobre Groenlandia define una línea roja que no puede ser traspasada sin consecuencias. Es hora de pasar de la retórica diplomática a una estrategia de disuasión real frente a un nuevo adversario que, al menos bajo esta Administración, no reconoce límites ni compromisos previos.
Europa debería establecer de inmediato un protocolo de advertencia nítido y creíble a poner en marcha en caso de que la amenaza de Trump sobre Groenlandia cristalice. En primer lugar, un régimen de sanciones dirigidas a las grandes multinacionales estadounidenses, que son uno de los principales vectores del poder de Washington y, también, uno de los puntos más sensibles para la Administración Trump. En segundo lugar, una política deliberada de reducción del uso del dólar en las transacciones internacionales europeas, reforzando el papel del euro como moneda de referencia. Y, en tercer lugar, la salida ordenada de una OTAN que ha dejado de ser un marco de seguridad fiable, acompañada de la creación de una capacidad militar europea propia, integrada y autónoma.
Esta estrategia necesaria en el escenario actual debería tener en cuenta algo que parece olvidarse: Trump no es eterno, y el adversario no debe ser Estados Unidos sino una Administración concreta que ha optado por la confrontación y el unilateralismo. Europa debe combinar firmeza estratégica con inteligencia política y reforzar, consecuentemente, los contactos con la oposición demócrata de modo que se prepare el terreno para una recomposición de la relación transatlántica cuando el ciclo actual termine.
No conviene ignorar un dato potencialmente relevante: en noviembre, un cambio en el equilibrio del Congreso norteamericano supondría un condicionante del poder de Trump. La pesadilla no es irreversible. Pero solo una Europa que se haya tomado en serio a sí misma —económica, política y militarmente— podrá negociar de igual a igual cuando llegue ese momento.