La Venta, el centenario restaurante de Barcelona donde la historia se vive en primera persona
Al pie del funicular al Tibidabo, este emblemático restaurante presenta una propuesta basada en la cocina catalana en unas salas que presumen de modernismo
El veterano restaurante se encuentra al pie del Tibidabo. Foto: La Venta.
Hay restaurantes para contar historias, y otros donde la Historia se cuenta sola. Así, en mayúsculas. Es lo que sucede con La Venta, emblemático restaurante que abrió como fonda en 1904 y que, 122 años después, es uno de esos sitios que hay que visitar para reencontrarse con el pasado de Barcelona.
Este local, ubicado en la plaza del Doctor Andreu, conserva algunas huellas modernistas de sus inicios, cuando, con el nombre de Restaurant Viñas, ofrecía platos populares a los conductores de carruajes que acercaban a la burguesía al Tibidabo, el paseo de moda de principios del siglo XX.
Por aquel entonces ya existía el funicular, pero en la base, donde estaba este local de comidas, había un descampado donde, de vez en cuando, emergía alguna casona modernista, como las que ahora flanquean la elegante avenida del Tibidabo.

Una larga historia
Así se aprecia en las fotografías en blanco y negro que decoran el local, huellas de la historia que dialogan con las guardas de trencadís de sus salas, las lámparas de cristal de Murano, las formas curvas de la decoración de la fachada y otros detalles propios de aquel estilo que estuvo de moda en la Barcelona de finales del siglo XIX hasta entrada la Primera Guerra Mundial.
La historia está presente en cada detalle de la decoración, ya sea en las fotos que alegran las paredes o la guarda de trencadís de las salas
Si bien su historia supera el siglo, en La Venta difunden que han cumplido 75 años. La razón es que el cómputo arranca desde su traspaso en 1950, cuando adoptó su nombre actual, en un camino que tiene como hito la cesión de 1975 a Paco Bosch y Ferran Amat, fundadores de la recordada tienda de diseño Vinçon —un refugio para la intelectualidad barcelonesa—, quienes lograron que el restaurante se convirtiera en un lugar elegido para reuniones familiares, bodas y encuentros entre amigos, un registro que pasa de generación en generación.

Por estas curiosidades del destino, el propietario que asumiría la dirección en 2012 se llamaba Luís Vinyes (viñas, en catalán), quien actualmente comparte la tarea con su hijo Luís Vinyes Jr. Ambos se preocupan por conservar el rico legado a sus espaldas, en un establecimiento que cuenta con seis espacios interiores y exteriores, algunos de ellos —como la sala El Mirador— con unas espectaculares panorámicas de Barcelona.
Viaje por la cocina de toda la vida
La carta, ilustrada por Javier Mariscal, se presenta bajo dos opciones: la elección tradicional de platos o el menú degustación. Preferimos ir por esta última alternativa, en un viaje gastronómico que se inició con el despliegue de preparaciones para picotear: las croquetas de jamón ibérico de bellota DO Guijuelo, las alcachofas del Prat fritas y la ensaladilla rusa, esta última muy buena opción.
Los entrantes mantuvieron el listón, con el pase de la berenjena en tempura con hilo de miel, la coca de hojaldre con escalivada y anchoa del Cantábrico y el lacón aliñado con pimentón de La Vera. El punto cumbre llegó con un diálogo de mar y tierra entre la merluza de palangre con salsa mayonesa —un añadido que, en nuestra opinión, no resultaba necesario— y la butifarra de Lleida a la brasa con judías del ganxet. Y de postre, las peras de Puigcerdà al vino.

Entre el mar y la montaña
Si la idea es explorar la carta de La Venta, entre las opciones para abrir el apetito también se encuentran los calamares a la romana, el tradicional xató con ensalada de escarola y bacalao, el carpaccio de solomillo con parmesano, la escalivada de berenjena y el foie gras con mermelada de peras.
Este es uno de los pocos sitios de Barcelona especializados en caracoles, presentados a la gormanda o como acompañante de un arroz. De hecho, aquí funciona el club gourmet La Caragolaria, que se reúne un viernes al mes, y que se divierte degustando estos moluscos de tierra.
Además del arroz meloso de gambas de Arenys y los tradicionales canelones, el mar es protagonista con el suquet de rape, el erizo de mar gratinado, la sepia a la plancha con salsa verde, el bacalao de Islandia con tomate sofrito y la merluza de palangre.

Para quienes tiran por lo cárnico, atención a las costillas de cordero a la brasa, el fricandó de ternera, el rabo de buey deshuesado con foie y el solomillo de ternera.
Los postres siguen el camino de la tradición: el mantecado de biscuit a las tres texturas, la torrija de Santa Teresa o el soufflé caliente de chocolate Valrhona.
Un brindis entre mitos e historias
La carta de vinos está bien nutrida con referencias de diversas partes de España. En caso de dudas, lo mejor es ponerse en manos del personal, que demuestra saber de lo que habla cuando hace sus sugerencias. En un lugar así, con tanto pasado a sus espaldas, el cuidado de los detalles es primordial.

Y hablando de historias, pero en minúscula, mucha gente que llega a La Venta suele preguntar por la taula Cruyff. En realidad, esa mesa no existe, pero el mítico Johan Cruyff —el jugador más importante del Barça, después de Messi, claro— era cliente habitual de este restaurante. Por lo visto, hay lugares donde los mitos siguen vivos.