Elecciones en Portugal, entre el mal menor y la mayoría fragmentada

Si nada altera este equilibrio en la campaña que precede al 8 de febrero, es probable que Portugal confirme en las urnas lo que la aritmética ya insinúa: la derecha, al dividirse, entrega Belém a un socialista moderado que promete ser “presidente de todos”

António José Seguro y André Ventura

António José Seguro y André Ventura

La primera vuelta de las elecciones presidenciales del 18 de enero de 2026 dejó expuesta una realidad política que Portugal viene insinuando desde hace años, pero que raramente se enuncia con claridad: la derecha es hoy mayoritaria en el país, pero su fuerza no se traduce en poder efectivo debido a una profunda fragmentación interna. Esa división —con múltiples candidaturas disputando el mismo espacio ideológico— permitió que a la segunda vuelta avanzaran dos perfiles casi antagónicos: António José Seguro, un socialista moderado cercano a la socialdemocracia, y André Ventura, representante de una derecha más radical y polarizadora.

Los resultados lo demuestran: Seguro obtuvo alrededor del 31% de los votos, Ventura se situó en torno al 23,5%, mientras que las candidaturas de João Cotrim de Figueiredo (~16%), Henrique Gouveia e Melo (~12%) y Luís Marques Mendes (~11%) —todas orbitando distintos matices de la derecha— sumaron, juntas, una proporción claramente superior a la del candidato socialista. Esta aritmética deja claro que la mayoría electoral portuguesa se sitúa hoy a la derecha, aunque sea una derecha poliédrica y sin capacidad de coordinación estratégica.

Precisamente por esa falta de convergencia, la segunda vuelta se disputará entre un socialista cuya candidatura fue aceptada con cierta reticencia por su propio partido, el PS —que en elecciones anteriores optó por no presentar un nombre oficial—, y un líder radicalizado que, pese a su crecimiento, enfrenta altos niveles de rechazo entre los votantes moderados. La izquierda no ganó la hegemonía; simplemente se benefició de la dispersión de la derecha.

La derecha portuguesa se presenta hoy como un mosaico: por un lado, un liberalismo urbano escéptico del intervencionismo estatal pero temeroso de aventuras iliberales; por otro, un conservadurismo institucional que valora la estabilidad; y, finalmente, un populismo punitivo, con un discurso de ruptura que Ventura encarna como nadie. Esta diversidad interna no se traduce en complementariedad, sino en competencia feroz, lo que debilita estructuralmente la capacidad de presentar una candidatura presidencial única o mayoritaria.

En ese contexto, la figura de Seguro emerge como la opción del “mal menor”: un perfil moderado, de temperamento previsiblemente institucional, que ofrece —sobre todo al votante centrista— una sensación de estabilidad y previsibilidad. En contrapartida, Ventura, pese a movilizar un electorado fiel y ruidoso, genera rechazo en amplios sectores del país, según sondeos anteriores a la primera vuelta. Este dato es fundamental porque, en las presidenciales portuguesas, la segunda vuelta no suele premiar la estridencia, sino la fiabilidad.

Conviene recordar que la Presidencia de la República es, antes que nada, una magistratura deinfluencia y moderación, con poderes de veto político y supervisión constitucional. El elector portugués, tradicionalmente, no proyecta en Belém un deseo de revolución, sino de contrapeso. Y por esa misma razón, la campaña —breve y decisiva— que tendrá lugar previsiblemente entre el 27 de enero y el 6 de febrero, tras la validación constitucional de las candidaturas, tiende a favorecer al candidato que menos perturba y más agrega. Si finalmente se concreta un debate entre ambos, como es de esperar, este podría subrayar más las diferencias de estilo que las de programa.

Portugal regresa así, cuarenta años después, a una segunda vuelta presidencial —como en 1986—, aunque por motivos distintos: entonces se buscaba consolidar la democracia; hoy se intenta estabilizar un pluralismo crecientemente fragmentado. La derecha, en vez de aprovechar su mayoría sociológica, se ha autoboicoteado, dispersando sus votos y dificultando cualquier convergencia posterior.

No obstante, es cierto que Ventura intentará, hasta el último día, unir las distintas corrientes de la derecha. Ya surgieron llamados a esa unidad, como en las Azores, donde dirigentes del CHEGA apelaron a “toda la derecha” a cerrar filas en torno a su candidatura. Pero el comportamiento del votante moderado portugués raramente responde a consignas partidarias: ese votante suele priorizar la prudencia, la estabilidad y la institucionalidad. En una segunda vuelta tan polarizada, es muy probable que se incline por limitar riesgos, lo que casi siempre significa apoyar al candidato institucionalmente más seguro —en este caso, literal y metafóricamente, Seguro.

En definitiva, la primera vuelta dejó dos lecciones. Primera: la derecha portuguesa es mayoritaria, pero continúa demasiado fragmentada como para convertir esa mayoría en poder efectivo. Segunda: el electorado sigue viendo en la Presidencia un espacio de estabilidad, lo que otorga ventaja a perfiles moderados en momentos de tensión política. Si nada altera este equilibrio en la campaña que precede al 8 de febrero, es probable que Portugal confirme en las urnas lo que la aritmética ya insinúa: la derecha, al dividirse, entrega Belém a un socialista moderado que promete ser “presidente de todos”, exactamente lo que una parte significativa del país quiere, y quizá necesita, creer.

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