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Los valores culturales tradicionales, presididos por el eterno materialismo, pueden todavía más que cualquier otra fuerza de voluntad humana colectiva

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Última Asamblea General de las Naciones Unidas, en su sede de Nueva York. EFE/EPA/SPENCER PLATT / POOL

ONU al revés se lee UNO. Pero en lugar de que, como en las matemáticas, el orden de las letras no alteren el resultado, este simple juego o cambio en las mismas encierra una metáfora entre una realidad y otra, entre ambos significados, precisamente referidos a hechos, situaciones y realidades también al revés.

Ojalá que las siglas de la ONU diesen como resultado esta otra posibilidad semiótica con la que titulo este artículo. Que fuésemos una unidad, formando al mismo tiempo parte de ese UNO que ya antiguamente Plotino señaló como el Todo y que, tras el conocimiento científico que define el Universo y lo que contiene como producto del Big Bang, sabemos que es el origen común. En cambio, parece que nos empeñamos en lo contrario, en dividir, diferenciar, separar, desunir.

Como bien señala el filósofo Ken Wilber a lo largo de su prolífica obra, una cosa es la diversidad y otra la diferenciación, ya que mientras la primera enriquece y no excluye, la otra opera al revés. Pero está claro que, por lo de ahora, seguimos más empeñados en parapetarnos tras los distintos muros y demás barreras -sean ideológicas, de creencias, económicas o de cualquier otro tipo- con las que nos empeñamos en separarnos en lugar de unirnos, como ya he puesto de manifiesto en el artículo Barreras humanas en esta misma sección.

«En definitiva, resumen y conclusión, que esta asamblea haya sido otro fracaso parece que les tiene sin cuidado a los responsables de ello»

La última prueba y oportunidad para lograr una mayor y mejor conjunción entre nosotros, y también con el entorno o planeta en general, ha sido la 76ª sesión de la Asamblea General de la ONU (AGNU), en la que a finales de septiembre se han reunido presencialmente los representantes de los casi 200 países que integran esta (des)unión. La misma tenía como triple propósito la pandemia por el coronavirus, la recuperación económica y el cambio climático. Pero parece que ninguno de estos hechos y motivos tampoco han prevalecido ante los intereses espurios, egocéntricos y todavía lejos de una mentalidad humana común. En su lugar, volvieron a acaparar la atención, tanto diplomática como mediática, el desastre de Afganistán, la guerra fría entre EE.UU. y China por el asunto de los submarinos nucleares vendidos a Australia, o el maniqueísmo hipócrita de algunos líderes de la baja moral humana, como Bolsonaro y su burla por haber asistido sin vacunar contra la Covid-19.

Ni las desigualdades en dicha vacunación, ahondando todavía más en las brechas de todo tipo existentes entre países ricos y pobres; ni las situaciones de miseria a nivel mundial; ni las manifestaciones de los jóvenes esa misma semana reclamando que reaccionemos ante el deterioro al que estamos sometiendo a nuestro planeta, corroborado precisamente por el último informe de la ONU, basado en 40.000 artículos científicos, revisados por 250 expertos del clima de todo el mundo. Nada de eso ha centrado la atención de quienes nos dirigen. Y es que no hay voluntad política para estos asuntos, ya que los esfuerzos se centran, como suele ser nefastamente habitual, en que al otro no le vaya bien (guerra fría), o en seguir esquilmando el planeta (nosotros incluidos) para el lucro de unos pocos (como en el caso de la selva amazónica).

En definitiva, resumen y conclusión, que esta Asamblea haya sido otro fracaso parece que les tiene sin cuidado a los responsables de ello. Aunque esta desidia nos dirija hacia los puntos de no retorno que ya he abordado en esta sección (I, II y III). Los valores culturales tradicionales, presididos por el eterno materialismo, pueden todavía más que cualquier otra fuerza de voluntad humana colectiva.

«Si ni la pandemia ni el cambio del planeta o la pobreza son capaces de ponernos de acuerdo, ¿es imposible la unión humana?»

Se pensó que la pandemia podía unirnos, pero al final se está utilizando para lo mismo, es decir, diferenciar otra vez y utilizarla también para la geopolítica. Esto es, una y otra vez más de lo mismo. El espíritu egoísta alimentado hasta la saciedad, aunque la bulimia de algunos en este sentido parece que no tenga límites.

Si ni la pandemia ni el cambio del planeta o la pobreza son capaces de ponernos de acuerdo, ¿es imposible la unión humana? Pienso que mientras los intereses actuales de nuestra escala de valores sigan primando y emponzoñando las relaciones, nuestras acciones comunes se verán limitadas a campos como el patrimonio cultural (algo que ni los del ISIS respetan) y poco más; pues las reservas naturales ya sabemos cómo son presa de furtivos y demás especuladores, así como tampoco la educación parece reconocida a nivel mundial, como es en el caso de las mujeres afganas. Por no hablar del Brexit-Bluff o ahora el Polexit-Heil!, en claro sentido contrario a unirnos cada vez más, como es el ejemplo emblemático de la Unión Europea.

Que nos falta mucho por hacer en el sentido de este mundo común en el que vivimos está claro. Que los dirigentes y poderes actuales no están por la labor, también. Mientras que el resto de la población, en pos de su zona de confort, parece que, como en otros muchos asuntos existenciales, prefiere mirar para otro lado, a través de formas actuales de obviar el panorama real como las redes sociales, streamings, realities, …; o recurriendo al remedio peor que la enfermedad, como son los populismos fascios, precisamente dirigidos por quienes suelen ponerse al frente de exclusivismos diferenciadores y desintegradores, aprovechándose del fracaso personal, el cabreo, el desasosiego y el descontento general. Dando lugar así también a una de las paradojas de nuestro tiempo, ya que nunca hemos estado tan comunicados y, en cambio, parece que la desunión es la que sigue primando en nuestros (des)encuentros.

Dedicado a Uno de Noviembre, poeta y arquitecto del lenguaje.

Xosé Gabriel Vázquez