Socialistas desleales

Lo de Leguina y Redondo no va de transfuguismo. Apunta más a un conservadurismo sobrevenido o a una profunda animadversión hacia Pedro Sánchez

Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros han mostrado su apoyo a Isabel Díaz Ayuso en la campaña a la presidencia de la Comunidad de Madrid

Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros han mostrado su apoyo a Isabel Díaz Ayuso en la campaña a la presidencia de la Comunidad de Madrid

Con frecuencia, en las campañas políticas pasan desapercibidos, o quedan oscurecidos por la trompetería electoral, gestos e imágenes dignos, cuando menos, de una mínima reflexión.

En el fragor de la batalla madrileña, entre apocalipsis, sobreactuaciones y un amplio repertorio de simplismos y simplezas, a mí me ha llamado la atención la foto en la que dos veteranos dirigentes del PSOE rinden pleitesía y, por activa o por pasiva, hacen campaña a favor de la candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso. Una imagen generosamente tratada por la prensa conservadora de la metrópoli, en oportuna correspondencia a su valor intrínseco desde la perspectiva de la comunicación política de la candidata popular.

Nicolás Redondo Terreros (63 años, exsecretario general del PSOE vasco) y Joaquín Leguina (80 años, primer presidente de la autonomía madrileña) posan para la posteridad, caballerosamente encantados, flanqueando a Ayuso con el pretexto de una visita de la presidenta madrileña a una fundación para discapacitados en la que Redondo y Leguina son directivos. Un acto puro y duro de campaña. “Merece la pena apoyar a Ayuso”, dijo este último para completar la faena.

Como Redondo y Leguina son dos políticos experimentados, cultivados e inteligentes, no se les escapa la trascendencia política de su gesto. Debería de escribir “sorprendente gesto”, pero a estas alturas de vida y profesión periodística a uno le resulta difícil sorprenderse por nada.

Ninguna discrepancia justifica traiciones de este calibre a plena luz del día

Ni el uno y ni el otro, que siguen militando en el PSOE, son nuevos en estas lides indignas de cargar las armas del adversario en los momentos difíciles de las batallas políticas. Ambos discrepan de la estrategia actual del PSOE y, sobre todo, detestan a Pedro Sánchez.

Pero ninguna discrepancia justifica traiciones de este calibre a plena luz del día. Si no por respeto a los compañeros, a los votantes y a las siglas, al menos por respeto a sí mismos y a lo que ellos representaron en su día en el socialismo español.

No seré yo quien cuestione el derecho de todo el mundo a evolucionar (o involucionar) en sus planteamientos ideológicos. Es humano y legítimo, si no responde a intereses bastardos, claro, como suele pasar en los frecuentes casos de transfuguismo.

Si uno está en radical desacuerdo, siempre tiene la opción de romper el carné e irse, como hizo, después de mucho incordiar, Paco Vázquez

Lo de Leguina y Redondo no va de transfuguismo. Apunta más a un conservadurismo sobrevenido o a una profunda animadversión personal y/o política hacia el actual presidente del Gobierno. Los militantes –especialmente si son significados– dan las batallas en los órganos del partido y ahí se deciden tácticas y estrategias.

Si uno está en radical desacuerdo, siempre tiene la opción de romper el carné e irse, como hizo – después de mucho incordiar, eso sí– Paco Vázquez, que ya en su etapa de dirigente del PSOE gallego practicaba un socialismo de más que dudoso cuño. Cualquier cosa menos trabajar para el enemigo. Eso, más que una deslealtad, es una traición. Una infamia política por venir de quien viene.