Escenarios para el año entrante
Imagen de archivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump / EP
¿Qué se espera del 2026? De entrada, un cambio sobre la situación del 2025. Hay que tener en cuenta el hecho que el 2026 es un año electoral en EE UU, donde se celebrarán las elecciones denominadas del medio mandato. Por tanto, es lógico pensar un escenario poco proclive a tensiones comerciales. Entonces, la fase de incertidumbre, la irrupción y efectos de la IA, la sobrecapacidad china, los déficits fiscales y el exceso de liquidez podrán seguir dominando los debates en torno a los escenarios y entornos geopolíticos.
Ampliando un poco más en este análisis tendríamos las siguientes consideraciones. Los Estados Unidos de América se centrarán en la regulación, enfocando sus acciones hacia el desarrollo del friendshoring; esto es, políticas amigables con sus aliados en el plano económico, financiero, comercial y de defensa. Y, en segundo lugar, se aplicarán políticas de regulación acentuando y desarrollando acciones de estímulo fiscal adicionales para captar más adeptos y votos a lo largo de este año electoral. Es decir, actuaciones discriminatorias por actividades, sectores y países; ayudando a unos y entorpeciendo a otros, siendo el resultado final un aumento de su déficit.
Uno de los grandes problemas de la economía mundial es el exceso de liquidez. Dos notas al respecto. Las bolsas han estado creciendo aceleradamente a lo largo del 2025 en todos los países, situándose en máximas históricos la mayor parte de ellas. Los mercados emergentes van hacia arriba y en todas las áreas económicas sobra liquidez. La otra cara de la moneda es que los segmentos más bajos de ingresos están sufriendo cada vez más, ampliándose los niveles de desigualdades. En la medida que éstos últimos consumen poco, apenas se tienen en cuenta en las políticas de sus gobiernos; pues interesan más los activos (financieros, reales y de vivienda) que están en exposición y que requieren y dependen de políticas nacionales. De ahí que haya que correlacionar el exceso de liquidez con el peligro de la inflación.
Si hubiera un incremento de la inflación (por ejemplo, del 3,5%) el dólar se apreciaría y las condiciones financieras se apretarían, pudiendo existir un peligro en el mercado de bonos. En la medida que los déficits fiscales sean abultados y difícil de corregirlos puede hacer subir los tipos, endurecer las condiciones financieras e impactar en las bolsas. A ello podríamos añadirle el efecto de una posible burbuja en las industrias de la IA.
Europa, por su parte, seguirá pensando en cómo continuar sus políticas de regulaciones, con mentalidad anti-negocios y retrasada a la hora de manifestarse y adoptar decisiones claves. Por una parte, no atrae inversiones; por otra, apenas desarrolla los procesos innovadores. Mantiene su compleja gobernanza, que podemos definir como una colección de países independientes con intereses independientes como lo acabamos de ver en las decisiones de ayuda económica a Ucrania o en la paralización del acuerdo de Mercosur. Se da cuenta que su problema es el demográfico, necesitando gente; pero al mismo tiempo está en contra de la inmigración. De ahí que muchos informes económicos hablen de riesgo o estancamiento económico, va a crecer menos y los problemas fiscales están al caer. Recordemos que cada vez que un país europeo quiere hacer un ajuste fiscal, surge una revuelta social (Francia o Alemania, por ejemplo).
Las guerras comerciales serán muy selectivas en este año 2026. La diplomacia norteamericana se encarga de determinar dichos movimientos en función de sus apuestas e intereses a corto plazo. China continuará con sus estrategias de financiación a cambio de acceso a recursos (tierras raras y productos alimentarios) y mercados, potenciando sus relaciones estratégicas con aquellos países socios con los que forman una tupida red internacional.
El mayor interrogante es que pasará con las empresas. Quizás, las que posean intereses en el extranjero tendrán que reorganizarse en función de sus alianzas geopolíticas y en como reubicar sus cadenas de valor globales. Los países y las empresas están dejando de pensar en la globalización, para pensar más en la seguridad nacional. Esto es, existe el peligro de depender en demasía de ciertos inputs críticos de un país o zonas geográficas; pues si llega a surgir un accidente geopolítico la situación se alteraría. De ahí la necesidad de ser autosuficientes en seguridad y en defensa.
Finalmente, la energía continuará siendo uno de los principales ejes de las batallas estratégicas. Algunos países (por ejemplo, Alemania) ya no pueden seguir dependiendo de la energía barata de Rusia; otros no encuentran fórmulas ni financiación por apuestas complementarias; y unos terceros incrementan su grado de autonomía estratégica en estos inputs. En suma, la energía se ha convertido en la savia de la economía y todos desean tener al menos un amplio colchón para abastecer su aparato productivo interno.
Así las cosas, el año 2026 será el de las expectativas.