El nuevo imperialismo no va de fronteras

Trump no es un loco ni un matón, sino un actor hanseático en un sistema que ya no es westfaliano; no quiere gobernar países, sino hacer que dependan de sus rutas, su dólar, su protección y sus mercados, exactamente como hacían Lübeck o Hamburgo en el siglo XIV

El presidente de EEUU, Donald Trump. Europa Press/Contacto/Andrew Leyden

Durante décadas hemos interpretado la geopolítica como una lucha por territorios. Fronteras, soberanía, banderas. Sin embargo, lo que está ocurriendo en el Ártico responde a una lógica muy distinta, marcadamente económica. Se trata de una competencia por rutas, nodos logísticos y tiempo. No estamos ante un nuevo orden westfaliano, sino ante algo mucho más antiguo y moderno a la vez. Es la Liga Hanseática del siglo XXI.

En la Edad Media, la Hansa no dominaba grandes extensiones de tierra. Dominaba puertos, corredores marítimos, puntos de paso y reglas de acceso, factores mucho más rentables que los territorios. Quien controlaba Lübeck, Hamburgo o Brujas no necesitaba conquistar reinos, pues tenía el poder de decidir quién comerciaba, cuánto pagaba y a qué velocidad se movían las mercancías.

Y eso es exactamente lo que hoy está en juego en el Ártico. Rusia no necesita anexionar nada para ser el actor dominante. Le basta con controlar la Northern Sea Route: rompehielos, puertos, permisos, estaciones y bases. China no tiene territorio allí, pero invierte, se incrusta en la red y compra influencia logística. Actúa al más puro estilo del gran mercader hanseático. Estados Unidos, por su parte, intenta asegurar un nodo crítico -Groenlandia- para no quedar fuera de la nueva red de tránsito global. Y Europa aporta puertos, tecnología y mercado, pero sin una estrategia propia de control de red.

La obsesión de Donald Trump con Groenlandia encaja mejor en esta lógica que en la del viejo imperialismo territorial. No se trata de añadir una bandera más al mapa, sino de asegurarse un punto de veto en una de las grandes rutas comerciales del siglo XXI. En su mundo -y el nuestro- donde la rivalidad con China es evidente y la erosión de las reglas multilaterales manifiesta, quien controla los nodos controla mucho más que quien controla la tierra. Y él lo sabe perfectamente. Trump no es un loco ni un matón, sino un actor hanseático en un sistema que ya no es westfaliano. No quiere gobernar países, sino hacer que dependan de sus rutas, su dólar, su protección y sus mercados, exactamente como hacían Lübeck o Hamburgo en el siglo XIV.

Para la Hansa, reducir días de navegación, evitar peajes y garantizar escolta era una ventaja decisiva. El panorama de hoy no es muy distinto. La ruta ártica que conecta Asia y Europa supone 18–20 días de navegación, frente a las 35–45 del canal de Suez. Esta evidencia influye en costes logísticos, inventarios, seguros y dependencia. Si a ello le sumamos la tensión de las cadenas de suministro en una economía global, es fácil deducir que el tiempo es poder.

Por eso Groenlandia importa tanto. No es un gran mercado ni una potencia militar, pero es un nodo estratégico. Controla acceso, logística y capacidad de negociación. En términos económicos, es más Hamburgo que un Estado soberano. Y este esquema nos remite al neomedievalismo, cada vez más presente en relaciones internacionales. Un mundo donde la soberanía es difusa, las reglas varían según la ruta y Estados, empresas y alianzas se superponen. El Ártico no tendrá una autoridad única, sino corredores funcionales con normas distintas, según quién los use y quién los proteja.

Para Europa, la situación dista de ser cómoda. La ventaja -si sabe usarla- es que esta película ya la vimos. La Liga Hanseática fue próspera, pero acabó superada por Estados que entendieron que el comercio sin poder estratégico sirve de poco. La UE corre hoy el mismo riesgo: ser rica, abierta e interdependiente… pero depender de redes que otros controlan. En esta nueva liga de rutas, quien no controla los nodos, paga peaje.

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