Pablo Casado, durante su comparecencia del domingo para valorar la debacle electoral del PP. EFE/Javier Lizón

El 26-M congela las decisiones pendientes tras el 28-A

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La proximidad de las europeas, autonómicas y municipales obliga a los partidos a posponer tanto acuerdos en el Congreso como renovaciones internas

Iván Vila

Economía Digital

Pablo Casado, durante su comparecencia del domingo para valorar la debacle electoral del PP. EFE/Javier Lizón

Barcelona, 30 de abril de 2019 (04:55 CET)

La cascada electoral es lo que tiene. En plena resaca aún de la profunda sacudida al tablero de juego político que supusieron los comicios del domingo, ya ha quedado claro que volvemos a estar en campaña. O que seguimos en ella. Y que, en consecuencia, las decisiones a las que abocan a unos y otros los resultados de las generales quedan congeladas. Al menos, hasta pasadas las europeas, autonómicas y municipales del 26-M. Hay todavía demasiado en juego en esa triple cita como para que los partidos se metan a hacer reformas en casa.

Baste para acreditarlo las posturas exhibidas por los dos grandes ganadores en clave nacional tanto la misma noche electoral como este lunes. PSOE y Cs suman —sumarían— hasta 180, cuatro diputados más allá de la mayoría absoluta, y esa suma otorgaría una estabilidad máxima al gobierno de Pedro Sánchez y la garantía de que los 22 diputados independentistas que acumulan ERC y Junts per Catalunya (JpC) resultarían estériles: ni ellos ni ningún otro partido nacionalista condicionaría la política nacional por primera vez en décadas.

Pero pesan más otras cosas. Cs, esa fuerza nacida para parar los pies al nacionalismo catalán, es prisionera ahora de las reiteradas promesas electorales de no pactar con Sánchez, a quien Albert Rivera ha atacado en campaña por tierra, mar y aire. Ahora, el mantra de Cs es afirmar que el PSOE ya se ha decidido por Podemos y los independentistas, y seguir advirtiendo del peligro que supone para España.

La hasta ahora líder del partido naranja en el Parlament, Inés Arrimadas, ya diputada in pectore por el Congreso, insistió con rotundidad tras la ejecutiva del partido: “No va a haber ningún tipo de negociaciones para un gobierno o para una investidura”. A Cs esa belicosidad contra los socialistas le ha dado buenos resultados y no hay motivo para renunciar a ella, mucho menos antes del 26-M.

Sánchez y la geometría variable

Y como al PSOE tampoco le ha ido mal lo de mantener una cierta ambivalencia, sigue, por un lado, lanzando guiños sin perder el recato a Podemos y, por otro, y por más que diga Arrimadas, sin descartar pactos con Cs. De hecho, la vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, dejó claro que la preferencia es por gobernar en solitario y buscando acuerdos que pueden ser más o menos estables.

Al fin y al cabo, el nuevo mapa del Congreso favorece eso que se ha dado en llamar la geometría variable. Con PP, Cs y Vox sumando 147 escaños y ERC, JpC, PNV y Bildu sumando 32, la única opción para bloquear un eventual gobierno en solitario de Sánchez pasaría por una pinza entre ambos bloques que a cada uno de sus integrantes le resultaría difícil de justificar ante los suyos.

El caso es que, sumas y restas aparte, los socialistas han conseguido 123 diputados vendiendo que son el voto útil contra lo que han dado en llamar “el trifachito” y atribuyéndose el papel del más dialogante de la habitación, así que no van a renunciar a ese rol a semana y media del arranque de una nueva campaña. Cualquier acuerdo, puntual o estable, tendrá que esperar hasta finales de mayo, por lo menos.

Casado y Puigdemont, a expensas del 26-M

Si el 26-M frena las decisiones en el seno de los vencedores, qué decir de los vencidos. El PP afronta la renovación a la que le aboca su desplome con ese mismo horizonte electoral a cortísimo plazo entre ceja y ceja. Así que de momento, toca ratificación de Pablo Casado al frente de la formación y cierre de filas durante cuatro semanas más. Así, los resultados en las europeas, autonómicas y municipales serán las que acaben de determinar tanto la verdadera magnitud de la tragedia como el destino de su líder.

La misma cita de finales del mes que viene servirá igualmente para tomar la temperatura en el seno del magma que ocupa el espacio de la antigua Convergència. Al dictado que marca Carles Puigdemont desde Waterloo, el domingo JpC salvó los muebles contra pronóstico y ahora está por ver si consigue escaño en Europa y qué papel hace frente a la pujante ERC en unas municipales en las que los neoconvergentes se juegan mucho, y en las que un mal resultado puede precipitar una escisión del sector del Pdecat más distanciado del puigdemontismo que ahora controla el partido.

Por el momento, los augurios no son buenos: la Junta Electoral Central (JEC) aprovechó la resaca del 28-A para aceptar los recursos presentados por PP y Cs y prohibir presentarse a las europeas tanto a Puigdemont, que abría la candidatura, como a los números dos y tres, los exconsellers Toni Comín y Clara Ponsatí. Eso sí, a la vez que descabezaba la lista europea de la formación independentista, la JEC le proporcionaba gasolina electoral para una campaña, la del 26-A, que, resuelta la carrera para renovar Congreso y Senado, es la que ahora ya lo impregna y lo condiciona todo.

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