Bar Alegría 2: Tomás Abellán lo ha vuelto a hacer
El nuevo proyecto de Abellán recupera una emblemática casa de comidas de Gràcia y la adapta como un bar con elaborados platillos de temporada
Un lugar para reencontrarse con platos de toda la vida. Foto: Bar Alegría.
Por suerte hay empresarios gastronómicos que piensan en conservar antes que en destruir, en reciclar antes que en tirar, en homenajear al pasado y a las raíces sociales antes que hacer tabula rasa e instalar un local que nada tiene que ver con el barrio, la gente o su historia. Esto es lo que ha hecho Tomás Abellán con el primer bar Alegría, que en Sant Antoni ha dado una nueva vida a un local modernista muy apreciado por sus vecinos. Y ahora ha repetido la apuesta con el Bar Alegría 2 (Torrent del Olla 77).
El establecimiento de este nuevo Bar Alegría hereda el local donde estuvo Can Tosca durante 75 años, un establecimiento que, más que una casa de comidas familiar, era un punto de reunión social, sobre todo de la comunidad gitana de Gràcia, con mesas en las que se sentaron figuras como Moncho, Peret, Lola Flores o El Pescaílla.
El interiorismo, a cargo del estudio Eros, se preocupó por mantener una estética que homenajeara al pasado, con carteles con décadas de historia, sencillas sillas de madera, mesas con armazón de hierro fundido, y lámparas que parecen sacadas de un mercadillo de antigüedades.

Una cocina honesta y accesible
Aquí no hay carta, o al menos, no en el sentido tradicional: el personal acerca una pizarra escrita a mano, y allí se presentan las propuestas del día, que como corresponde a un restaurante que vuelca sus recursos en los productos de temporada, esta puede variar entre semanas, o incluso entre días si hay novedades en el mercado.
En Bar Alegría no hay carta en el sentido tradicional, sino que se escriben los platos del día en una pizarra
Excepto un puñado de propuestas individuales, casi todos los platillos son para compartir, para colocar en el centro de la mesa y extender las conversaciones con los familiares, los amigos o la pareja hasta que se decidan a plegar velas. Su precio medio, de 25 a 35 euros, permite disfrutar de una cocina honesta y accesible.

Ya con los primeros entrantes, como la tosta de anchoa y mantequilla ahumada, el boquerón marinado o la ensaladilla rusa con gambas al ajillo (en este caso, un recomendado fuera de carta por el que conviene preguntar), comprobamos que aquí hay un respeto a rajatabla por el producto, donde recuperar el espíritu de un bar de barrio no está reñido con una cocina de alta calidad.
Entre la tradición y la innovación
El equipo de cocina, si bien tiene al recetario catalán como base, se anima a las experimentaciones, como el tartar de tomate con hoja de capuchina y kizame, que son unos tallos de wasabi encurtidos. Aquí la idea es tomar el tartar, envolverlo con la hoja y comerlo como si fuera un pequeño taco.

La combinación de ingredientes, que en otro restaurante permitiría sacar patente de sofisticación, aquí forma parte del día a día, como vimos con el puerro confitado con queso comté, sazonado con vinagreta de dátiles y avellanas; así como el calamar con pilpil y su tinta.
Los guisantes del Maresme con butifarra negra es otro de los platos de temporada que hay que apurarse a conocerlo, mientras que el cap i pota -picante por la piparra- es de esas preparaciones calóricas que quizás queden relegadas en los meses más cálidos.
Nuestra cena la concluimos con la pluma ibérica con salsa de pimienta verde y espárragos del bosque, o mejor dicho, ahí terminaron los principales salados, porque el remate dulce llegó con la tarta de queso estilo La Viña con mermelada de higos, y el chocolate cremoso con pan, sal y aceite.

Otras opciones
Más allá de nuestra experiencia, pudimos estudiar la carta y ver que esa jornada el Bar Alegría de Gràcia también ofrecía el paté de campaña casero con encurtidos, la berenjena estilo shunka, el bikini ‘de mi infancia’, la tortilla trufada de Alegría, el canelón tradicional y el berberecho gallego, entre otros platos.
Para brindar y estirar los encuentros, además de las clásicas cañas de cerveza, hay una interesante selección de vinos de diferentes latitudes de España (con el acento puesto en elaboraciones naturales) y vermuts, otro de los guiños a las tradiciones que siempre vale la pena recuperar.