Del viejo…

El Gobierno aprobó a principios de abril la reactivación del Consejo Estatal de Responsabilidad Social de las Empresas (CERSE) creado en 2008; esperemos que lo supuestamente aprendido desde aquella ya más que lejana pueda servir para mejorarlo, o al menos, convertirlo en algo útil

La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz

La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz

… El Consejo. En fecha martes 7 de abril del presente 2026, el Gobierno aprobó en el Consejo de Ministros y Ministras, a propuesta del Ministerio de Trabajo y Economía Social, la reactivación del Consejo Estatal de Responsabilidad Social de las Empresas (CERSE), “un órgano consultivo del Gobierno, clave para garantizar el funcionamiento ético de las empresas en materia social, que llevaba una década inactivo”.

El pasado siempre vuelve, pero distinto

El arriba firmante, involucrado activamente desde el año 2000 en todo lo referente a la RSE, publicó un artículo en su blog denominado “Socioblogía” el 29 de marzo de 2008, que “xa choveu”, con el título de “La Cooperación en el Consejo”, que reproducimos literalmente:

“Por fin y casi en fecha, se ha publicado el 29 de febrero pasado el Real Decreto 221/2008 de 15 de febrero, por el que se crea y regula el Consejo Estatal de Responsabilidad Social de las Empresas. Catorce artículos y tres disposiciones constituyen la norma básica que ha de regir en esta nueva legislatura el camino de la RSE en España por propuesta gubernativa. Poca polvareda, al menos por ahora, ha levantado este imprescindible Real Decreto. Y resulta curioso, dado que será el órgano colegiado, paritario, asesor y consultivo encargado “del impulso y fomento de las políticas de Responsabilidad Social de las Empresas y se constituye en el marco de referencia para el desarrollo de esta materia en España”. De carácter cuatripartito, en él se verán representados un cuarteto de actores: empresas, sindicatos, organizaciones sociales e instituciones de reconocida representatividad, así como la propia Administración Pública. Pero de entre todas sus características, composición y funcionamiento, quisiéramos destacar un aspecto y que aparece de manera exenta en el mismo texto y es que “la Responsabilidad Social de las Empresas debería ser considerada dentro del marco de la “Declaración para el Diálogo Social de 2004”.

Frente a la preponderancia casi absoluta que la competencia tiene en las explicaciones limitadas y poco precisas sobre la evolución, la cooperación también mantiene una posición sólida. Y así, las relaciones de dependencia y colaboración entre insectos y plantas son un campo de estudio cada vez más tratado en la literatura de la biología y la ecología. Numerosos son los casos de especies vegetales que albergan insectos que los protegen de sus naturales depredadores los herbívoros. Recientemente se ha descubierto que el mutualismo no sólo afecta a las dos especies cooperativas, sino que también involucra al antagonista del que se protegen, los grandes herbívoros. En ausencia total de ataques de mamíferos, los árboles disminuyen la retribución que dan a las hormigas y, entonces, abren la puerta a las agresiones de otros insectos, con lo que salen perjudicados tanto la misma planta como el insecto.

En un artículo publicado recientemente en Science realizado por un equipo de investigadores de la Universidad de Florida dirigido por el profesor de Zoología Todd Palmer (“Putting ant-acacia mutualisms to the fire”, Science, 28 march 2008) realizan la sorprendente exposición de cómo en la sabana tropical del este de África, un tipo de acacia espinosa (acacia drepanolobium) hospeda a una hormiga (crematogaster mimosae) en sus espinas permitiendo que se alimente del néctar que desprenden sus hojas. A cambio, mutualista y cooperativamente, los insectos importunan a grandes herbívoros como las jirafas que se alimentan de estos punzantes árboles, llegando a albergan colonias de hasta 100.000 agresivas hormigas por árbol dispuestas para el ataque. Pero cuando se exceden y el intruso deja de ramonear las hojas, se rebaja la producción del néctar y se generan menos espinas y las benéficas hormigas dejan su alojamiento para cedérselo a otras especies de hormigas menos útiles para el árbol, así como permite la llegada de un dañino escarabajo que se alimenta precisamente de la madera de acacia; los árboles mordidos por el coleóptero crecen de manera mucho menor e, incluso, llegan a morir.

La conclusión del trabajo comandado por Palmer resulta, así, llamativa, “los árboles han desarrollado su relación de mutualismo con las hormigas para defenderse de los herbívoros y, al final, debido a esa relación han acabado necesitando a los herbívoros de los que se querían proteger. Librarse de los mamíferos provoca que los árboles crezcan más lentamente y mueran antes”.

El modelo planteado para la constitución del Consejo Estatal de la RSE es, claramente, cooperativo y no disyuntivo. Los procesos de funcionamiento interno, todavía no desarrollados a través del reglamento correspondiente así deberán contemplarlo. No evitarán las naturales coaliciones y las mutualidades internas entre los cuatro interlocutores, pero será necesario no sólo fomentar sino también provocar que las decisiones sean no únicamente dialogadas y consensuadas sino también planteadas con un horizonte de cooperación y no de competencia. Por el bien de todos”.

La inutilidad de aprender en cabeza ajena

Así como solemos recomendar a nuestros descendientes más directos que aprender de la experiencia de otros no suele ser muy efectivo, esperemos que lo supuestamente aprendido desde aquella ya más que lejana fecha de 2008 pueda servir para mejorar el actual Consejo Estatal de la RSE (al que, como mínimo, debiera cambiársele hasta el nombre), o al menos, convertirlo en algo útil. Esperemos, y acudiendo al pasado, tal y como termina el artículo de hace ya casi veinte años, “por el bien de todos”.

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