Jornada del juicio por el 1-O en el Tribunal Supremo. EFE
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Los mandos policiales describen un 1-O trufado de resistencia violenta y rematan una semana en que los testigos abonan la acusación de rebelión

Barcelona, 08 de marzo de 2019 (04:55 CET)

El juicio del procés en el Tribunal Supremo es una montaña rusa de percepciones y puntos de vista, y ahora la rebelión ya no se perfila tan solo como una ocurrencia descabellada de la fiscalía, no después del nutrido desfile de testigos que a lo largo de esta cuarta semana de sesiones han ido socavando los cimientos de una de las paredes maestras de las defensas: la de la naturaleza escrupulosamente pacífica del movimiento independentista. En los últimos cuatro días, en la Sala de Plenos  del Supremo ha ido tomando forma una versión alternativa, y mucho más cruda, de aquellos convulsos meses de septiembre y octubre que lo sacudieron todo en Cataluña.

Si el martes, el entonces delegado del Gobierno en Cataluña, Enric Millo, habló de un clima de “hostigamiento” y “acoso” aquellas semanas, y el miércoles, la secretaria judicial que encabezó el registro de Economía el 20 de septiembre ofreció un angustioso contraplano a los relatos que habían descrito la masiva concentración a las puertas del mismo como una protesta completamente inofensiva, este jueves, los mandos de la Policía Nacional y la Guardia Civil durante el dispositivo que se desplegó el 1-O remacharon el planteamiento ya esgrimido respecto de esa jornada por el coordinador de ese despliegue, Diego Pérez de los Cobos, y por el exnúmero dos de Interior, José Antonio Nieto: el de que los agentes no se encontraron en los colegios solo con resistencia pasiva, sino con un alto grado de virulencia.

Las declaraciones de Sebastián Trapote, que fue responsable de los efectivos policiales, y de Ángel Gozalo, que estuvo al cargo de los guardias civiles, fueron en ese sentido intercambiables.  Ambos testigos no solo coincidieron en señalar la inacción de los Mossos que precipitó que tuvieran que ser las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado las que asumieran el protagonismo del operativo policial para tratar de impedir el referéndum, sino que también defendieron la controvertida actuación policial y describieron en términos similares la alta graduación de la oposición que encontraron a su llegada a los centros electorales.

120 agentes lesionados

Dieron datos. Porque si las declaraciones del entonces presidente Mariano Rajoy; de su número dos, Soraya Sáenz de Santamaría, y del exministro del Interior Juan Ignacio Zoido, esuvieron lastradas por las vaguedades y los titubeos, los técnicos, de Nieto para abajo, resultaron mucho más convincentes.

La Guardia Civil intervino ese domingo en 71 centros electorales. En 14 de esos casos renunció al intento de acceder al recinto para evitar males mayores, y solo en una veintena de ellos las incidencias fueron menores, según Gozalo. La Policía Nacional, por su parte, actuó en 52 puntos de votación, y ninguno de ellos quedó cerrado definitivamente el resto del día, según dijo creer el testigo. En el conjunto de actuaciones, resultaron lesionados 55 guardias civiles, 5 de los cuales causaron baja médica, y 65 policías, ninguno de los cuales precisó hospitalización.

Trapote y Gozalo completaron el relato que sobre las agresiones de que fueron objeto los agentes ya hilvanó Millo, que en su declaración contó que ese día vio un chaleco antibalas que había sido rajado de arriba abajo y añadió, a modo de ejemplo, que un agente le dijo que él y otros compañeros habían caído “en la trampa del Fairy”, una expresión que se refería a que los habían hecho resbalar y caer extendiendo jabón en el suelo a la entrada de un colegio, y que fue objeto de numerosas burlas en las redes sociales.

Los mandos de policía y guardia civil abundaron en ese escenario ya descrito por el  esdelegado del Gobierno, y relataron que los agentes encontraron impedimentos para acceder a los centros y también, lo que es más grave, para salir, lo que les obligó a abrirse paso para poder replegarse haciendo uso de la fuerza.

Gozalo, como ya habían hecho Nieto y Millo, se refirió a los llamamientos que esas semanas -y en términos de “lenguaje prebélico”, puntualizó- se hacía desde  ámbitos independentistas a “defender las urnas”,  y remarcó los episodios de “acoso” de que según él fueron objeto los guardias civiles –tanto los desplazados a Cataluña como los que residen allí- los días previos al referéndum.

Resistencia de "alta virulencia"

Llegado el 1-O, en sus palabras, “se le tenía ganas a la Guardia Civil”, que se encontró con una situación “muy difícil de gestionar” y a menudo se vio enfrentada a masas de gente con “un grado muy alto de excitación que mutaba en situaciones violentas” que incluyeron insultos, empujones y lanzamiento de piedras y otros objetos. Gozalo apuntó que en Sant Esteve de Ses Rovires, un agente fue pateado tras caer al suelo, y que el municipio leridano de Pons hubo 10 agentes contusionados.

“Había una serie de individuos cuyo comportamiento y agresividad hacia las fuerzas de seguridad era de una alta virulencia. Eso estaba todo perfectamente organizado”, relató por su parte Trapote. “Hacían cadenas humanas, nos bloqueaban el paso, nos agredían, no solo bloqueaban la entrada, sino también la salida”.

El abogado de Oriol Junqueras, Andreu Van den Eynde, le preguntó al exmando policial si hubo algún intento de mediar con los concentrados a las puertas de los locales, y Trapote estalló. “¿Cómo íbamos a mediar? Había una resistencia brutal. No había  ninguna persona allí que quisiera mediar”.

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