Artur Mas (i) y Carles Puigdemont (d) se dirigen a los periodistas después de reunirse en Waterloo (Bélgica) hace un año. /EFE/ Olivier Hoslet

Análisis | Artur Mas y la paciente espera

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Al contrario que Puigdemont, Mas sabe resolver ecuaciones políticas y adopta una posición firme en la que tal vez tiene mucho que ganar cuando JxCat pinche

Xavier Bru de Sala

Artur Mas (i) y Carles Puigdemont (d) se dirigen a los periodistas después de reunirse en Waterloo (Bélgica) hace un año. /EFE/ Olivier Hoslet

Barcelona, 06 de septiembre de 2020 (04:55 CET)

Carles Puigdemont, a toda vela y contra todos; Artur Mas, al pairo, contra nadie. Puigdemont dispone de un espacio y maniobra sin miramientos para ensancharlo. Mas se ha quedado casi sin espacio pero intenta mantener lo poco que le queda sin quemarse. Mas dio el tiro de salida al procés, Puigdemont el de gracia.

Si Puigdemont pretende hacer historia es porque Mas fue enviado a la papelera de la misma. Puigdemont sacó el peor rédito posible del referéndum del 1-O del 2017, porque Mas ya no estaba al frente. Hay que ser muy crédulo o muy indeciso para quedarse plantado en pleno avance, regalar el balón al contrario, y confiar en mediadores sin la menor voluntad de mediar.

Artur Mas designó a Puigdemont porque al tenerle por poco sagaz y un tanto ingenuo creyó que le sería fiel. Le salió rana. Ingenuo sí, pero al mismo tiempo voluntarioso y orgulloso a partes iguales. Luego, Puigdemont designó a Quim Torra, no dos sino cuatro escalones más abajo en términos de capacidad política.

Le ha salido bien. Torra, sin el menor orgullo y a calzón desabrochado, se ha tragado su intención de convocar antes de que le inhabiliten a fin de dar a JxCat un poco del tiempo. Ha remodelado el gobierno in extremis para disimular la expulsión de la probable candidata del Pdecat. Le queda solamente meditar y medir el numerito de despedida, que incluirá sin duda un amago de resistencia con grandes aspavientos pero sin riesgo de pisar la cárcel.

La adaptabilidad de Artur Mas

A pesar de que pasa por su peor momento, la pregunta clave en todo este lío de las divisiones independentistas pasa por Artur Mas. ¿Por qué, en vez de enfeudar a su sucesor como muchos de sus compañeros de partido, Mas se aparta de él y se refugia en un Pdecat convertido en un bote salvavidas que ya veremos si zozobra?

Dado lo aviesas que son a menudo sus intenciones y lo complejos vericuetos de sus razonamientos, no todas las respuestas a las cuestiones sobre las conductas de los políticos son acertadas. Sin embargo, es muy probable que la clave resolutiva al misterio planteado se encuentre en el campo de la aerostática.

Antes de resolverlo, cuatro palabras sobre la coherencia de Mas, el que fuera hijo político de Jordi Pujol, el que en vez de renegar de su padre y padrino como casi todos, se reconoció como tal y se limitó, ante el escándalo de la corrupción, a maquillar la antigua CDC sin tocar una coma de una ideología liberal y abierta que sabe disimular su eterno independentismo hasta encontrar una ocasión para intentarlo.

A saber si la coherencia de Artur Mas, sumada a su adaptabilidad, es una cuestión de carácter, de personalidad, constitutiva, o un producto de su sin par inteligencia y capacidad política. Da igual cálculo que manera de ser, ya que el resultado es el mismo.

El misterio aerostático se solventa al considerar que el partido de Puigdemont es un globo. Es vana la pretensión de convertirlo en un SNP, la formación única del independentismo escocés, como vana es la ilusión de que bajo el liderazgo de Waterloo vaya, no a conseguirse, sino ni siquiera cercarse un milímetro la independencia.

Confrontación de boquilla

Los votantes de JxCat todavía no lo saben, o prefieren no saberlo, o no se dan por enterados, pero la próxima legislatura, que probablemente no llegue a los cuatro años preceptivos como las anteriores, convertirá en evidencia un fracaso que hoy por hoy es una previsión de preparatorio de primer curso de análisis político.

Tengan presente los desmemoriados que, en plena juventud y a pesar de su bisoñez política, Mas era el candidato in pectore de CiU a la alcaldía de Barcelona cuando, después de perder su pulso con Pujol, Miquel Roca exigió el puesto. ¿Qué hizo entonces Mas? Ceder el paso sin el menor aspaviento y sentarse a esperar a que pasara el cadáver político de quien le había bajado de número uno a número dos.

Mutatis mutandis y a pesar de los decenios transcurridos, estamos en una parecida situación. Si Puigdemont ganara las próximas y degradadas autonómicas, se revelaría que la “confrontación inteligente” no pasa, en la práctica, de confrontación de boquilla.

Mas dista mucho de ser anciano y está en plena forma. Como es inteligente y, al contrario que su entonces sucesor y ahora máximo rival, sabe resolver las ecuaciones políticas de segunda derivada de cada situación, adopta una posición digna y al mismo tiempo coherente y firme en la que no tiene nada que perder y tal vez mucho que ganar en cuanto JxCat pinche o se desinfle.

Entre convertir una derrota en ensueño de inminente victoria y adoptar la máxima según la cual de lo perdido saca lo que puedas, el ardor de buena parte del independentismo prefiere lo primero. ¿Hasta cuándo, piensan con Mas los que le siguen, si el resultado sigue siendo, no el grado cero de la congelación, sino el de la hibernación forzosa de las vanas ilusiones?


De Xavier Bru de Sala recordamos su aclamado Fot-li, que som catalans (2005) y la vuelta de tuerca Fot-li encara més que som catalans (2006). Su producción literaria ha logrado varios premios.
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